miércoles, 21 de octubre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA – XXII - CUANDO EL POETA SE VA




CUANDO EL POETA SE VA
(Del amor y la ausencia)
    Como un verso truncado, súbitamente la tinta detenida sobre el papel amarillento; así quedaron la últimas palabras vertidas por el Poeta antes de su adiós. Ella regresa a casa después del duelo contenido para enfrentarse al vacío que deja el amante ausente. Un reloj de pared rompe el silencio de la estancia en penumbra. Los muertos tienen la fea costumbre de partir sin equipaje, y dejan sus cosas tal como las vivieron en el último instante de ser usadas. En la mesilla hay un libro que jamás volverá a sentir las manos del ausente. Ella lo abre por donde iba el Poeta en su lectura. “…Y vio los mares rugir embravecidos desde la proa del recio navío. El mascarón hierático se dejaba golpear por la espuma rabiosa. Entonces lloró, y sus lágrimas se mezclaron con las salinas aguas; lloró por estar tan lejos de casa, de los verdes prados de infancia, de los arroyos acariciantes de juventud; lloró porque su vida ya nunca volvería a ser la misma…”
    Las delicadas manos femeninas dejan con suavidad el libro sobre la mesilla, como sintiendo abandonarlo de nuevo a su soledad. Después se descalza y, aquellos pies que tanto excitaron al Poeta en sus horas de turbia pasión, recorren pausados el pasillo hasta llegar al salón. Allí, en el rincón más oscuro, junto a la chimenea, un sillón cercano a una mesita redonda hace que la mujer perciba de nuevo la evidencia del tiempo detenido en el cigarro yacente a medio consumir sobre el cenicero y el vaso de tubo, digamos que casi medio lleno, para ser optimistas, entre tanto vacío. El Poeta se ha ido. Ella cree escuchar su voz en el silencio hiriente; ahora que ya nunca volverá a decirle palabras de amor. En los últimos tiempos siempre le recriminó que la tuviese algo abandonada por sus compañeros de tertulia. Ahora, daría lo que fuese por unos pocos minutos escuchando aquella voz levemente grave y profunda, pero con un cierto tono juvenil. En la soledad de lo que fue el hogar de la pareja, contempla desolada aquello que vieron también los ojos de su amor que, con su ausencia, ha hecho, si cabe, más patente su presencia en cada objeto, cada fotografía, cada instante. La mujer sabe que los versos de su amor son inmortales; pero, su verdadera esencia morirá el día que ella también deje de existir. El Poeta era mucho más que su poesía. Como  ser humano, su intimidad más auténtica late en el fondo de la amada como una llama inextinguible hasta el final de su existencia.


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