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Mostrando las entradas etiquetadas como UNA MALETA Y LA LUNA

UNA MALETA Y LA LUNA - XXXIX (Último capítulo)

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        Está anocheciendo en la playa. Ahora los ojos acerados del anciano me observan escrutadores. Cómo he llegado hasta aquí, qué significan todos los acontecimientos vividos desde el instante en que contemplé la maleta alumbrada por la luz de la luna en aquel ático. Probablemente no es que haya sido torpe al buscar respuestas, sino que las respuestas a ciertas preguntas no existen. Acaso la vida sea sólo preguntas. Cuando el ser humano cree haber encontrado alguna revelación, pronto surgen nuevos interrogantes. Ahora sólo puedo sentir lo ínfimo de la existencia en este solitario paraje. Pero los ojos del anciano se revelan ante mí como un nuevo enigma. Si fuese posible entrar en la profundidad de esa mirada cansada, probablemente podría ver al niño que fue entre prados verdes de infancia leve y simple donde el estío suave en su luminosidad hacía discurrir pausados los arroyos en cuyas riberas brotaban flores visitadas por alegres mariposas; el joven que f...

UNA MALETA Y LA LUNA - XXXVIII - EL HOMBRE DEL MAR - EL PIRATA OBRA MUERTA

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    El Pirata Obra Muerta navegó todos los mares, desde el Septentrión al Meridión, desde Levante a Poniente. Su apodo hacía honor a su fama de ser el pirata menos temido de la historia. Pese a todo, fue respetado por amigos y enemigos, ¡muy respetado! Trataba educadamente a sus víctimas. La máxima que daba a sus hombres siempre era “Matar lo menos posible; pero, si tenéis que matar, hacedlo rápido y con certeza para infligir el menor dolor” . El Pirata Obra Muerta era llamado también el Hombre del Mar. Esto le vino a él de los primeros quince años de vida antes de convertirse en un pirata y, después, cuando ya tuvo una edad demasiado avanzada para seguir pirateando, cobró de nuevo fuerza el calificativo de Hombre del Mar. Todo fue debido a que nunca en su vida abandonó el mar. Su cuerpo jamás supo lo que era estar en tierra firme; siempre adaptado al balanceo de las naves que habitó. Fue el fruto de los amores de una joven de familia acomodada y un joven marino humi...

UNA MALETA Y LA LUNA - XXXVII - EL AMANECER

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    Atrás han quedado las ruinas del cementerio, y más allá la ciudad fantasma engullida por la vegetación exuberante y los colosos arbóreos de peladas ramas, y aún más lejano el litoral en cuyo regazo surgieron las primeras casas de pescadores que serían el origen de la gran urbe. Ahora, delante de mí, no hay nada. Un vacío de negrura que va siendo diluido por las primeras luces de un alba que promete ser luminosa, radiante.  Cuando el día es pleno, descubro que mis pasos me han llevado hasta otra franja de litoral muy diferente. Semeja un virginal paraje de arenas blancas, mar azul alimentado por un río que desemboca calmo en sus aguas. Mis pies descalzos se hunden en la arena y observo a pocos metros de mí a un anciano sentado en un tronco de árbol a la sombra de una palmera; su cuerpo, apenas tapado por una camisa y un pantalón rotos y desgastados de tiempo, es correoso y delgado, encorvado, el rostro curtido por la brisa marina esta adornado por una disc...

UNA MALETA Y LA LUNA - XXXVI

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    Esbelta, de miembros largos, sinuoso torso que se advierte bajo los transparentes velos, el negro pelo ligeramente ondulado mecido con delicadeza por la fría brisa nocturna, viento que se filtra entre las apretadas y rotas tumbas, los pies descalzos sobre la tierra áspera y negra giran sobre sí mismos y la joven se aleja invitándome con su mirada felina de negras pupilas y negros iris a seguirla entre la bruma. Se sienta en una quebrada losa. Observo con más atención su silueta, esquelética, transparente; difuso arquetipo de juventud lejana que, a pesar de su imagen decadente me retrotrae allí, al tiempo donde siempre soplaban en nuestro interior los cálidos vientos del Sur; aunque a nosotros nos gustase acercarnos al litoral, bien a las solitarias playas, bien a los quebrados acantilados, para sentir en nuestros imberbes rostros los fríos vientos del Norte, mucho más enigmáticos, más salvajes, más desafiantes. Fueron tiempos en que la lluvia mojaba nuestra piel,...

