CUANDO LAS CARRETERAS ERAN CAMINOS DE TIERRA - A MI AMIGO JUAN CARLOS OTERO
El destino es un extraño sin rostro que acecha en la oscuridad del cuarto donde brotan las horas. Cuando jugábamos en las polvorientas calles del barrio a las canicas y el trompo, mientras invadíamos las fincas cercanas para asaltar sigilosos los árboles frutales de los vecinos, o cuando nos peleábamos sin descanso con nuestra habitual mala leche; no sospechábamos nunca que llegaría un día en que la época desenfadada de la niñez se desvanecería sin apenas darnos cuenta y pasaría a formar parte de los lejanos recuerdos que el tiempo va diluyendo sin piedad. Entonces, las horas latían en nuestras manos con fuerza y brillaban los ojos ante cada nueva aventura. Las playas y sus frías aguas eran cristalinas como nuestros pensamientos aún no lacerados por los años. En aquel campamento de verano suspiramos por unos ojos verdes tan profundos como inalcanzables. No lo sabíamos entonces. Pero era el tiempo del despertar a la vida más...