jueves, 19 de diciembre de 2019

EL SER HUMANO





    “El hombre se cree el sabio y el rey del planeta. Pasea su prepotencia por la tierra, mientras esta, lo ignora. Los demás seres vivos, ajenos a él, prosiguen naciendo, creciendo, reproduciéndose, muriendo; mientras el ser humano cree tener potestad sobre ellos y su entorno. Es como un loco que se convulsiona en un paisaje infinito, mientras nadie le hace caso; pero él sigue agitándose, dando gritos; se cree grande y es pequeño; se cree sabio y todo lo ignora; se cree un dios y no es más que una caricatura de lo que fue y, por mucho que lo intente, siempre será una partícula ínfima de algo desconocido y misterioso”.

sábado, 14 de diciembre de 2019

RECUERDOS DE NIÑEZ EN EL UMBRAL DEL AÑO 2020


RECUERDOS DE NIÑEZ EN EL UMBRAL DEL AÑO 2020
(Entre cincuenta y cuarenta años antes)







    Todos han sido y son importantes: las gentes con las que me crucé en el camino y nunca llegué a conocer bien; los seres humanos que he conocido; las mujeres que amé y no me amaron; las mujeres que amé y me amaron; los amigos que están y los que se fueron; mis familiares queridos; mi madre; y la mujer con la que he descubierto que el amor y la pasión pueden ser eternos.
    Cuando uno goza del infinito e inagotable deseo, que los años no pueden aplacar, por cantar, escribir y componer; para qué se necesita el reconocimiento público; y, si además se consigue lo más preciado que un ser humano puede alcanzar; como es conocer el amor y la amistad, dedicar la existencia a aprender y trabajar en lo que a uno le gusta, vivir a su manera y, sobre todo, entenderse a sí mismo; la vida ha merecido la pena. Sólo cuando un ser humano sabe quién es, puede disfrutar de su existencia con intensidad. Entonces, es libre.
    Nací en Junio de 1966. Soy de la generación que vivió los últimos años de una dictadura, la llegada de la democracia, el temor que supone contemplar por televisión un golpe de estado –afortunadamente fallido- en tu país; de aquellos que participó durante su adolescencia y juventud de una libertad jamás imaginada y también, décadas más tarde, asistió a la progresiva pérdida de gran parte de esas libertades y muchos de los logros conseguidos hasta entonces; todo en aras de lo políticamente correcto y del buenismo impuesto cada vez con más fuerza en la sociedad desde los albores del siglo XXI hasta hoy. Soy de la generación que conoció el cine como un mundo de sueños, y la misma que, después, vio desaparecer los cines de barrio y los grandes cines-teatro de la ciudad de Vigo. Una ciudad que, a causa de un urbanismo demoledor, contempló herida como se cerraba el litoral a sus ciudadanos –el mar, que antes se podía ver desde casi cualquier punto de la urbe; ahora, ni siquiera estando a pocos metros de él, se puede vislumbrar, en la mayoría de los casos-. Ese mismo urbanismo destruyó gran parte del patrimonio arquitectónico; fuentes, iglesias, antiguas viviendas con historia y un largo etcétera; y lo sigue destruyendo sin mostrar ningún respeto por la historia ni el más mínimo atisbo de sensibilidad hacia el pasado de la ciudad. Recuerdo un Vigo lejano, con las calles del centro de la urbe adoquinadas y surcadas por las vías del tranvía; con el mar cercano en su esencia, libre, no secuestrado entre muelles deportivos y comerciales; recuerdo la balaustrada de hierro forjado en la que era posible apoyarse para observar el vuelo de las gaviotas y contemplar, cuando la marea estaba baja, la arena litoral junto al muelle, a modo de vestigio de la playa que fue. Recuerdo el paisaje de un Samil dunar, antes de que se hiciesen patentes los efectos de un paseo pétreo que terminó por herir la naturaleza de su arenal al alterar el ritmo de las mareas en ese lugar de la costa. Recuerdo aquel Berbés de la Ribera cuyas casas marineras con soportales aún conservaban su esencia, ya que entonces no se habían instalado en ellas restaurantes y demás negocios, ni se habían abandonado a su ruina; sino que seguían teniendo el aspecto humilde de las viviendas de pescadores de antaño. Y recuerdo un Vigo lleno de cines con carteles anunciadores y fotogramas de películas en sus entradas, donde era posible soñar porque la magia y el misterio existían, libres de promociones y trailers reveladores de las tramas de los films. Recuerdo el circo itinerante con sus payasos, trapecistas, e incluso animales -que no se podían ver en otro lugar, salvo en el zoológico-, antes de que los salvadores del