sábado, 14 de mayo de 2016

RELATOS ROTOS - XX - EL DÍA QUE LOS LOBOS DEJARON DE AULLAR



    Los lobos aúllan en lo alto del monte. Pero, cuando descienden las lomas para rondar las casas de la vieja aldea, son más bien silenciosos y sus leves gruñidos se diluyen en los vientos del invierno nevado. Dentro, el fuego del hogar cobija a los habitantes de las viviendas construidas con recias maderas extraídas de los árboles del bosque cercano. Ese tupido hábitat donde el canis lupus deambula enigmático, evocador de leyendas y misterios en su mayoría no resueltos. Algo más apartados, están los restos de un antiguo cenobio. Aún se resiste a caer el campanario con su broncínea campana que deja oír su tañido en noches de temporal como ésta. Un magnífico ejemplar de macho dominante rasca la vieja puerta de entrada a una casa con su huesuda pata. Dentro suena un ronco gemido gutural que parece proceder de oscuros laberintos infernales. No muy lejos del grupo de lobos, camina con paso lento un hombre totalmente embozado, desafiando a las ráfagas de viento cargadas de nieve que pugnan por detener su marcha.

    A mucha distancia de ese lugar; la ciudad bulliciosa. En el piso treinta donde tiene sus oficinas la Editorial Lecturalianosa, Jacobo habla con el director.
    -¿Y por qué no?
    Don Sirius agita un manuscrito entre sus manos.
    -Porque yo dirijo un negocio. Y esto que has escrito no da dinero.
    -Sólo quiero que me digas que el equipo de “entendidos” ha determinado que no tiene calidad, y saldré de este despacho.
    -Sabes  que no puedo decirte eso, porque no es cierto.
    Mira, Jacobo, creo que eres lo bastante inteligente como para saber en qué se ha convertido la literatura. Pero, por si te faltase un último empujón para resignarte ante la evidencia, te diré que la calidad de tu novela no interesa a esta editorial y, con casi absoluta probabilidad, a ninguna otra de la ciudad o el resto del mundo. La política de edición actual; salvo la reedición de clásicos conmemorativa de aniversarios o un nuevo libro de algún autor consagrado; se fundamenta en sacar productos que sean de fácil lectura y compresión simple. A saber: Novelas tochos con más de cuatrocientas páginas pretendidamente históricas; narraciones sobre hechos autobiográficos dramáticos y grandes tragedias; libros de supuesta autoayuda escritos con brevedad y aparente gracia; textos sobre folletines o programas televisivos; libros con recetas culinarias originalíiiiisimas; y… es posible que me deje alguna cosa en el tintero… también los libros escritos por personajes mediáticos.
    Jacobo, olvídate de que alguien publique tu obra. Te hablo con el afecto que, sabes, tengo hacia ti; porque, entre nosotros, y que no salga de aquí, eres un escritor. ¿Lo entiendes? Uno de verdad; y lo sabes. Por eso jamás verás publicada esta obra maestra que tengo entre mis manos. Ni siquiera podrás ganar un premio con ella. Tiene sólo ciento cincuenta páginas. Eso la descarta de la mayoría de los concursos de novela. Tú tienes más de cuarenta años; lo cual te elimina de optar a otros muchos. Haces lo que han hecho todos los grandes a lo largo de la historia. No escribes para nadie; escribes para ti mismo. Eso es un gran delito social desde el punto de vista de la literatura reinante. Si publico esto, los dueños de la editorial no tardarían una semana en destituirme. Así funciona, Jacobo. Antes la gente buscaba, leía, compartía opiniones acerca de libros entonces desconocidos. Hoy, la masa lectora necesita que le digan primero publicitariamente lo bueno que es un libro, lo estupenda persona que es su autor, para que se decidan a comprarlo. Esto también pasa con el cine y otras artes. Y también con las demás cosas que no son arte. La sociedad cree ser más culta que nunca y  vive en una ignorancia patética.
    -Gracias por tu sinceridad, Sirius.
    -Regresa a tu casa. Sé que seguirás escribiendo. Olvídate de las editoriales. Recuerda siempre que vives en un mundo donde la mayor parte de la gente es capaz de leer novelas actuales de quinientas o mil páginas infumables; pero jamás han leído los Miserables, la Odisea o el Quijote. ¿Qué esperas? ¿Ser más que Víctor Hugo, Homero o Cervantes?
    Siento tener que dejarte. Debo recibir a un novelista que me trae su segundo manuscrito de lo que será una trilogía exitosa.
   
    En la vieja aldea, con el temporal amainado, los lobos han desaparecido de los alrededores de las casas. No muy lejos de ellas, un hombre camina con paso lento. Ya no va embozado. Su rostro es curtido, de barbas y cabellos blancos. En sus labios hay una leve sonrisa. Mientras, en lo alto del monte, los lobos han dejado de aullar.

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