martes, 9 de agosto de 2011

EFECTO METRÓPOLIS

En otro tiempo fue una ciudad de esplendor y sueños. Segura de si misma. Sus habitantes eran correctos ciudadanos que cumplían todas las normas que el sistema sutilmente fue introduciendo en sus vidas cada día más regladas. Las altas edificaciones se alzaban majestuosas desafiando a los vientos llegados de las lejanas tierras donde las esperanzas duermen el sueño de los justos. Asfalto y cemento fueron su ley, su máxima para construir una sociedad de bienestar y abundancia. El rostro de la pobreza se lavaba en correctas contribuciones anuales que salvaguardaban la conciencia de los justo y ejemplares habitantes de la metrópolis. La meditación y la espiritualidad de convirtió en un sistema que alimentaba el ego inestable de los estresados ciudadanos. Pero, eso todo ocurrió hace mucho tiempo. En una época alimentada de hipócritas esperanzas.
    Un día comenzaron a brotar entre el asfalto unas briznas de hierba apenas perceptibles. El hombre barbado, de larga melena y gabardina oscura, caminó las calles de la ciudad y pudo observar como, día a día, el musgo comenzó a cubrir las aceras. Fue un proceso lento, silente, casi imperceptible a los ojos de los atareados ciudadanos. Después las enredaderas treparon por las fachadas de los altos edificios, se colaron por las ventanas. Gigantes arbóreos brotaron de las entrañas de la tierra y fueron horadando los cimientos de las construcciones. El Efecto Metrópolis, había dado sus frutos. La ciudad enterró la naturaleza, quebró el corazón de la tierra, hirió el cauce de los ríos; provocando una respuesta lenta pero contundente por parte del planeta herido.
    En otro tiempo fue una ciudad de esplendor y sueños. Hoy, las ruinas yacen engullidas por una vegetación salvaje e incontrolable. El hombre barbado, de larga melena y gabardina oscura, pasea las desiertas calles, donde los gatos adornan el silencio con siniestros maullidos, algún borracho maldice su destino y los oscuros ojos que son las ventanas de los pocos restos de edificios que han quedado en pie, semejan vacías cuencas en la siniestra noche del ocaso de la humanidad.
    Era un joven lleno de vida cuando mi mente dio forma a esta historia que bauticé con el nombre de Efecto Metrópolis. En algunos de mis poemas lo mencioné; pero me parecía algo lejano. Hoy veo mucho más cerca lo que entonces parecía una pesadilla de juventud. Cuando paseo las calles de alguna ciudad y observo una pequeña planta que ha florecido entre el duro suelo de la urbe, sonrío levemente y continuo mi camino, mientras abrocho mi gabardina oscura, para que la lluvia de los años no me hiera demasiado.

Foto de Julio Mariñas

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