planeta llegasen para convertirse en jueces del bien y el mal y ángeles custodios de las demás especies que pueblan la tierra, incluyendo sus propios congéneres. Recuerdo un mundo más libre en su esencia; menos controlado a nivel individual por las instituciones y los diversos grupos salvadores de todo y de todos en aras del progreso; un mundo respetuoso con la intimidad y la singularidad de cada individuo; un mundo en el que, a pesar de todo lo duro que era, porque carecía de las comodidades que disfrutamos hoy en día, los ciudadanos no se resignaban a la pretensión que siempre ha tenido el poder de convertir al ser humano en un numero más y hacer de los hechos de su vida una simple ecuación matemática. Recuerdo el barrio del Calvario donde me crié, con la mayoría de sus calles sin asfaltar; sólo tierra y piedras; donde los niños nos ensuciábamos y rascábamos nuestras rodillas, casi siempre heridas; calles por las que apenas pasaban coches y jugábamos libres y endurecidos; las batallas en los campos con terrones –masas compactas de tierra- como proyectiles y palos como espadas, la caballería formada por el más fuerte que era el caballo y el más ligero y hábil que era el jinete; las hacíamos en los campos del colegio durante el recreo o en el terreno que tenía la casa de nuestro amigo Millán. Hoy, ver jugar a los niños así, sería, a ojos de la sociedad, e incluso de sus padres, una clara muestra de que están cultivando la violencia. Pese a que nosotros sí lo hicimos –eso y algunas cosas “malas” más-, no hemos salido ni la mitad de violentos que muchos de los niños y jóvenes de hoy en día. Recuerdo la pandilla y como entrábamos en las fincas para robar la fruta de los árboles, arriesgándonos a llevar un perdigonazo en el culo. Recuerdo los fríos y largos inviernos, donde en las casas no había calefacción; como mucho una estufa de butano que se encendía un rato en el salón; las frías mañanas –eso sí era frío, y no se hacían la mitad de los telediarios hablando de ello-; frías mañanas en las que, desde muy pequeños, con la mochila cargada de libros, subíamos la empinada cuesta y recorríamos el estrecho camino de tierra con espesa vegetación a los lados donde las arañas de jardín dibujaban sus perfectas telarañas que retenían las gotas de rocío, para llegar al colegio Pombal de pétrea arquitectura; y los recreos jugando libres en los extensos campos que acababan en una enorme casa misteriosa a la que llamábamos “la de la bruja”, lugar siempre inquietante; porque entonces las ciudades guardaban arcanos en rincones donde los niños podíamos internarnos en busca de aventuras; el barrio era un mundo aparte para nosotros, alejado del hogar, de la familia; las calles eran una escuela fuera de la escuela, un lugar donde existían cosas como la verdadera amistad y el compañerismo ante lo que, para nosotros, pequeños infantes, eran peligros ciertos; porque el peligro también estaba presente en elementos hostiles, en grupos nada agradables, en el señor de los caramelos y otras lindezas que acompañaban el paisaje; el barrio también era un lugar de códigos no escritos y de cierta ética, hoy ya perdida –ética que incluso practicaban la mayoría de los delincuentes; sobre todo con los del barrio-; era un escenario que nos preparaba para lo que después sería la vida; porque antes los niños de ciudad no éramos criados en una burbuja, en una extraña nube alejada de la realidad, ni estábamos hiperprotegidos, y no por ello éramos menos queridos por nuestros padres y familiares. Antes, la vida, desde que llegábamos al mundo, se nos mostraba real y no como una especie de cuento de hadas. Para soñar teníamos los cines Avenida y Palermo en el Calvario, y otros muchos de Vigo; los tebeos de el Jabato, el Capitán Trueno, Tarzán; los cómics de superhéroes como Spiderman, Superman, la Patrulla X; y los libros de Julio Verne, Salgari, Stevenson, Daniel Defoe; y la música formaba parte de la vida porque la radio era una compañía constante y las canciones no eran éxitos de una semana ni un mes, sino que se incorporaban a través del tiempo a nuestra memoria y, al vivir con ellas lo que nos sucedía en nuestra cotidianeidad, adquirían la importancia de aquellos tiempos, convirtiéndose en verdaderas bandas sonoras de nuestros primeros años; por eso la música, para los de entonces, sigue siendo tan evocadora; y así, heredamos las canciones de nuestros abuelos y padres, e incorporamos las nuevas canciones a nuestras vidas sin olvidar las