AL FINAL
Todos mis recuerdos se perderán. Se
perderá el crepitar del fuego en la noche de invierno y ese calor de cuerpos
encontrados. Ya no volveré a observar la gota de rocío asomada al abismo en el
borde del pétalo de una roja flor del estío. Y partiré dejando atrás el
equipaje de las esperanzas rotas y los sueños no cumplidos. Con la desnudez de
un cuerpo castigado abandonado por la juventud, con la mirada aún fija en el
amor y la ternura. Oiré el suave canto de las aves de aquellos amaneceres de
esplendor y anhelos, lejana música en el ocaso de la vida. Nada me retendrá a
esta tierra que fue mi casa y mi cobijo. Sé que tendré que atravesar el páramo
de los solitarios cipreses, hieráticos centinelas de retorcidas copas. El
hombre cree tener miedo a la muerte; pero en realidad sólo tiene miedo al
olvido. Terror atávico ese de atravesar el Leteo para nunca más recordar, ni
ser recordado. Después de haber sido por un breve instante que es la vida, ya
no ser nunca más para la eternidad. Despierto y dormido, en sueños he imaginado
mundos paralelos donde el eterno retorno sea una realidad plausible. Pero lo
único cierto es que, al nacer, caminamos inexorablemente a la puerta ignota
que, más tarde o más temprano, tendremos que atravesar sin equipaje, despojados
de todo aquello que creímos nuestro. La vanidad del humano no tiene límites;
pero su vida sí. Un día, un libro a medio leer sobre el escritorio, espera en
vano mi regreso. La biblioteca quedará muda y sin vida. Porque los libros
tienen la magia de existir y tener identidad propia cuando son queridos,
leídos, hojeados, acariciados. Por eso, cuando ya no esté, en sus anaqueles
residirán sin perder un ápice de su majestuosidad cual guerreros de Xian;
fieles a aquel que los eligió como guardianes del saber. En mi ausencia, las
hojas volverán a caer en cada otoño tapizando el parque donde amé la vida
contemplando unos ojos, besando unos labios, escribiendo unos versos. Hay un
adiós en cada amanecer, en cada atardecer, en cada madrugada; porque vivir es
ir dejando lastre a lo largo de una travesía incierta; barco del que nos
creemos capitanes, pero no somos más que grumetes inexpertos, con alguna
audacia a lo largo del periplo, con algún alarde eventual de manejar el timón;
pero, en el fondo, la nave sigue su curso y, mientras la estela trazada va
presenciando el lento desvanecimiento de nuestros recuerdos, nosotros caminamos
inexorablemente hacia un horizonte fatal e incierto.
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