EVOCACIONES DE UN ESCRITOR SEXAGENARIO - II – LOS AÑOS DE ESPLENDOR
La mirada limpia y segura, con ese brillo en los ojos que refleja el momento en el cual se ha llegado a la plenitud.
No hay más. Uno está en la cumbre. A partir de ahí comienza, lenta pero inexorablemente, el descenso.
La mirada se irá cubriendo por la sutil bruma de los días; los ojos comenzaran a perder esa intensa luz, que cada vez será más tenue, reflejando el cansancio de lo vivido; y un denso poso de experiencia bañará el rostro marcado por el transcurrir de los años.
La firme seguridad de la plena juventud era debida al vigor físico, las ansias de vivir y una cierta inconsciencia.
La serena seguridad de hoy la da el aplomo del tiempo ya vivido, la solidez del saber y una relativización de la vida.
Para ese joven de tez morena y rasgos limpios, la vida era todo lo que le rodeaba; gentes y lugares; y su parcela de soledad un rincón para soñar y descubrir la belleza.
Para el maduro hombre de hoy, con el rostro marcado por el paso del tiempo y los rasgos quebrados por experiencias ya antiguas, la vida es un lugar tranquilo junto a su amada; y su parcela de soledad es el rincón para evocar la belleza de otros tiempos y sentir cada instante presente como único, sabiendo que ha dejado atrás más vida que la que tiene por delante.
Los años de esplendor, donde playas, bosques, ruinas ocultas y perdidas habitaciones eran el escenario de abismos misteriosos y voraces, se fueron diluyendo.
Hoy, muchos de ellos ya no existen, engullidos por el implacable progreso; de otros he perdido el rastro y, a unos pocos, regreso para evocar los rostros, las miradas, las sonrisas, los cuerpos, que tan solo puedo ver yo, con aquellos ojos del joven que antes fui.
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Foto ©Julio Mariñas
Compositor y escritor
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