miércoles, 12 de octubre de 2016

UN MAL ANTIGUO

   Hay un mal antiguo, espurio. Bajo artificiales capas de civilización sigue latiendo, no un animal –eso sería más deseable; los animales suelen ser previsibles, sinceros, limpios- bajo los múltiples disfraces, no declarados como tales, del homo urbanitas, sigue latiendo un homo anterior -no se sabe muy bien cual; ya que en el siglo XXI, el hombre continua sin tener claro su árbol genealógico – y ese homo real, enmascarado por la hipocresía y la vanidad de una supuesta sofisticación, es un ser cruel, egoísta, desesperadamente egocéntrico. Por eso, el ser humano escribe su historia como mejor le place en cada momento, alejándose de la realidad, hasta tal punto que, llega a desconocer verdaderamente su propia naturaleza. La sociedad va siendo diseñada acorde a ese elevado grado de estima que el ser humano se tiene; aislándose cada vez más de una naturaleza a la que, por más que lo intenta, no puede biológicamente dejar de pertenecer. El drama del humano actual es que quiere por todos los medios ser algo que nunca será; algo artificial fruto de su mente enferma de tecnificación e idolatría. A fuerza de mirarnos a nosotros mismos, hemos ido creando un monstruo de soberbia e hipocresía. Como respuesta, proliferan grupos de toda índole a favor y en contra de esto o lo otro; intentando cultivar una falsa ética, una moral determinista, que les permita dormir tranquilos creyéndose los poseedores de la verdad suprema. Pero nadie está en poder de ninguna razón, ni de ninguna verdad; porque, la razón, la verdad; en el caso de existir; no tienen por qué ser un cúmulo de patrones o concepto fijos e inalterables. Hay un mal antiguo que ruge en el interior de cada individuo y, por extensión, en las entrañas de cada sociedad. Basa sus cimientos en, creerse en posesión de la verdad y, en no entender que la vida y sus circunstancias tienen infinitas lecturas que, la mayor parte de las veces, no tienen ninguna de ellas la razón ni la verdad absoluta. Si cuando hablo, cuando escribo, cuando pienso; me creyese en posesión de un mínimo grado de verdad; estaría cometiendo el mayor y más grave daño a mi ser, a mis semejantes y a la sociedad que me rodea. Sólo el principio de incertidumbre hace que la vida tenga sentido. El no acabar de conocer de todo la esencia última, el dudar sobre la existencia y sus circunstancias, el ser maleable ante el mundo; es lo único que puede otorgar al hombre alguna verdad, aunque sea difusa, sobre su vida y su esencia. Todo lo demás, se me antoja radical, trivial, sin sustancia. Los ojos que miran, la piel que acaricia, los labios que besan; eso es lo único sublime. Todo lo demás es una huida hacia delante, dañando al tiempo y a nuestros semejantes; un juego demente creado por una evolución humana triste y enferma de vanidad.


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