anteriores. Recuerdo los últimos guateques, lugares donde sentir el calor de un cuerpo femenino y esa sensación mezcla de ternura y excitación que se originaba al percibir tan cerca a otro ser humano que nos gustaba y atraía. Mientras los guateques daban sus últimos coletazos, pronto llegarían para nosotros las primeras discotecas y salas de fiesta. Aunque el hecho de bailar “agarrados” –como entonces se decía- se fue diluyendo. Esto prevaleció en las verbenas y, el ser músico y tocar por las fiestas, me permitió prolongar aquellas maravillosas sensaciones hasta mi juventud. Recuerdo a las compañeras de clase y el primer enamoramiento que, ante mi estado ensoñador, al darse cuenta mis padres y preguntar qué sucedía, revelé, para acabar siendo objeto de sus burlas cariñosas cuando apenas tenía ocho años. Recuerdo las tardes con mi madre, los dos solos; aquella mujer de grandes ojos azules, que se pasaba los días cantando con su consistente y dulce voz de mezzosoprano; aún hoy suena su carismática voz en mis oídos –copla, tango, habanera, canción melódica-; la voz y la pasión por cantar fueron la más preciada herencia que me dejó. Recuerdo las tardes de radio junto a ella, mientras, fuera, el sonido del invierno golpeaba las ventanas; aquel calor de hogar maternal que jamás se vuelve a sentir pero queda impregnado en el alma y nos acompaña el resto de la vida. Y a las amigas de mi madre –casadas, en vías de separación y demás; casi todas modernas para la época-; lo que me permitió crecer mis primeros seis años de vida entre mujeres que se expresaban con libertad delante de mi inocente presencia y me hacían objeto de su cariño; existe mejor paraíso iniciático. Recuerdo la calle Portela, donde vivía mi amigo Doménico; lugar que, antes de conocerlo, siendo muy niño –los infantes de entonces solíamos andar solos por el barrio- transitaba para llegar a casa de mis abuelos paternos; pasando por la fuente de piedra –hoy privada de su esencia al ser mutilada en parte y trasladada a otro lugar-, el camino de tierra en la tenebrosa noche alumbrado apenas por unas luces tenues que dibujaban sombras en la maleza de sus esquinas; ese era el recorrido cuando mi madre me mandaba a por unos huevos o alguna otra cosa a casa de mis abuelos; después bajaba la pronunciada cuesta hasta llegar a la casa. Allí vivían mi abuela Otilia y mi abuelo Gumersindo, maestro que, cuando se retiró, llevaba cincuenta y un años trabajando y, decían, era el más antiguo de España; algunos de esos años los ejerció en Vigo; hoy no queda rastro de él en la ciudad. En el campo próximo a la casa de mis abuelos, los días soleados, me apasionaba jugar con los animales; caracoles, hormigas, lombrices, cristalinas y demás bichos; hoy sería reprendido por todos y vilipendiado ante el grave delito de no dejar en paz a los pobres animalitos. El olor a hierbabuena –que llamábamos hierba de los caracoles- aún prevalece en mi memoria como esencia de aquel tiempo. Recuerdo la Avenida de Ramón Nieto, donde vivía mi amigo Cunca, con casas y pocos edificios de escasa altura; la calle Alcázar de Toledo -hoy Toledo-, donde vivía mi amigo Juan, en su primer tramo empinada y después llana; en aquel suelo de tierra y piedras sin asfaltar aprendí a montar en bicicleta. Recuerdo la iglesia de los Picos, con su entonces moderno diseño del arquitecto Román Conde que, parece ser, se inspiró en un proyecto de Le Corbusier y creo un templo a base de láminas de hormigón. Entonces, frente a esta iglesia de la Inmaculada Concepción, había una gran extensión de terreno donde se celebraba la fiesta del Calvario, con tiovivos -los caballitos giraban mostrando su negro pelaje y satánica sonrisa, que de niño me aterraba-, coches de choque y casetas de feria. Recuerdo las fiesta de la doblada y de San Roque -esta última se mantuvo en el tiempo, por lo que, cuando comencé en las bandas de música, tuve la oportunidad de tocar en ella-; San Roque olía más que ninguna otra a pulpo á feira y los trileros hacían sus tejemanejes atrayendo a los incautos. En el límite del Calvario con Ramón Nieto se abría la calle Martínez Garrido, donde, al final de ella, jugábamos entre montículos de tierra y tubos de obra para el alcantarillado. Recuerdo la desaparecida fiesta del Arenal que se ubicaba en los jardines aún existentes hoy en día. Cerca de ese lugar, más hacia el mar, los jardines de Elduayen, entonces estaban decorados por estanques y eran un lugar idílico de la ciudad; junto con el monte del