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PRESENTIR EL OTOÑO (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XXXV)

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    Desde el balcón observo una luna que pugna por crecer. Y viajo con mi mente al tiempo de otros ocasos veraniegos. Como aquel en que llegó el primer adiós. Lo hizo con esa indiferencia propia de los que saben de la finitud y otros desvaríos. La playa, vergel de húmedos besos y bronceadas pieles encontradas, tornó la percepción que hasta entonces teníamos de ella, para convertirse en arenal desértico y áspero. De eso hace muchos veranos. Tantos, que ya apenas recuerdo con nitidez tu inquieta mirada de sirena varada entre las rocas cuando te encontré desorientada, pero tierna y seductora. La vida del hombre tiene la cruel costumbre de ir desvaneciendo y espesando en la niebla de la memoria hasta las cosas más hermosas. Lo vivido se va alojando en recónditos lugares de nuestro pensamiento como un poso silente, para emerger en noches como esta bajo el amparo de una creciente luna enigmática, centinela de un planeta tierra alocado y ajeno al encanto de un firmamento ignoto. Es...

VED ESA ESTRELLA

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    Ved esa estrella. Su luz sigue brillando a pesar de que ha muerto hace muchos años. Esa relatividad existencial hace al hombre tan pequeño, que parece imposible la vigencia de tanta soberbia y vanidad enseñoreando su insignificante planeta. Tal vez ese conocimiento de finitud es lo que convierte al homo sapiens, en muchas ocasiones, en un repugnante ser lleno de violencia, odio y desprecio a todo que no sea su “Yo”. Así, despropósito tras despropósito, masacre tras masacre; va llenando, en muchos casos, su existencia de cadáveres, en ocasiones físicos y en ocasiones psicológicos, y decorando con ellos, de un modo siniestro, la superficie de un planeta que lleva mucho tiempo herido de muerte. Acaso desde que el ser humano se estimó lo suficientemente poderoso como para destruir la hermosa vida que alberga la tierra. Las grandes corrientes de pensamiento político y religioso se han ido transformando paulatinamente en hervideros de humanos llenos de razón unos frente a...

RELATOS ROTOS - IV - EL DESCONOCIDO

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    Llegó una fría mañana de otoño quebrando con su paso lento y cansado algunas de las hojas secas del camino. Las gentes lo miraban extrañadas y hacían el silencio a su paso. Entró en el bar de Natalia con gesto inexpresivo y la boca entreabierta -apenas perceptible a causa de la poblada barba- por un cansancio acumulado durante años.     -¿Qué va a tomar?     -No tengo dinero –su voz sonó hueca y rasgada, susurrante.     -Pues empezamos bien.     -Yo te pago lo que tome –dijo un anciano enjuto sin levantar la vista del vaso de vino; como si en el rojo líquido residiera el misterio de la vida aún sin resolver.     - Estás muy generoso hoy, Anselmo.     Ya has oído, forastero.     -Un bocadillo de lo que sea y un café con leche bien caliente.     -¿Queso?     -Queso está bien.     Aunque la primera impresió...

RELATOS ROTOS - III - PARA CUANDO LLEGUE EL INVIERNO

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    Estaban sentados en aquel cuarto oscuro, tétrico a pesar de la luz de estío que entraba por la ventana iluminando parte de la habitación. ¿Has acabado los deberes? Pregunta sin dejar de calcetar. No, aún no. ¿Entonces qué haces leyendo ese libro? Es el que me regaló papá. Déjame ver. Tu padre no entiende que sólo tienes diez años. Entonces, Raúl calla. Sabe que comienza el largo parlamento de su madre. Esa señora de no más de cuarenta años con el pelo entrecanado recogido en un moño, prematuramente envejecida. Ahora luce el sol ahí fuera, Raúl. Pero no será por mucho tiempo. Siempre llega el otoño, y después el invierno; y, para cuando llegue el invierno, uno debe estar preparado. Raúl escucha con resignación las lentas y sentenciosas palabras de su madre, deseando que acabe para poder volver a la lectura. Ahí llega tu padre. Pedro, pequeño pero corpulento, entra con una sonrisa y da una palmada en la espalda de Raúl. Sin darle tiempo a saludar, Clara lo increpa con...

RELATOS ROTOS - II - RITMOS PERSISTENTES

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    Los amantes están sentados en el banco del parque, la cabeza del amante en el pecho de la amada escucha los latidos del corazón. Mientras la ternura envuelve a los jóvenes enamorados, hay otros ritmos persistentes que agreden el oído en habitaciones de hospital, porque son de corazones ya gastados, ahí, en el final, cuando todo está decidido; aunque insultante la calle sigue bullendo de sueños, ilusiones e intensidad; ajenos los viandantes a los dramas gestados en cuartos asépticos. Todo está mucho más cercano de lo que imaginamos. Fluye el tiempo en el reloj de pared, sonoro tic-tac quebrador del silencio y la oscuridad de los hogares vacíos, abandonados por sus habitantes aún a su pesar, rumbo a esperanzas hospitalarias, cuando la vida ya no es tan nuestra y late en las manos de otros. Siguen habitando en su paz los amantes del parque aprovechando el sol de primavera. Ha sus oídos llega el persistente ritmo del redoble de un tambor, seco, expeditivo, dando paso a ...

RELATOS ROTOS - I -LA ANCIANA Y LOS ÁNGULOS

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    La veo encorvada sentada en la vieja silla de madera cercana a la ventana; la mirada perdida de esos ojos lánguidos y ojerosos parece viajar en el tiempo a otros lugares. Los niños que juegan en la calle la observan con extrañeza. Sus mentes tempranas no vislumbran más allá cuando ven una anciana junto a la ventana. Pero todos hemos sido jóvenes alguna vez. Ella también. En la solitaria habitación donde pasa las horas, los ángulos oscuros se han roto convirtiendo sus vértices en abismos sin final en los que giran las eternas preguntas sin respuesta. ¿Por qué existimos? ¿Quiénes somos? ¿Tiene algún sentido la vida? La toquilla sobre los hombros apenas es un leve abrigo para el frío que dan los tiempos de ausencia sobre el cuerpo gastado. Y las manos castigadas por la artritis son aberrantes cubiertas de lo que fueron los delicados dedos de juventud con los que sentía el tacto de la fresca hierba en los prados de antaño. Han pasado tantos años. Aquella anciana se fue ...

DE OTROS VERANOS

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    Son las doce del mediodía y regreso de la playa. Me gusta ir muy temprano, cuando la arena es una gran extensión sin manchas de veraneantes. Mientras conduzco, suena Hotel, dulce hotel de Joaquín Sabina, lo que me retrotrae más de un cuarto de siglo hacia atrás en el tiempo. Cazador furtivo intentando seducir el azar que me llevase hacia aquellas habitaciones tan anónimas, modestas en sus prestaciones, pero desde las que sí era posible ver romper las olas contra el malecón besando una nuca. Hoy, en mi memoria, esos cuartos siempre aparecen solitarios, antiguos en su poco mobiliario. Pero en aquellos tiempos eran radiantes porque la juventud lo iluminaba todo. No obstante, mientras el aire cálido que entra por la ventanilla del coche me envuelve en los recuerdos trayendo aromas de juventud, siento que soy afortunado por haber logrado no caer en la trampa de esos amores domésticos con muebles de skay y poder seguir albergando la llama del deseo. Los humanos tenemos la...