jueves, 11 de agosto de 2011

EL CINE QUE ME HABITA

    Pertenezco a una generación que ha crecido entre el cine y la televisión, los últimos caminos de tierra donde bailar el trompo y jugar a las canicas, y las crudas autopistas que laceran bosques y montañas. Mi infancia tiene restos de vida en blanco y negro, y mi adolescencia explosiones de color, últimos guateques y primeras discotecas. Comencé los primeros escarceos con la escritura en una máquina de carrete de cinta entintada y palanca, para después pasar a la eléctrica y acabar en el ordenador. Mis inicios en la composición fueron garabateando pentagramas cuyas líneas dibuja en un papel cuadriculado para posteriormente escribir en ellas las notas que inventaba con la flauta dulce y la melódica. Después vino el órgano, para finalizar en el ordenador. Por todo esto y muchas cosas más, considero que soy privilegiado, porque la generación a la que pertenezco ha sido la última en poder apreciar la esencia de todo aquello que hoy ha quedado relegado a la historia. Hemos conseguido tener la suficiente preparación para adaptarnos a las nuevas tecnología, pero sabemos como era todo antes de la explosión que arrinconaría las antiguas técnicas de trabajo. No obstante, he de confesar, aún reconociendo que la informática ha sido importantísima, sobre todo para facilitar el trabajo, el acceso a la información y la calidad de las presentaciones; que aún abrigo en mí la esencia de los primeros pasos en la creación, y sigo escribiendo la poesía en pequeñas libretas o papeles solitarios. Incluso, haciendo un ejercicio de voluntad, en ocasiones tomo la libreta de música y escribo en ella lo que va surgiendo en mi mente. No fueron tiempos mejores ni peores; sólo diferentes. Creo que las nuevas generaciones deberían ser conocedoras de ese pasado, por otro lado tan reciente, en que buscar una edición determinada de un libro era una pequeña aventura llena de ilusión. La verdad es que, hoy en día, buscar algunas ediciones sigue siendo una aventura prácticamente imposible, pero de otro modo. Estoy casi seguro que, si en mis primeros años de creación hubiese tenido a mi alcance todos los medios de hoy, mi producción sería mucho más extensa. Pero probablemente no tendría el mismo contenido. Todo esto es un pretexto para hablar de una de mis pasiones que es el cine. Porque la generación a la que pertenezco aún recuerda los cines de barrio tapizados de cáscaras de pipas que crujían bajo nuestros pies, donde los cigarrillos brillaban en la oscuridad y la linterna del acomodador semejaba la de un buzo en una gruta marina. Eran aquellas sesiones continuas donde vivimos aventuras que han quedado para siempre ancladas en nuestros sueños. Entonces no necesitábamos más que la sala oscura invitándonos al Salvaje Oeste, la Selva inhóspita, las calles del Imperio Romano, los siniestros castillos habitados por sensuales vampiresas o las noches de luna llena en las que el Hombre Lobo esperaba oculto en la maleza. ¿Qué más puede pedir un niño? Después fuimos aprendiendo, descubrimos otras formas de hacer cine. Pero, aquellos primeros años de cine, sobre todo americano; cuando las estrellas brillaban con luz propia y, en la mayoría de los casos, por su carisma y cualidades interpretativas; plagaron nuestra niñez de sueños. La nouvelle vague aún late en mi despertar juvenil. Ahora, cuando pienso en mis escritos, mis composiciones; veo que están todas impregnadas de cientos de fotogramas que se han quedado para siempre en mi interior. Todo hubiese sido diferente sin cine. Hoy puedo sentarme en el salón y ver la mayoría de las obras maestras que inundaron mi niñez, adolescencia y todos los años de sueños. Conviven conmigo en el día a día. Son parte de lo que soy. Hemos vivido esas historias una y otra vez juntos. Muchas de las películas me acercaron a las novelas que después leería con avidez. El cine cobijo los furtivos amores en la oscuridad de sus salas. Hoy no podría entender un mundo sin cine. Aún sigue ahí. Desafiando a la oferta televisiva, a internet, a la banalidad de los tiempos que vivimos. En mi ciudad he visto cerrar todos aquellos cines que decoraron mi niñez y juventud. Otras salas se abren esperando al espectador ávido de sensaciones. Porque el cine es la historia de un siglo XX radiante y convulso a la vez. Él nos invita a una nueva sesión. Es lo más cerca de la eternidad que podemos estar. Pertenezco a esa última generación que aún guarda en sus oídos el ruido del proyector y en la retina la fritura de cintas que nos llenaron de sueños y sensaciones imposibles de olvidar.

Foto Julio Mariñas

2 comentarios:

  1. Hola, he llegado hasta aquí a través de otros blogs y la verdad me ha encantado. Tienes un poco de todo: música, literatura, etc.
    Con esta entrada hablando de los cines me has recordado muchas cosas que, efectivamente, con el paso del tiempo se van quedando atrás y parece que pasó hace cien mil años. Pero no, están ahí, las hemos conocido y disfrutado, podemos contarlas, revivirlas cada vez que las relatamos. Muchas anécdotas. Está genial como lo has expuesto.
    Un saludo
    Rosa

    Me quedo por aquí como seguidora espero te guste mi blog si decides hacerme una visita, Literatura a vueltas.

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    1. Hola,Rosa. Gracias por tus palabras. Visitaré tu blog.
      Un saludo.

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