jueves, 4 de febrero de 2016

UNA MALETA Y LA LUNA - El Antiguo Cementerio - XXXIV




EL ANTIGUO CEMENTERIO

    Una colosal verja de hierro forjado continúa señoreando la entrada del Antiguo Cementerio de la ciudad. Su sólida estructura se mantiene en pie, a pesar del estado ruinoso en el que se encuentra el muro que circunda el camposanto, hasta tal punto afectado que en algunos tramos se ha vencido abriendo así otras vías de acceso. Por uno de esos espacios entro en el cementerio. Este lugar se había convertido en punto de visita turística por la belleza de sus tumbas y panteones; además de diversos monumentos conmemorativos erigidos en las glorietas donde se entrecruzan las calles que lo recorren. En los últimos diez años apenas se han realizado enterramientos. Los primeros se remontan a la creación del cementerio en la Edad Media. Observo con estupor que no sólo la ciudad ha cambiado; también el camposanto está más invadido que nunca por la vegetación. Las madreselvas serpentean  las losas y se abrazan a las pétreas cruces, rodeando también los solemnes panteones. Lápidas quebradas dejan entrever pútridos restos, mondas calaveras, fémures solitarios. Como todos los cementerios, huele a humedad y olvido. El cementerio es siempre una ciudad de sueños truncados. Los seres humanos hemos querido ver en ellos la última morada de la muerte en un intento vano de seguir manteniendo un halo de esperanza. Pero, lo cierto es que, aquí no habita la muerte. La muerte, tan temida, es un proceso breve. En su período puede ir desde un instante repentino que acaba con la existencia, hasta toda una vida, si aceptamos que en el mismo momento de nacer comenzamos a morir. Aún así, en este último caso, una vida es un espacio de tiempo ínfimo; demasiado escaso para la vanidad del hombre. Por eso pretendemos esa permanencia de la muerte en los cementerios. Aunque, como he dicho, en ellos no habita la muerte, sino la nada. Nada que revestimos de esquelas vistosas, flores y otros ornamentos; en un intento último de no aceptar el vacío. Por eso es tan absurdo el temor de los seres humanos a la muerte. Algo que sobreviene con prontitud para volatilizar en un instante lo que hemos sido. 
    Recuerdo una noche de adolescencia. Fue en un pequeño pueblo. Nos acercamos inquietos al camposanto para observar los fuegos fatuos. Una neblina sutil y vaporosa proveniente de las tumbas se elevaba lentamente rompiendo la oscuridad. Pensé entonces, como ahora, en la futilidad de la vida. 
    El frío de la noche penetra en mi carne como si provocase una profunda herida. Una herida que va más allá y se cierne sobre el interior. Descansaré en un rincón donde la vegetación no sea tan espesa como para ocultar extraños entes. Aquí, junto a estas losas, descansaré y soñaré.

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