EL ÁNGEL CAÍDO
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Ahora, muchos años después, en un día menos oscuro, pero en el que también el sol se veía apagado por algunas nubes, he vuelto para contemplar la fascinante y bella estatua del Ángel Caído en la que se aúnan el helenismo de Laocoonte y sus hijos, la expresividad barroca de Bernini y el dramatismo romántico. La obra que Ricardo Bellver realizó en el siglo XIX inspirándose en unos versos de El paraíso perdido de John Milton, sigue teniendo un poder de evocación insuperable. Porque todos hemos sido alguna vez ese Ángel Caído. Bellos alados plenos de juventud. Un paraíso del que tarde o temprano acabamos siendo expulsados. Pero la estatua sigue conservando su belleza. En una caída eterna, el pelo al viento y con un grito mudo, mira al cielo inmenso.
Muchas noches he podido escuchar esas ráfagas que mueven su cabellera y traen el eco de agónicos lamentos que claman justicia, oír el grito penetrante de quien ha sido desterrado para siempre de las cosas hermosas que ha vivido. Tal vez eso es, sin saberlo, el ser humano; un Ángel Caído que alberga en su interior la nostalgia de un Paraíso Perdido que, tal vez, en algún momento de su historia conoció y disfrutó. Acaso la niñez diluida en los juguetes que nunca más volvieron. Puede que la juventud ardiente, ebria de placeres, loco jinete que cabalgó los verdes prados y los bosques ignotos. La estatua sigue ahí. Han pasado más de veinte años. Es cierto lo que dice el tango “Es un soplo la vida”. Pero no es tan cierto que “Veinte años no es nada”. Me he preguntado que ha quedado de aquel joven que recorría en bicicleta un Retiro desierto en agosto, mientras la mayoría de Madrid dormía la siesta o estaba de vacaciones. No lo sé muy bien. Pero el Ángel Caído sigue en la misma posición que entonces. Sus bellas formas desafían al tiempo, en un gesto agónico pleno de belleza y majestuosidad.
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