UNA MALETA Y LA LUNA - EL SUEÑO - XXXV

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EL SUEÑO     Estoy solo en un extenso páramo cuya piel agrietada habla de una prolongada sequía. En la lejanía, un bosque de árboles sin hojas, petrificados, esqueletos vegetales que algún fuego hostil abrasó antaño. Las romas montañas graníticas de roca madre, vestigios del origen de la tierra, se recortan en el horizonte. Repentinamente, el atardecer se llena de aullidos guturales, coro tétrico y sombrío. Poco a poco, al tiempo que anochece, mi vista cansada va vislumbrando las siluetas de vigorosos ejemplares de lobos en manada, cánidos de belfos babeantes, colmillos afilados y ojos como brasas. Intento huir sorteando las grietas del terreno, tambaleándome y tropezando deslavazado. Una angustia profunda me envuelve. Los aullidos han cesado; ahora puedo escuchar a mis espaldas sus jadeos enfebrecidos. Giro la cabeza y observo los ojos encendidos fijos en la presa que soy yo. Eso hace que no vea donde doy el siguiente paso y mis pies no encuentran asiento. Ca...

UNA MALETA Y LA LUNA - El Antiguo Cementerio - XXXIV

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EL ANTIGUO CEMENTERIO     Una colosal verja de hierro forjado continúa señoreando la entrada del Antiguo Cementerio de la ciudad. Su sólida estructura se mantiene en pie, a pesar del estado ruinoso en el que se encuentra el muro que circunda el camposanto, hasta tal punto afectado que en algunos tramos se ha vencido abriendo así otras vías de acceso. Por uno de esos espacios entro en el cementerio. Este lugar se había convertido en punto de visita turística por la belleza de sus tumbas y panteones; además de diversos monumentos conmemorativos erigidos en las glorietas donde se entrecruzan las calles que lo recorren. En los últimos diez años apenas se han realizado enterramientos. Los primeros se remontan a la creación del cementerio en la Edad Media. Observo con estupor que no sólo la ciudad ha cambiado; también el camposanto está más invadido que nunca por la vegetación. Las madreselvas serpentean  las losas y se abrazan a las pétreas cruces, rodea...

UNA MALETA Y LA LUNA - XXXIII

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   Desde el porche en el exterior del caserón, observo como la noche se va disolviendo pausadamente al ser corregida por un alba gris, velada, sin sol, nebulosa, como si un manto invisible cubriese el cielo. He perdido la noción del tiempo. Debo regresar a la pensión. Encamino mis pasos hacia la ciudad; evitando mirar a mis espaldas donde sé que empieza el páramo. A medida que me acerco al inicio del paseo marítimo alumbrado por solitarias farolas de luz tenue, va penetrando en mí una extraña sensación de soledad; vacío que anida en el pecho como si los latidos del corazón cesaran su rítmica danza de vida. Algún murciélago inquieto cruza su silueta desgarbada entre mi caminar y la luz mortecina. Sin darme cuenta he penetrado en el corazón de la ciudad nocturna. El amanecer no consigue imponerse a la penumbra. Aquí y allá luces dispersas, escasas, asimétricas, dejan ver apenas zonas concretas de edificios; un portal, algunas ventanas, el cartel de un negocio. En un prin...

UNA MALETA Y LA LUNA - XXXII

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    La luna llena proporciona suficiente claridad como para poder ver sin dificultad la maleta. Acerco mis manos temblorosas; siento como si estuviese profanando algo sagrado. Una sensación similar debió de experimentar Howard Carter cuando contempló por primera vez la Tumba de Tutankamón. Inclino la maleta. A pesar del cuidado con el que lo hago, se levanta algo de polvo espeso que queda durante unos instantes en suspensión. Noto la aspereza de las bisagras oxidadas en mis dedos. El ruido que hacen al abrirse rasga como un afilado cuchillo el silencio circundante.  Descubro lentamente la maleta. Parece estar vacía.  Salgo de mi error al observar unos sobres grandes en el fondo. Los tomo en mis manos. Cada uno tiene un nombre. Son los nombres de mis amigos de tertulia. Los cadáveres del salón regresan a mi mente. Ellos, muertos, ¿Dónde está mi pena? Los sobres no están cerrados. Eso me permitirá leer el contenido sin dejar señales demasiado evide...

