lunes, 29 de febrero de 2016

LA FANTASIA DEL PODER Y LA TELEVISIÓN



























     La Cualidad supuestamente exclusiva del ser humano frente a las demás especies que pueblan la tierra de anticiparse a los posibles acontecimientos venideros ha condicionado la historia de la humanidad. Todo el entramado social que padecemos en la actualidad viene dado por esa característica. Así, los elegidos por unos y otros para regir los destinos de nuestra sociedad, juegan con los miedos e incertidumbres del ciudadano que asiste a una puesta en escena cada vez más sofisticada y truculenta. Pero, lo cierto es que, el futuro es impredecible, por su condición de inexistencia. Hablar de promesas basándose en políticas probablemente beneficiosas para los ciudadanos es intentar construir puzles invisibles en base a ideas preconcebidas. Las sociedades avanzadas se hallan más estratificadas que nunca, pero siguen respondiendo a unos patrones arcaicos. La condición sine qua non para el fenómeno del líder político es que existan individuos de verbo fluido que tengan ambición de enarbolar los destinos de una sociedad (Destinos, ¡qué plural tan insulso e irreal! Si ya la palabra en singular es ambigua, su plural es falazmente demoledor. Ya que, si entendemos el destino en su acepción de meta o punto de llegada, este sería lo que está por venir, de tal modo que su inexistencia es manifiesta, y pudiese no fraguarse nunca)  Como decía, unos individuos con ganas de liderar y una masa ciega y sorda, dispuesta a seguirlos hasta las últimas consecuencias. No deja de ser curioso el hecho de que la mayor parte de las veces, la gente desconfía de sus vecinos e incluso de algunos familiares, pero no tiene inconveniente en seguir apasionadamente a un señor o señora que habla desde una tarima, pero jamás le ha mirado directamente a los ojos. Uno, que no ha conocido nunca más pasiones que las del sentir y del saber, asiste al espectáculo de oropel que, una sociedad, en un porcentaje muy elevado de individuos, enferma de ignorancia, aúpa y consiente. Es la representación teatral de un entramado político que, no sólo juega con nuestro dinero, sino con nuestras ilusiones y sentimientos. Y en esta nave de locos, la televisión tiene un papel esencial. Aunque algunos, pretendidamente eruditos, hayan querido denostarla; ha sido, junto con el cine, un elemento indispensable de culturización de generaciones como la mía; la maravilla y la condena que nos ha traído el mundo al interior de nuestros hogares. Pero, en un ejercicio de autoinmolación, esa televisión se ha ido degradando en aras de esa fantasía de poder, dando cada vez más preponderancia a la levedad y la mediocridad en sus pantallas. En ella, no son los ancianos sabios (el labrador, el marinero, el viejo maestro) aquellos que hablan desde la universidad de la experiencia y de los que tanto se puede aprender cuando se escucha con atención; no son ellos, ni los jóvenes talentos en artes y ciencias, los que ocupan los programas reflejo de nuestros ciudadanos; sino personajes imberbes, casi siempre de pocas luces y con un sentido superficial de la existencia, los que acaparan horas y horas de televisión. A los verdaderos sabios se los ha relegado en un rincón, como casi todo lo importante; los creadores talentosos trabajan en la sombra o emigran a mejores lugares, y  a los ancianos se les ha otorgado el lavado y patético título de tercera edad. Por supuesto, si algunos de ellos realizan alguna habilidad insulsa pero impactante; entonces se les dedica unos minutos perdidos de programación para que la gente se divierta con ellos. Pero, el anciano que habla con la sabiduría del que ha vivido, desterrado queda en su rincón olvidado. Sería extenso y arduo describir todas las mezquindades de la maravillosa televisión; de la que sigo pensando que ha sido y es un invento indispensable y didáctico para niños, jóvenes y adultos. Finalizaré con el ejemplo que considero más sangrante, que es el de los informativos. Ellos han encumbrado a los políticos a las cimas del desvarío. De tal suerte que dedican la mayor parte de su duración a hablar de las banalidades realizadas por nuestros dirigentes y, sin embargo, la labor de los escritores, músicos, intérpretes, y otros creadores, queda relegada a la nada más absoluta; salvo, eso sí, que la cadena de turno haya destinado algunos ingresos para una producción concreta. Si un político estornuda, nos lo cuentan durante diez minutos; si muere un escritor o un actor, sueltan al final del informativo una reseña de diez segundos sobre la música final, en un acto que hasta se me antoja despreciativo. Si dos políticos se reúnen, eso requiere un programa especial; si muere un premio nobel, apenas se molestan en reseñarlo por el aire; como si fuese pecado la cultura. Los escasos programas de cultura de alguna cadena, siguen emitiéndose en su mayoría a horas intempestivas, como clandestinamente; ¡no vaya a ser que alguien se culturice! Es como un insulto a la inteligencia de las personas que durante el día están en sus casas. Como si creyesen que son idiotas y no puedan saber y querer saber más sobre las artes y las ciencias. Los referentes en nuestra infancia eran personas como Félix Rodríguez de la Fuente; las tertulias tenían escritores, científicos, actores. ¿Qué hemos hecho con nuestra televisión? ¿En qué preciso instante comenzó la degradación? Claro que hay que dar cabida a todo el mundo en televisión. Pero, ¿dónde está la ley de la proporcionalidad? ¿Cómo van a ser los niños de hoy en el futuro teniendo como referentes la cara de nuestros políticos y las opiniones de imberbes ciudadanos que piensan que un libro es un elemento decorativo? Se habla mucho de la muerte del cine, del teatro, de los libros. Ahora es muy estupendo decir que hay que adaptarse a las nuevas tecnologías; cuando en realidad creo que detrás de esa frase se esconde una nueva forma de esclavitud ante una falsa libertad. Todos son fuegos artificiales para seguir ejerciendo poder sobre lo que consideran plebe. Gentes que formamos parte de una sociedad que, en aras de un falso progreso y al abrigo de lo políticamente correcto, ha ido transformando a los individuos en seres cada vez más intolerantes hacia aquellos que no son como ellos, que no piensan como ellos, que no siguen las corrientes de supuesta evolución social. Personas cada vez más atadas por sus miedos y represiones pululan a diestro y siniestro, como si los movimientos que soñaron con la libertad en el siglo XX hubiesen sido unos espejismos perdidos en la noche de los tiempos. A pesar de todo, el hombre sigue siendo el mismo de hace cien, doscientos o mil años. Por eso, hoy leeré un libro, oiré música en mi vieja cadena, contemplaré el cielo y el verdor de la tierra, veré la televisión que me dé la gana, dedicaré una parte muy breve de mi tiempo en viajar por internet, sobre todo para aprender algo nuevo o enterarme de cómo está alguna gente que aprecio en la red, y poco más. La vida es mucho más sencilla de lo que nos la están contando. Sólo hay que olvidarse de la fantasía del poder. Si es posible la existencia de algún poder, radicaría en uno mismo y no demasiado. Ya que lo único que poseemos es este instante que, al tiempo que lo vivimos, se desvanece. Un presente que, mientras escribo, se diluye irremediablemente entre mis manos. 

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