martes, 13 de octubre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XIX




    La sala se antoja inabarcable para mi visión, cuelgan del techo lámparas de amarillentas, ambarinas lágrimas, como fósiles petrificados suspendidos en el aire de una pena antigua, un llanto inconcluso que se pierde en la noche de los tiempos, en la oscuridad atávica que, tal vez, albergue los porqués que el humano se ha planteado a lo largo de su evolución; allí en la lejana mañana del alborear primero de un tiempo remoto cuando tal vez los dioses vivían con los hombres, hasta que este los convirtió en ídolos de barro y diluyó su esencia en el bullicio de metrópolis supuestamente ordenadas, paradigmas del caos, tecnificación represiva de los sentidos naturales innatos al homo sapiens; como en un eterno descenso flotando en la espesa atmósfera del salón, las abundantes lágrimas luminiscentes sueñan suspendidas en su romántica y onírica pena sobre los cuatro cadáveres hieráticos; evocadoras de otras lágrimas; aquellas de la estación en sombras de un otoño lejano, cuando sobre el andén desierto unos ojos bellos y enigmáticos, humedecidos por la pena, me dijeron su adiós mientras partía con rumbo incierto en un tren que, entonces, iba a ninguna parte; y al brusco traqueteo, mientras se deslizaba por las vías, tu silueta sensual sobre el andén parecía albergar en su belleza toda aquella pasión que habíamos vertido el uno por el otro; y yo también lloré; cómo no hacerlo, cómo no celebrar con mi pena el vals eterno del amor furtivo y desbocado; sabían entonces esas lágrimas a amargo desconsuelo, y hoy, cuando regresa a mi boca su lejana esencia, se han vuelto dulces y reveladores de tantas cosas; que cuanto más vive el hombre, más muerte arrastra hacia el olvido; y el paradigma de lo profundo y lo bello, será siempre para mí esa estación lejana donde habita por siempre nuestro adiós de otoño; aunque probablemente yazca abandonada y, en nuevos otoños, las hojas secas la hayan tapizado con infinitos adioses y reencuentros; porque no hay llanto más sentido que el de la efímera belleza de lo intenso; así se va trazando sobre la vida del hombre un mundo de lágrimas que, como estas que hoy iluminan tenuemente el salón, calman la sed de alma ante la soledad y sus misterios.

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