UNA MALETA Y LA LUNA - XXXI

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    La pala se hunde en la tierra seca y gravosa con violencia. El Doctor, en mangas de camisa, suda abundantemente. La acción que está realizando ha sido llevada a cabo a lo largo de la historia de la humanidad en muchas ocasiones en diversas circunstancias. Pero él se siente como aquellos profanadores de tumbas que aprovechaban la nocturnidad para levantar con sus palas la tierra que cubría los féretros en las épocas oscuras de otros siglos no demasiado lejanos y sustraer los cadáveres.  El silencio del olivar es quebrado una y otra vez por el crujido del metal al entrar en la tierra. Por fin, vislumbra la maleta de su bisabuelo que empieza a respirar del encierro al que ha sido sometida. Con ansiedad, una vez la ha liberado de su prisión, la agarra con fuerza y corre a depositarla en el maletero de su coche. Abandona el lugar mientras el polvo que levanta el vehículo se esparce en el seco ambiente del solitario olivar. Tenía que rescatar la maleta antes de que ...

UNA MALETA Y LA LUNA - XXX

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      La literatura tiene algo de siniestro. Todo arte es una forma de jugar a ser un dios, bien benefactor bien maléfico. Todo está admitido en la palabra escrita generadora de historias. Desde la escritura se puede ensalzar al más ínfimo y patético de los seres humanos, o despreciar   y ningunear al más grande de los hombres. Esa es la grandeza y la miseria de la literatura. Las gentes de mi generación tuvimos que aprender con gran dolor que no siempre la literatura, el cine o el teatro, eran camino artísticos de paz y luminiscencia, que había senderos tétricos, siniestros; finales que nunca nadie nos había enseñado. Cuando apenas comenzaba a leer, tenía el extraño hábito de acercar mis pasos al pequeño mueble de madera de mi abuelo donde, entre otros libros, había un ejemplar de la biblia. Un día me atreví a abrir aquel arcano ejemplar de hojas finas con bordes rojos y tapas negras. Fue por el Apocalipsis y, puso ante mis ojos, mientras torpemente leí...

UNA MALETA Y LA LUNA - XXIX

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    -Se acuerdan de la idea que tuvimos hace algún tiempo. Pues aquí tienen la maleta de la que les hable. Metamos en esta maleta algo de cada uno de nosotros que haya sido fundamental en nuestra existencia.       -¿De dónde ha sacado esa maleta, Doctor?     -Era de mi bisabuelo, Señor Director.     -Fue muy viajero su bisabuelo.     -Mucho, Poeta. Dicen que recorrió tres veces el mundo.     -¿Tres veces?     -Sí, Abogado; tres veces.     -Un aventurero.     - Mi bisabuelo odiaba esa palabra. Prefería que lo llamaran observador de la vida.     -Demasiado larga.     -Cierto, Poeta.     - Observiajador , podría valer.     -¡Qué horror, Señor Director!     -La lengua nunca ha sido mi fuerte.     -Ni la invención.   ...

UNA MALETA Y LA LUNA - XXVIII

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    Con esa característica de mostrarnos siempre la misma cara, la luna tiene algo íntimo y evocador. Esta que ahora contemplo es de idéntico aspecto a la de aquella noche lejana cuando me perdí en el bosque. Era un adolescente inquieto que siempre tenía predilección por lugares solitarios. Habíamos acampado nuestras tiendas junto al lago en una zona poco frecuentada por los turistas. Fue un fin de semana inolvidable. La noche que decidí alejarme del campamento para caminar bajo la luna llena, puso una nota de inquietud en aquel verano que siempre recuerdo con agrado. No había recorrido más de doscientos metros cuando los sonidos nocturnos comenzaron a cobrar una presencia inusitada. Aquí y allá surgían sin previo aviso; el ulular de los búhos, el sutil movimiento de una rama desplazada al emprender el vuelo una lechuza, los ruidos provocados por los roedores al moverse inquietos entre la hojarasca. Fueron sensaciones encontradas de una placidez tenebrosa. Hasta e...

