viernes, 12 de febrero de 2016

UNA MALETA Y LA LUNA - XXXIX (Último capítulo)



   
    Está anocheciendo en la playa. Ahora los ojos acerados del anciano me observan escrutadores. Cómo he llegado hasta aquí, qué significan todos los acontecimientos vividos desde el instante en que contemplé la maleta alumbrada por la luz de la luna en aquel ático. Probablemente no es que haya sido torpe al buscar respuestas, sino que las respuestas a ciertas preguntas no existen. Acaso la vida sea sólo preguntas. Cuando el ser humano cree haber encontrado alguna revelación, pronto surgen nuevos interrogantes. Ahora sólo puedo sentir lo ínfimo de la existencia en este solitario paraje. Pero los ojos del anciano se revelan ante mí como un nuevo enigma. Si fuese posible entrar en la profundidad de esa mirada cansada, probablemente podría ver al niño que fue entre prados verdes de infancia leve y simple donde el estío suave en su luminosidad hacía discurrir pausados los arroyos en cuyas riberas brotaban flores visitadas por alegres mariposas; el joven que fue transitando salvajes bosques primaverales en cuyo corazón se encontraban lagunas perdidas en las que ninfas desnudas de voluptuosas y sensuales formas invitaban al placer y el desenfreno. Sí, son los ojos de la vejez los que me miran; los del final del camino, cuando ya no hay más bifurcaciones que tomar, donde no se pueden hallar senderos escondidos entre la maleza como sucedía en los tiempos de esplendor. Es triste que los años vayan dotando al humano de una apariencia física que nada tiene que ver con el vigor de antaño; donde los que ahora son niños y jóvenes no pueden ya entrever  ni apreciar ningún atisbo de lo que fue el pasado glorioso. El tiempo pinta en su etéreo lienzo cruel un cuadro de siniestra decadencia. Nos han pretendido decir que es malo vivir en la nostalgia. Pero, qué le queda al hombre ya vivido, sino es el privilegio de saborear el pasado como se saborea un viejo vino áspero y con cuerpo largo tiempo cobijado en una barrica de roble. Para qué se vive la vida, sino es para sentirla intensa y permanente en toda su extensión pasada y presente. Sólo aquel que no ha vivido la vida deseada tiene temor a reivindicar el pasado intenso y profundo. Tal vez muchos humanos malgastan y desperdician su vida, por eso no quieren oír hablar de otros tiempos, porque para ellos es un síntoma de lo que no fueron y pudieron ser. Siento, bajo la mirada del anciano, que yo no pertenezco a esa mayoría; que he vivido con plenitud mis triunfos y mis fracasos; que la presencia de la riqueza de una trayectoria vital hace más grandioso el presente. El hombre da la espalda a lo que ya no puede tener, lo que ya no es suyo; pero yo creo que lo que un día tuvimos, sigue de algún modo siendo nuestro para la eternidad.
    El anciano se aleja lentamente hasta perderse en la maleza. Lo hace con esa resignación que poseen aquellos que han vivido; esos que hace tiempo saben de lo banal del mundo que habitan; los que hace mucho han asumido su final.
    Sobre el horizonte, el sol se oculta lentamente; en un lugar muy semejante al que vieron por última vez al Pirata Obra Muerta, el Hombre del Mar, alejarse para no regresar. Porque regresar es siempre imposible. En cada paso, el tiempo diluye las huellas de nuestro camino con sutileza. Así, de un modo apenas perceptible, pero rotundo, se va haciendo la vida a la vez que cae vencida.
    Contemplo de nuevo la playa. Ahora toda la superficie que abarca está tapizada de libros: cerrados, abiertos, semiabiertos, medio hundidos en la arena, bien conservados, rotos, deshojados, de lomos ligueros o gruesos, impresos o manuscritos; en infinidad de posiciones, con infinidad de formas, libros y más libros que besan las aguas, que flotan sobre el mar, que se hunden en él; los libros de la historia de la humanidad, los escritos por otros, los escritos por mí; pliegos blancos, pliegos amarillentos a medio escribir; hojas con la tinta aún fresca derramada en la última palabra de la oración sin terminar como un reguero de negra sangre que se disuelve en las aguas. Y en este silencioso paisaje de holocausto literario, comienza a surgir una música leve, apaciguadora del silencio que la escena atesora; parece proceder de la profundidades marinas, de las lejanas y oscuras zonas abisales, sonidos indescifrables para mí, indefinidas melodías, inexplicables armonías; todo más allá, mucho más allá del conocimiento; tal vez este sea límite, el lugar donde gravita lo ignoto del arte y de la vida; aquello que, tal vez, aún está por desentrañar o jamás pueda ser descifrado.
    Aspirar a un Saber Supremo, a las Cimas del Arte; pretender el Olvido, pretender el Recuerdo; son la misma cara de un espejismo; el Espejismo de la Existencia.

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