ENTRE LA LUZ Y LA SOMBRA DE LOS DÍAS - CAPÍTULO IV - LOS CUIDADOS
-Estás empapado. Acabarás cogiendo una pulmonía. El hombre esboza una media sonrisa apenas perceptible mientras mantiene la vista baja. La sobrina seca su cuerpo maduro, cuyos músculos parecen aún conservar el vestigio de los tiempos de esplendor, como si no se resignasen a morir del todo. -Ni que fueses un anciano desvalido. Haces cosas que no acabo de entender. El hombre alza la vista. Sus ojos verdes aún conservan cierto aire de picardía y el brillo de las cosas vividas. Piensa que es la intensidad de la existencia lo que ha forjado su prematuro envejecimiento. La profundidad de lo experimentado acaba con las energías de cualquier ser humano, por muy vigoroso que este sea. -Gracias por los cuidados. Pero no son necesarios. ¿No tienes clase? -¿Clase? Soy tu sobrina, cómo no voy a tener clase. -No seas irónica. -Ahora voy. ...