EL MAR
Cuando llega el verano, las playas, las terrazas junto al mar, los paseos, se llenan de gente. Por fin brilla el sol, los cuerpos se ofrecen a la suave brisa para alcanzar ese moreno tan deseado. Me gusta. Es interesante. Miro las aguas y les sonrío. Ellas me devuelven el saludo. Porque nos conocemos hace mucho. Somos viejos amigos, y sabemos que, apenas septiembre asome en el Atlántico, cuando las temperaturas ya no sean tan benignas, el mar volverá a quedarse solo. Entonces, en los días de frío, cuando los vientos del Norte azoten la costa, el océano se encrespará golpeando las playas, los malecones, los acantilados salvajes. Cuando el tiempo de verano finaliza, el mar sabe que sólo los marineros, los enamorados furtivos, los poetas locos, los desencantados de mundo o algún soñador despistado, se acercarán a sus orillas para contemplarlo. Pero yo siento que es entonces cuando más lo necesito y más me necesita. Así sucede con los humanos. Cuando estamos mal...