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ESPECTROS - III

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    Lívida, marmóreo el rostro; allí en lo alto de la mansión entre roquedales; asoma su tez macilenta al amplio cristal, silenciosa y enigmática. Su mirada firme no parpadea. Tiene en su semblante toda la decepción de la muerte temprana, la cruel desolación del no haber vivido.

DECIR ADIÓS (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XI)

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     Decir adiós con el rostros ajado por las horas de placeres prohibidos y amargos desencantos. Como un barco al que han soltado amarras y se desliza solitario y callado por las aguas, sin  capitán, sin timonel, ni marineros; uno se va alejando de aquella orilla que en otro tiempo fue la entrada al paraíso, y hoy sólo es un malecón desierto de maderas gastadas e invadidas por la broma. La vida en sus inicios es buscar, encontrar, recibir. Después, sutilmente se va llenando de adioses. Algunos inesperados, otros presentidos, otros deseados. Así, eternos caminantes, vamos dejando huellas en el sendero incierto de los días vencidos, con la esperanza puesta en nuevos horizontes.  FOTO DE JULIO MARIÑAS

CONVERSACIONES CON SENIA (V)

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    Advierto en los ojos de Senia cierto brillo. Lágrimas retenidas al borde mismo del precipicio de una mirada que no merece ser manchada por otro llanto que no sea el de la alegría. La observo en silencio. Respetando su emoción desconocida para mí. Cuando una lágrima comienza a deslizarse lentamente, silente, trazando una armoniosa trayectoria por el bello rostro, acerco mi mano y dejo que se pose sobre mi piel.     -¿Cuánto tiempo necesita un ser humano para poder entender que la vida es una leve línea interseccionada por infinidad de trayectorias?     -No lo sé. Si lo supiera, te lo explicaría para no verte llorar.     -Es todo tan poco “humano”. ¿No crees, Julio?     -La humanidad es, como todo lo que ha construido el hombre, un gran despropósito.     Mientras crecemos nos van adoctrinando y aleccionando con un discurso preestablecido sobre la naturaleza del bien y el mal, sobre c...

TUMBA PARA UN DESCONOCIDO (Fragmento) Relato del libro “Entregados al amor y al abismo”)

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Desde su cama veía el sol morir entre las verdes y desgastadas montañas, al tiempo que escuchaba los pasos de su madre bajando por la escalera. El horizonte perdió pronto su color rojizo, tornándose cada vez más violáceo. Laura se dormía siempre contemplando el maravilloso espectáculo que suponía la muerte del día en los calurosos veranos del pequeño pueblo. Antes de eso, en numerosas ocasiones, las blancas nubes dibujaban caprichosas formas en el azul celeste. Al contrario de otros niños de su edad, Laura no veía en ellas monstruos fantásticos o princesas encantadas, sino que perfilaba el rostro y la figura de sus seres queridos muertos. Siempre los mayores se lo habían dicho: “Cuando los buenos mueren van al cielo”; por eso, ella esperaba ansiosa el ver en aquellas nubes el rostro de su abuelo que falleciera cuando ella tenía tres años, o el de su padre muerto en una guerra antes de su nacimiento. Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual