EVOCACIONES DE UN ESCRITOR SEXAGENARIO - I – AQUEL TIEMPO DE LIBERTAD SIN LÍMITES

 



    Entre una fotografía y otra han pasado más de cuarenta años.

    La imagen de juventud fue captada por una joven con una cámara de carrete de 35mm que permitía sacar 24 fotos. Una chica que forma parte de los recuerdos de aquellos años.

    Después de una ardua lucha en los setenta, pero también por la fuerza de la inercia que experimenta una sociedad al salir de un largo período de represión, en los años 80 en España comenzamos a vivir lo que sería la mayor época de libertad de nuestro país hasta el momento. Existían buenos, malos y peores, como en todas las épocas de la historia. Pero nadie decía constantemente a los jóvenes –como había ocurrido anteriormente y ocurre hoy en día- desde los gobiernos, las instituciones y los grupos ideológicos, cómo teníamos que actuar y qué debíamos de pensar. Y si alguno de estos movimientos lo intentaba, no le hacíamos el menor caso. Los verdaderos movimientos eran espontáneos y estaban en las calles, donde la “fauna” de los barrios y del centro de la ciudad era de lo más variopinta. Solitarios, pandillas o grupos de jóvenes de diversas tendencias musicales o ideas y visiones distintas de la vida se mezclaban. Salvo los impresentables, que han existido siempre, en la noches sin sueño, nadie se preocupaba de dónde venía la gente, su color de piel o su tendencia sexual. En corro te pasaban un cigarrillo liado y tú lo pasabas sin más importancia que la de compartir el momento. En aquel tiempo de juventud todo era relativo y muchas veces hablamos cosas sin importaría; otras, en un aparte, con alguna conocida, la conversación se volvía trascendente. La vida tenía la intensidad y, a la vez, la irrelevancia de lo efímero. Esa “libertad de pensar, decir y hacer”, tan necesaria, sobre todo en los años de adolescencia y juventud, hoy en día ha quedado muy lejos. Tanto, que la gente que tiene menos de cuarenta años, no puede  ni imaginar cómo fue aquel tiempo.

    Ese joven y yo estamos de espaldas, y parece que intentamos alcanzarnos con la mirada. Pero él ignora lo que va a ser de su vida; mientras que yo sé todo su futuro hasta esta fecha de 2026.

    No obstante, al joven de los 80 no le preocupa demasiado el futuro; y seguirá siendo así a lo largo de los años. Por las circunstancias vividas en los pocos años de existencia, ha aprendido que la vida es efímera, que no hay edad para morir, porque la muerte puede llegar en cualquier momento. También sabe que cada edad tiene sus propias experiencias, y que hay cosas que, si no se viven ahora, no las podrá vivir más adelante.

    Además, es consciente de que debe exprimir la vida hasta la saciedad; porque en la juventud que corre por sus venas tiene la energía desbordante que le permitirá, durante las próximas décadas, leer y escuchar música sin cesar, viajar sin descanso y amar hasta la extenuación, libando la vida e intentando aprovechar al máximo cada instante. En su mente está la barrera de los cuarenta. Piensa que después podrá seguir haciendo las mismas cosas, pero saboreando la vida con más pausa, enriquecido con todas las experiencias vividas.

    El hombre de sesenta años que lo observa se siente satisfecho de ese joven clarinetista que, junto con sus compañeros de la banda de música, recorrió los pueblos de Galicia conociendo sus gentes, cuando aún el progreso devastador no había llegado a ellos. Ese joven que, junto con la que sería su compañera de vida desde los años 90, viajaría con sus coches, siempre de segunda mano, primero por Galicia y luego por toda España, en busca de rincones, paisajes naturales, ciudades, museos, monumentos, durmiendo en hostales y pensiones.

    El hombre de sesenta años que lo observa se siente satisfecho de ese niño de barrio de una familia humilde, que en la foto de los años 80 jamás pudo imaginar que llegaría a recorrer Italia, desde Milán hasta Nápoles y Pompeya, pasando por Venecia, Florencia y Roma, contemplando esas obras de arte que tantas veces había admirado en los libros, que pasearía la calles de Londres, que sentiría en vivo la “vieja” Lisboa de Pessoa y Amália Rodrigues, que iría en dos ocasiones a su soñado París de la Revolución Francesa, la Comuna, del escultor Rodin y del pintor Delacroix, de los pintores impresionista, que pasearía el mítico Montmartre, tomaría un café crème contemplando el Sena, vería desde la parisina Place de la Concorde, en solitario con su mujer, descender el sol por la Torre Eiffel al morir el día, e incluso escucharía a su admirado Charles Aznavour en L´Olympia, que vería las costas de Normandía en un día lluvioso y el mágico Monte Saint-Michel. Además, en todos sus viajes tendría como premisa esencial, no ser un turista, ser un viajero, caminar las calles, desde el amanecer del día hasta la puesta de sol; recorriendo las largas distancias hacia otros países siempre en tren. Todo eso sin nunca haber sido rico y, en la mayoría de los años de su existencia, con dificultades para llegar a fin de mes.

    El hombre de sesenta años sabe que, gracias al modo de pensar de ese joven, hoy puede tener la serenidad que da el haber vivido intensamente, y no sentir arrepentimiento por lo que pudo haber sido y no fue. También comprender que muchos sueños quedaron en el camino. Pero eso, el joven de entonces, que, a pesar de ser un soñador tenía los pies en la tierra, ya contaba con que sucedería. A veces es mejor que algunos sueños no se cumplan, porque cuando se hacen realidad pierden su magia e incluso decepcionan; ya que son exclusivos de la Tierra de los Sueños, paraíso al que siempre es posible regresar en cualquier edad.

    El joven de los 80 de esa fotografía, cuando desde niño la música y la literatura lo invadieron, y poco a poco comprendió que, aunque él quisiera, jamás podría abandonarlas, nunca tuvo pretensiones de éxito, dinero o fama; y priorizó siempre su vida personal, el amor y la pasión, por encima de cualquiera otra cosa. Con su pesimismo existencial habitual, no contaba con vivir más de medio siglo; y, sin embargo, después de muchas batallas, ha sobrevivido hasta los sesenta años en plenas facultades. El hombre de sesenta ya no tiene el vigor de entonces; pero puede hacer lo mismo, en los aspectos más importantes de la vida, que el joven que fue.

    Hay en la foto de los años 80 una brisa de frescura no impostada. Puedo sentir hoy esa sensación de energía que corría por mi cuerpo en aquel momento; cuando los días y las noches tenían la misma intensidad. No existía el cansancio, el dolor físico, ni el dolor psicológico del ahora, cuando he perdido tantos seres queridos, abuelos, madre, padre, familiares, amigos, conocidos. Tampoco existía el fracaso y la pena de los amores no correspondidos, ni la desolación de los amores consumados pero perdidos.

    Ese joven del pasado habría querido, al igual que el hombre maduro de hoy, girar sobre sí mismo, quedar frente a frente, extender los brazos y estrecharse las manos. Pero es imposible. Porque, el que antaño fui, ignora que existo. Nunca lo sabrá. Está hoy en esa instantánea fotográfica para la eternidad; ignorante de que, más de cuarenta años después, él mismo se estará observando desde el inicio del segundo cuarto del siglo XXI, reflexionando sobre lo que ha sido su vida.

 

----------

 

Foto ©Julio Mariñas

Compositor y escritor


Comentarios

Entradas populares de este blog

O.K. CORRAL - DUELO INTERPRETATIVO PARA LA HISTORIA DEL CINE

ALBARRACÍN Y EL ARTE DEL HIERRO FORJADO DE ADOLFO JARRETA

LAS PIEDRAS QUE HABLAN EN GALICIA - CAMPO LAMEIRO