UNA MALETA Y LA LUNA - XXVII

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    Camino el pasillo polvoriento. Nada que ver con la planta inferior de la casa. Olor a humedad y desamparo. Penumbra áspera. Las ratas transitan nerviosas rozando sus peludos cuerpos con los rodapiés. Arañas petrificadas sobre telas de siempre levemente balanceadas por la brisa que entra por pequeñas ventanas sin vestir. Frío y resignada pesadumbre imprime el entorno hostil. Después de la pulcritud y ostentación del gran salón de la planta inferior, este mundo lóbrego y desamparado provoca en mí un rotundo estado de ansiedad. De repente, un gran temblor lo sacude todo con fuerza inusitada y el ruido ensordecedor del trueno retumba en mis tímpanos. He llegado al pequeño cuarto del ático sin apenas percatarme. Por la claraboya se deja ver la titilante luminiscencia de los rayos que sin duda estarán decorando la negrura del firmamento en esta noche larga y premonitoria. Mi tío era un hombre de pocas palabras. El rey del monosílabo. En raras ocasiones habría la...

UNA MALETA Y LA LUNA - XXVI

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   Subo lentamente las escaleras que llevan al piso superior donde, al final de un estrecho pasillo, se accede al desván. Desde aquí veo en la parte baja el imponente salón con su recia mesa de maderas nobles, refugio de los cuatro cadáveres hieráticos, tal vez ajenos a este ahora. También puedo observar como en una de las paredes cuelga una pintura al óleo que representa la muerte de Julio César; en el centro la estatua de Pompeyo, delante de la cual se está perpetrando el magnicidio en una escena de gran violencia plasmada con gruesas y bruscas pinceladas; ya ha recibido algunas de las veintitrés puñaladas que acabarían con su vida y los blancos ropajes de Julio César están teñidos de un rojo profundo e intenso de sangre; a pesar de ello, en su rostro crispado, aunque sus ojos tienen el brillo de la muerte, hay un gesto de desafío hacia sus asesinos y hacia el propio destino, acentuado por unos antebrazos musculados que, a pesar de sus cincuenta y seis años, aun co...

UNA MALETA Y LA LUNA - XXV - EL ADIÓS A LA VIDA DEL SEÑOR DIRECTOR

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El adiós a la vida del señor director (Del triunfo y el fracaso)     Acaba el concierto; con paso elegante, después de saludar correspondiendo a los aplausos del público, el Señor Director abandona el escenario; cae el telón; ya en el camerino, con posterioridad a recibir las felicitaciones de unos y otros, se desprende de su traje, enfunda su ropa de calle y cubriéndose con un abrigo abandona el teatro; al salir, el frío intenso de la noche invernal golpea su cara; a medida que deja la avenida principal y toma las calles menos transitadas, el silencio en sus oídos cobra un protagonismo inusitado, como si después del polifónico maremágnum orquestal, de los aplausos de un público entregado, la ausencia de fuertes sonoridades convirtiese el silencio en algo hiriente y, de algún modo, sonoro; con una sorda sonoridad, algo difícil de explicar, pero que la mayoría de los profesionales que se han subido a un escenario ante el público conocen; un vacío pesado invade ...

UNA MALETA Y LA LUNA - XXIV - LA AGONÍA DEL DOCTOR

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La agonía del DOCTOR (DE LA CRUELDAD Y EL DESAMOR)     -Pensabas que no te ibas a morir nunca, viejo imbécil. Pues, ya lo ves, estás en las últimas.     -Estúpida mujer. No sé cómo no me divorcié de ti.     -¡Ja! Pobrecito. Voy a ser una viuda muy solicitada.     -Eras una joven preciosa y sencilla cuando nos conocimos. Mira en que te has convertido. Esos amigos tuyos. Política y más política.     -Estás jodidamente agonizante y aún tienes veneno en esa lengua. Siempre me gustó la política. ¿Sabes por qué?     -Sí, lo sé muy bien. Porque la política es el sucedáneo de arte que consiste en hacer que las gentes y los pueblos se enfrenten entre sí, mientras unos cuantos desde sus cómodos sillones se hacen ricos a costa de los trabajadores. Y tú te has convertido en uno de esos cuantos, que, por cierto, cada vez son más cuantos; aunque siempre muchos menos que la inmensa mayo...