viernes, 16 de octubre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XXI



        La supuesta realidad es tan variable. Me pregunto que estará sucediendo fuera. Una única contraventana sigue ligeramente abierta. Me asomo a ella con la esperanza de observar el exterior. La noche ha caído sobre la ciudad. Pero no veo las luces de la civilización. Sólo negrura. No hay luna centinela, testimonio en la oscuridad de que el sol sigue brillando mientras una parte de la tierra duerme. Rumores de voces furtivas, pasos cautelosos, miradas perdidas de pupilas entregadas al ocaso de la existencia. Siempre es así. Mientras yo estoy aquí con cuatro cadáveres de seres humanos que fueron parte de esos latidos que alberga la tierra, y ahora ya no son nada. Tan cruel y tajante es el ciclo vital. En la oscuridad nocturna no es posible verlos; pero sé que están ahí; miríadas de córvidos posados sobre las peladas y secas ramas de los esqueletos arbóreos, fusionando sus negros plumajes con la negrura de la noche; quietos, altivos, expectantes, soberbios en su espera. Debo subir al desván. Debo abrir la maleta. Tal vez nunca pueda salir de este lugar. Al menos sabré lo que contiene. Aunque sólo me sirva para saciar mi curiosidad. La curiosidad, esa compañera amable de las ventanas en la lejana infancia, cuando al levantarme buscaba el tacto frío del cristal en mi rostro para ver un nuevo día, entonces lleno de esperanzas y sueños; como un espectador privilegiado veía salir el sol, llover, las ráfagas de viento llevando las hojas de un lado a otro, la nieve posándose levemente sobre los prados. Y todo eso sin esfuerzo, tan solo con acercarme a la ventana de mi dormitorio. Las ventanas de juventud han sido enriquecedoras, en la habitación de hostales ruinosos, cuando el humo del cigarro otorgaba un halo de onírica magia a lo que contemplaba. Nunca hemos sido tan felices como entonces, cuando no teníamos hogar, sin apenas dinero en el bolsillo y los viajes se hacían con una maleta llena tan solo de sueños. Tal vez la maleta tenga en su interior eso, sueños. Este caserón es como una gigantesca maleta estática, petrificada en el límite de una frontera donde acaba la ciudad y empieza un árido páramo sin nombres ni rostros reconocibles.

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