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ARDIÓ LA CIUDAD

Y ardió la ciudad para nacer de nuevo un sol que despejase las brumas, y de sus cenizas surgió la negra noche de eterna luna llena. Ardió la ciudad y con ella, el hambre y la miseria, la necesidad de riqueza y la materia, el odio y la opresión, lo banal y lo culpable. Ardió porque era un avispero de inmundicias, una cueva de ladrones, un becerro de cemento y asfalto. Y al final sólo quedó lo creado.   inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual.

EN MI TUMBA

Era media noche y, al doblar la esquina, se me perdió la mirada en la silenciosa oscuridad de aquella solitaria y triste callejuela. Luego pude volver para contarlo; pero estabais todos tan distantes, como reprochándome el haber estado ausente. Cerré mis puertas para no percibir el incrédulo brillo de vuestras miradas, para no escuchar las estridentes carcajadas de las gentes. Y me sentí derrotado por los humanos órdenes preestablecidos mucho antes de mi llegada a esta tierra. Y en mi cárcel de soledades pensé: ¿Por qué nadie me ha consultado? Renegué entonces de las costumbres aprendidas, de las frases preparadas y de mi y de ti cuando aún éramos. Me sentí único e intransferible, amante desdichado de recuerdos tristementes maravillosos. Pasó algún tiempo; Pasó algún, no sé si mucho o poco, de eso que los hombres llaman tiempo. En ocasiones abríais la puerta, pero aquella luz exterior me molestaba. Sólo cuando fue el mo...

CUANDO LAS CARRETERAS ERAN CAMINOS DE TIERRA - A MI AMIGO JUAN CARLOS OTERO

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           El destino es un extraño sin rostro que acecha en la oscuridad del cuarto donde brotan las horas. Cuando jugábamos en las polvorientas calles del barrio a las canicas y el trompo, mientras invadíamos las fincas cercanas para asaltar sigilosos los árboles  frutales de los vecinos, o cuando nos peleábamos sin descanso con nuestra habitual mala leche; no sospechábamos nunca que llegaría un día en que la época desenfadada de la niñez se desvanecería sin apenas darnos cuenta y pasaría a formar parte de los lejanos recuerdos que el tiempo va diluyendo sin piedad. Entonces, las horas latían en nuestras manos con fuerza y brillaban los ojos ante cada nueva aventura. Las playas y sus frías aguas eran cristalinas como nuestros pensamientos aún no lacerados por los años. En aquel campamento de verano suspiramos por unos ojos verdes tan profundos como inalcanzables. No lo sabíamos entonces. Pero era el tiempo del despertar a la vida más...