viernes, 5 de febrero de 2016

UNA MALETA Y LA LUNA - EL SUEÑO - XXXV



EL SUEÑO
    Estoy solo en un extenso páramo cuya piel agrietada habla de una prolongada sequía. En la lejanía, un bosque de árboles sin hojas, petrificados, esqueletos vegetales que algún fuego hostil abrasó antaño. Las romas montañas graníticas de roca madre, vestigios del origen de la tierra, se recortan en el horizonte. Repentinamente, el atardecer se llena de aullidos guturales, coro tétrico y sombrío. Poco a poco, al tiempo que anochece, mi vista cansada va vislumbrando las siluetas de vigorosos ejemplares de lobos en manada, cánidos de belfos babeantes, colmillos afilados y ojos como brasas. Intento huir sorteando las grietas del terreno, tambaleándome y tropezando deslavazado. Una angustia profunda me envuelve. Los aullidos han cesado; ahora puedo escuchar a mis espaldas sus jadeos enfebrecidos. Giro la cabeza y observo los ojos encendidos fijos en la presa que soy yo. Eso hace que no vea donde doy el siguiente paso y mis pies no encuentran asiento. Caigo al vacío en la negrura de una grieta ancha y traidora. Desciendo violentamente, mi cuerpo se golpea contra las oscuras y húmedas paredes; es tal el shock que ya no siento los impactos, ni veo, ni oigo, ni huelo; sólo percibo un profundo amargor en mi boca seca. Así, me voy sumergiendo a mi pesar, sin remisión, en un universo extraño interior donde sólo hay derrota y olvido; hasta que, cuando he asimilado que todo está perdido, comienza a llegar a mis oídos una música lejana que primero siento como timbres de instrumentos aislados que aparecen y desaparecen entrecruzándose, atropellándose, distanciándose; pero, poco a poco, se hacen más patentes y comienzan a formar estructuras armónicas diversas, también esbozos de melodías que se insinúan en motivos más o menos precisos, quebrándose repentinamente la sensación placentera con irrupciones violentas de metales incisivos, hirientes, en sus registros más penetrantes y más roncos. Ahora estoy envuelto en un nuevo espacio no físico, ni siquiera psíquico; uno que podría llamar Espacio Musical Indeterminado; sin dimensiones, ni las percepciones de los sentidos habituales que el hombre suele manejar, salvo, lógicamente, el oído. O, tal vez ni siquiera esta música este entrando por mis oídos. No, no lo hace. Se está generando dentro de mí. Es la música de mi existencia o, dada mi situación, sería mejor decir, de mi inexistencia. No lo sé. Todo mi Yo vibra en cada escala, cada acorde, cada intervalo descubierto, cada modulación, cada esquema rítmico. Hasta que se hace el silencio y despierto.

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