viernes, 27 de mayo de 2016

RELATOS ROTOS - XXI - EVOCACIÓN NOCTURNA


    No podía ser más oscura la noche, ni más negros los cimientos que la sostenían sobre la ciudad perdida; mientras, ella recorría sus desiertas calles con paso indeciso, los tacones quebraban un silencio denso de humedades y desencantos, haciendo eco en las vacías estructuras junto a las que pasaba, naves abandonadas de cementosas columnas sin acabar de revestir, esqueletos de colosales edificios que se alzaban hacia el cielo, cuyas cuencas negras semejaban ojos siniestros que la observaban impúdicos; Elsa detuvo sus pasos para encender un cigarro; en sus manos delicadas y bien cuidadas, el zippo apenas alumbró la esquina del muro donde por un instante reposó su esbelta espalda manchando el abrigo gris, envoltorio del vestido rojo que cubría un cuerpo de curvas insinuantes; junto a ella pasó un borracho tambaleante que la obsequió con una mirada furtiva no exenta de un desprecio incomprensible; después de la primera calada al cigarro, continuó su camino falsamente repuesta del frío nocturno que iba calando en su cuerpo inundándola cada vez más de una sensación de desasosiego; el parque, pulmón de la ciudad, estaba en absoluta oscuridad  y parecía un pequeño y misterioso bosque en medio de la metrópolis, latía en la vegetación, apenas visible gracias a las tenues luces de los edificios más cercanos, la furia contenida de mil espectros que pugnaban por salir de su encierro, tal vez alegóricas criaturas de las vanidades, los odios, la frustraciones de los habitantes de la ciudad que dormía ajena a los misterios de otras realidades ocultas por la civilización y sus desencantos; Elsa pensó en él una vez más, en el tacto de sus yemas sobre su piel, en la lascivia y el desenfreno de las horas vividas que ya no volverían a renacer; pero, de repente, al doblar una esquina, frente a ella apareció; estaba a pocos metros y su profunda mirada la penetraba como tantas veces; el destino tiene esas casualidades que ni el mejor guion de cine podría superar; hablar sería demasiado pueril; los años habían caído como losas sobre los días felices; Elsa sintió en la mirada de aquel hombre al que tanto había amado un juventud diluida, lejana, perdida en el abismo de los días; le sonrió acariciante; ahora la noche se había vuelto cálida, como si aquellas primaveras de antaño regresasen todas juntas para anidar en el breve instante en que los dos se observaban; del portal junto al que él estaba, salió una mujer de belleza salvaje, asió el brazo del hombre y juntos se perdieron en la noche; pronto regreso el frío y una humedad creciente se fue apoderando de nuevo del ambiente; Elsa continuó su camino por las aceras empapadas de soledades y sueños, sinuosas sus formas estilizadas se movían por las calles de la ciudad desierta; no podía ser más oscura la noche, pero en sus labios quedó esbozada una leve sonrisa de irónica aceptación hacia la vida y sus misterios.

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