Castro y la Alameda, escenario de los primeros escarceos amorosos. Recuerdo el autobús que nos llevaba a la playa, y contemplar las cocheras, a la altura de las Traviesas, donde descansaban los últimos tranvías de la ciudad; y aquel Samil salvaje, a cuya playa se accedía por los restos de las heridas dunas, con apenas unos cuantos pequeños chiringuitos; y el camping situado al cruzar la carretera donde mis padrinos montaban la tienda de campaña familiar en verano. Recuerdo un tiempo de una niñez limpia, no adulterada, pero, a la vez, consciente del mundo, de la bondad y la maldad humanas; porque entonces, ciertas cosas no se veían a través de pantallas; se veían y vivían en la realidad más o menos cercana. Nosotros, los niños de aquel tiempo, lo aprendimos bien, sin necesidad de ordenadores ni teléfonos móviles, ni corrientes de opinión que nos enseñasen que era el bien y el mal, ya que, por mucho que la iglesia predicara y ciertas normas estrictas pretendiesen frenar nuestra mente, el haber experimentado desde nuestra más tierna infancia en primera fila el discurrir de la vida, nos fue haciendo sabios; con una sabiduría que no da ninguna universidad. Porque, entonces, observábamos lo que nos rodeaba y a los que nos rodeaban; nos mirábamos a los ojos y escuchábamos a aquellos que, por edad, siempre sabían algo más que nosotros sobre algo. Me hace mucha gracia la frase: “Los niños de ahora aprenden las cosas mucho antes que nosotros y son mucho más espabilados. Saben más que los mayores”. ¿Qué mayores? Quitadles el teléfono móvil e Internet a esos niños, y que salgan al mundo sin la protección económica y presencial de sus padres; haber lo que saben. Nosotros éramos lobos libres y ellos, lamentablemente, en la mayoría de los casos, son perros domesticados. Nosotros éramos vitales; a fuerza de buscar nos hicimos ingeniosos, feroces, tiernos, vencedores, vencidos; en resumen, la vida real nos hizo como algunos somos hoy, imperfectos, con nuestros defectos y virtudes; pero reales y naturales, conocedores en profundidad de conceptos como la familia, la amistad, el compañerismo, la lealtad; esas bases con las que obtuvimos una ética para vivir. Lo recuerdo todo; los recuerdo a todos; y, de aquello que no recuerdo, sé que su esencia, en su momento, fue captada por mí, y sigue latiendo en mi interior. Saber diferenciar las cosas primordiales de la vida es un sello de garantía. Como, por ejemplo, reconocer la amistad. Aquellos que dicen tener muchos amigos o que llaman “amigo” a cualquiera con cierta liviandad, o no saben lo que es la amistad o no son de fiar. Un amigo es aquel con el que has compartido momentos de tu vida que no podrías compartir con otra persona y que, a pesar de que la vida, el tiempo, la distancia o la muerte os hayan separado, es muy fácil de detectar por ti; porque cuando lo encuentras por azar o piensas en él, es como si el tiempo no hubiese pasado y el trato es el mismo que el que teníais cuando erais niños, adolescentes o jóvenes. Muchos compañeros de entonces se quedaron por el camino. Las drogas asolaron su vida. Pero eso es otra historia. Hoy, pasado el medio siglo, yo, que desde que la descubrí, tuve presente la frase de Carl Gustav Jung, “La vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir”; en el momento presente, después de haber vivido, puedo decir que todas aquellas personas que encontré en el camino me han hecho, para bien o para mal, lo que soy, y, con la serenidad que da el paso de los años, debo decir que, la niñez lejana de mi generación fue privilegiada, porque, aun conservando la esencia de generaciones anteriores y viviendo un tiempo en que nuestros primeros años eran en blanco y negro, no sólo en la televisión; vimos surgir un mundo ante nuestros ojos que prometía cambiar para el futuro todo lo gris de la historia de la humanidad. Lamentablemente, no fue así. Vivimos una adolescencia y juventud en el tiempo de mayor libertad de la historia de España. De aquello, en la actualidad apenas queda nada; acaso en nuestros recuerdos y en nuestro corazón. Hoy, con profundo dolor, debo decir que, este nuevo marco de sociedad que habitamos se ha ido alejando cada vez más de la realidad; esa realidad que nosotros, entonces niños inquietos, conservamos de nuestros padres, de nuestros abuelos, de nuestros antepasados, de todas las generaciones anteriores, y que, a medida que crecimos, intentamos hacerla mejor sin renunciar al pasado. Porque entonces el mundo era el presente