domingo, 7 de agosto de 2011

Inicio de la obra de teatro "DRACÓN VIVE" de Julio Mariñas

    Escenario: Fondo negro, cama carcelaria, mesilla con unos libros y

palmatoria de madera con vela.

    Un hombre viste camisa y pantalón vaquero.
   
Está sentado en la cama con los codos apoyados en las piernas.

    Media luz azulada. Foco a él.
   
    Mira fijamente al público.

ERIK:

    ¡Dracón vive! (Con voz rotunda y poderosa)

    (Hace una pausa)
    ¡Temblad, incrédulos vestigios de la raza humana; temblad, porque Dracón vive!
    (Se calma. Se levanta y anda)
    Llevo algún tiempo en esta celda; he tenido unos cuantos vecinos aquí al lado.
    (Con sigilo – Confidencial) Le llamo la celda de la muerte... ¿Se pueden imaginar por qué?
    La suerte no ha acompañado estos últimos años de cautiverio.
    Ya no sé: ya no sé si detrás de cada necedad humana hay un dios muerto de risa o sumido en el llanto.
    Aquí sólo hay humedad y ratas.
    Ratas... Recuerdo una película de Frank Capra. Creo que era “Vive como quieras”. Todos acababan en la cárcel, pero felices, cantando y riendo. James Stewart invitaba a cenar a la chica y revolucionaba el restaurante gritando: ¡Ratas, ratas!
    ¡Ah, las ratas! Esos bichitos nerviosos que no paran de mover el hocico en busca de alimento. Les vale cualquier cosa. Si el hambre aprieta, incluso los dedos de la mano humana pueden ser un menú adecuado.
    Al de la celda número quince le pasó eso; se despertó y, cuando se iba a rascar la nariz con el dedo, sintió en el apéndice nasal la dureza de su falange descarnada. Tenían que oír los gritos. Ponían la piel de gallina.
    El de la catorce, que cuando era castigado sin comer tres días, no tenía reparos en pisarle la cabeza a alguna y comerla cruda; no volvió nunca más a comer carne de rata.
    Es normal, la idea de estar comiendo indirectamente el dedo de su vecino, no le hacía demasiada gracia.
    Hay gente muy escrupulosa.
    Recuerdo, cuando era libre, que en las reuniones de amigos se hablaba en ocasiones de que fulanito había comida tarántula a la brasa, menganito había masticados gusanos vivos.
    Bueno, ¡y el marisco! Que le dicen manjar de dioses. No sé que será mejor, si comer saltamontes fritos o las tripas de un centollo.
    Cuestión de culturas. Siempre he pensado que todo es según el color del cristal con que se mira. Alguien lo dijo hace tiempo, y mi madre lo decía siempre.
(Pausa)
    Siempre... Siempre. Que palabra tan irreal. Nada es para siempre. Pero tenemos el consuelo de que la energía no se destruye, sino que se transforma.
    Hace apenas quince años, yo era un joven lleno de energía.
    ¿La edad de la inocencia? ¡Y un cuerno! ¡La edad de la carnalidad!
    Cuando uno es joven, todo es carne; desde el pecho incipiente de la compañera de clase –bueno, no tan incipiente- hasta las torneadas pantorrillas de la vecina del...
(Pausa) (Manos a la cabeza)
    ¡Oh, Dios mío! Eso, eso es lo que me ha traído aquí; el deseo insuperable por no dejar de ser epidermis en combustión.
    Bueno, ¿qué les voy a contar que no sepan? Soy de los que siempre han creído en un Edén ebrio de sensaciones...
Pintura de Julio Mariñas

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