miércoles, 11 de mayo de 2016

AÚN RECUERDO


    Aún recuerdo el momento en que Arthur apareció apoyado en el marco de la carcomida puerta del ático donde entonces vivía. No pudimos evitar el pasar juntos una temporada en el infierno. Tampoco tuvo nada de especial aquel viaje. Salvo las conversaciones que entonces mantuvimos, frente a unos vasos de absenta, sobre la bendición y maldición que conlleva el amar la literatura. Charles, después de observarnos largo tiempo con vidriosa mirada, acababa esbozando una sonrisa contenida. Fuera, en el jardín, Virginia regaba las flores del mal. No sé qué le había dado con aquellas flores. Su imagen delicada y algo trágica mientras contemplaba las plantas, sigue  aún hoy grabada en mi mente. En este presente del siglo XXI parece todo muy lejano. Pero no lo es tanto. Es difícil no tener latente el privilegio de haber compartido, aunque en ocasiones sólo fuese unos instantes, unas horas o unos días; momentos profundos con personas como ellos. La playa no estaba demasiado lejos de la ciudad. Mary tenía la costumbre de interrumpir siempre mis charlas a la orilla del mar con Byron, colgándoseme del cuello. Monstruo, monstruo. Me susurraba al oído con una voz tan dulce como rota. Era encantadora. Nunca pude entender porque Miguel se llevaba tan mal con ella. Tal vez porque Mary no paraba de meterse con su mano atrofiada. Aunque ella lo hiciese sin malicia. No así, Dante, que inconscientemente siempre acababa clasificando a unos y a otros. Fue una buena época. La soledad era muy respetada y todo giraba en torno a la literatura y el arte. Lo demás era tenido por evidente y banal. También lo fue porque todos éramos jóvenes. Ellos de algún  modo aún lo siguen siendo. Incluso el abuelo Víctor. Nunca he oído a nadie insultar con tanta elegancia y tan poco desprecio. Como si en su insulto fuese implícita la comprensión hacia los demás. ¡Miserables! Ese era su preferido. Después pasó lo de Albert y la cosa comenzó a cambiar. ¿Hay algo menos romántico que morir en un coche? C´est la vie. Afortunadamente, aunque no tanto como quisiera, los sigo viendo con frecuencia. Como entonces, hablamos del amor, de la muerte; del misterio de la vida en definitiva. Pero, ya nada es como antes. Acaso porque todo tienen su tiempo. O no… Aún recuerdo el momento en que Arthur apareció apoyado en el marco de la puerta del ático donde entonces vivía. Por desgracia, ese lugar hace tiempo que desapareció, y con él, parte de todo lo vivido en un tiempo de insultante juventud.

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