enriquecido por la sabiduría del pasado, y no era ni empezaba en internet; el mundo se podía tocar desde la cuna hasta la madurez. Aprendíamos de los que habían vivido antes que nosotros y de toda la esencia que arrastraban de siglos atrás. Pero, al mismo tiempo, crecimos viviendo el presente sin trabas ni ideas preconcebidas. Unos seres humanos que no saben u olvidan de donde vienen, están condenados a perder toda noción de realidad y vivir en un mundo vacío y frío. Nosotros, los de entonces, también fuimos rebeldes –la juventud tiene que serlo-, con esa rebeldía que da el ímpetu de los primeros años de vida. Pero nuestra rebeldía no ahogaba a los demás; era una revolución interior y profundamente tolerante. Queríamos cambiar nuestra vida y a nosotros mismos, y con ello lo que considerábamos negativo, con la única finalidad ser felices; pero no cambiar la vida de los demás y a los demás. Nuestra verdad era para nosotros y no queríamos imponérsela a nadie. Por eso había gentes tan diversas; desde los extremos más formales hasta los más alocados; y todos vivíamos –a pesar de que, conflictos existían- en una tolerancia inusual pero cierta; nada que ver con el panorama actual del “o estás conmigo o estás contra mí”. De qué se queja una sociedad por sus políticos, si ellos no son más que el reflejo de lo que la gente somos y el resultado de lo que les dejamos ser. A donde se mire, campan a sus anchas la intransigencia, la intolerancia y el odio hacia todo lo diferente a uno mismo, al partido, al grupo mediático o a la asociación a la que pertenece. Si este comportamiento es el que empleamos en nuestro día a día, si es lo que la sociedad, que somos nosotros, estamos llevando a cabo; de qué nos quejamos. Los de mi generación –la última que conoció un pasado de tradiciones y presenció el cambio mundial más brusco de toda la historia de la humanidad- fuimos los últimos espectadores y actores de un pasado siempre presente, y de un presente con pasado; y por lo tanto poseedores en nuestro interior del aire puro, aún no mancillado, de la libertad y de la esencia del bullicio del barrio. Pero también sabíamos buscar nuestras parcelas de intimidad y respetábamos la intimidad de los demás. Recuerdo una niñez feliz; recuerdo una adolescencia feliz; recuerdo una juventud feliz; recuerdo una madurez feliz; os recuerdo a todos. Poder decir eso, es mucho más que cualquier otra cosa a la que haya podido aspirar. Nunca está tan cerca el hombre de su verdad y vive con más intensidad el presente, como cuando es consciente de que es todo aquello que ha ido dejando en el camino y aquello que aún conserva en su memoria sentimental. Ser libre es, simplemente, ser auténtico; y esa autenticidad la dan las vivencias sentidas y asimiladas en el alma. Todo lo demás, son tuneamientos inútiles, disfraces ante uno mismo y ante la sociedad, que llevan al hombre a la vacuidad. Vivo en el presente y lo acepto; pero mi vida, mi parcela de intimidad, mi arte, mi ética y mi moral no las venderé jamás; y, cuando digo no las venderé, estoy haciendo referencia a que, mis sentimientos y mis pensamientos no han sido ni serán jamás corrompidos por el caos en que el mundo pretende instalarse. Porque, la forma de sentir y de pensar, es de lo único que un ser humano no debe ser privado. Por eso, todos los ataques que desde el poder –y cuando digo poder, no me refiero sólo al poder político- se lanzan sobre las personas, van encaminados a minar y destruir su forma de sentir y de pensar en libertad, y tienen como única finalidad la agrupación del individuo en corrientes de todo tipo, para formar rebaños, cuanto más numerosos mejor; porque siempre será mucho más fácil de manejar la masa que individuos aislados y auténticos. He pagado un alto precio por ser yo mismo; pero jamás me ha importado en exceso y, cuantos más años cumplo, cada vez me importa menos, o mejor dicho, nada. La misma esencia de la libertad radica en el equipaje de recuerdos, sueños y esperanzas que llevamos. ¿Quién puedo privarnos de eso? ¡Nadie! Cuando uno es joven, se mira al espejo para contemplar su juventud. En mi caso, después de más de medio siglo de existencia, me miro al espejo para decirme: “He vivido”. Y, esas dos palabras, entrañan tanto significado, que son suficientes para que consiga no apartar la vista y saber que mi existencia ha sido real y auténtica.           
Aún te recuerdo. Sí, a ti.
Porque, en el mismo recuerdo, radica la esencia del saber que estamos vivos.