martes, 3 de mayo de 2016

RELATOS ROTOS - XVII - MONÓLOGO INTERIOR DE UN ADIÓS




    A la hora de ponerse el sol, con una calma infinita, se vislumbra en el horizonte una luz mortecina, macilenta, melancólica, que invita a la reflexión, a dejarse llevar por los laberínticos parajes del pensamiento. Entonces, bajo la pertinaz niebla surgida del crepúsculo se advierte un viento que insinuante mueve con suavidad las altas copas de los árboles cercanos, en una danza tenue y apagada; aire que parece surgir de los restos del final del último suspiro de un coloso derrotado. Algún mirlo distraído detiene su trayecto para posarse nervioso unos segundos en una pelada rama.  Después prosigue su vuelo sin reparar en mi presencia. Desde esta ventana en la que hoy observo el atardecer desprenderse irreverente ante la inminente presencia de la noche, hace muchos años contemplé tu adiós. Hoy, el horizonte es amplio a pesar del paso de los años en mi vista cansada. Pero entonces, a medida que te alejabas y tu silueta se difuminaba en la distancia, ese mismo horizonte se iba estrechando. Y así se quedó durante algún tiempo. Tal vez no tanto como entonces me pareció. La soledad impuesta tiene esa extraña cualidad de cambiar la percepción del paso de las horas y el espacio en el que nos movemos. De repente, en la habitación comenzó a resonar el tic tac del reloj con un volumen nunca antes percibido, hiriendo cada segundo y trastocando todos mis sentidos. Muchas veces, pasado el periodo de tristeza, he pensado como habrás vivido aquellos instantes del adiós. Con toda seguridad, tu visión fue muy diferente a la mía. Desde entonces, la vida ha ido desgranando su azar para los dos. En aquella mañana, la de tu partida, brillaba el sol de juventud. Y hoy, sobre tu adiós se han ido derramando luminosas primaveras que para siempre han aplacado la niebla que dejaron nuestros últimos días de tormenta; convirtiendo lo vivido en un recuerdo lejano y sentido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario