jueves, 4 de agosto de 2011

LA TIERRA DONDE DESCANSA EL POETA

Caminamos los estrechos senderos que conducen a las grutas calladas donde habitan los duendes del olvido. Subimos a las montañas que el viento del norte azota sin piedad puliendo su dura piel. Nos sumergimos en aguas donde la espuma de los tiempos adorna la superficie. Sentimos el sabor salvaje del salitre regando nuestros labios, nuestras gargantas ansiosas de “te quieros”, nuestra piel suave de juventud sin freno. Fue en otros veranos, cuando la vida nos acariciaba el rostro. Las noches se desvanecían en sábanas sin dueño. Quien lo ha vivido y puede contarlo debería sentirse dichoso. Esos recuerdos que conforman el único paraíso del cual no podemos ser expulsados. Pero la vida siempre nos sabe a poco. Por cada melodía que hemos logrado concluir, hay cientos de ellas inconclusas. De esos sueños a medio vivir quedan notas flotando en el aire, palabras jamás pronunciadas. Todas ellas se van uniendo en el universo y forman una lluvia que cae sin cesar sobre el alma y sus misterios. En las noches de plenilunio acelera la respiración y fuegos que parecían extintos surgen entre las sombras. En las estrelladas noches de cálida placidez, son un bálsamo que invita a la serenidad y la nostalgia. Ahora que, a efectos del aparato social, todos somos un número y una clave, más que nunca deseo no olvidar que soy ante todo sensaciones. Una vida no  se puede contener en una ficha con nombre y apellidos, y unos cuantos números de identificación. El aliento de los que mueven los hilos me humedece la nuca muchas veces. Pero tengo el consuelo de saber que, la estrella más lejana está mucho más cerca de mí que sus mediocres pensamientos. En los tiempos de beber la vida el equipaje era ligero. Ahora transito cargado de cadenas que, a veces pesan como una losa; otras se convierten en alas con las que consigo volar por encima de la vanidad que viste al mundo. Veo gentes que lo han perdido todo. El hogar, los seres queridos, su condición de seres libres. Y muy cerca, una foto estática donde posan “Los grandes señores del siglo XXI”. Su sonrisa cínica se dibuja sobre la mirada triste del anciano, sobre los ojos hambrientos de niño desamparado. Un día, cuando era joven, escribí un poema. Se titulaba “Voy a creer en una voz de paz”. ¡Que lejos han quedado esos versos! Mientras, de un modo egoísta y solitario, camino mis recuerdos que me llenan, busco sensaciones lejanas a una realidad hipócrita y oscura que me hastía. Soy una simple gota en la inmensidad de un océano de piratas hambrientos de riquezas a cualquier precio. Pero tengo algo que jamás podrán quitarme sus sociedades de oropel y vanidades. Un pensamiento libre que nunca se doblegará ante la farsa de un mundo que agoniza en sus propias normas dictadas por los “justos”. Caminamos senderos, valles, montañas y surcamos mares. Lo hicimos porque éramos jóvenes y también porque creíamos que los sueños podían hacerse realidad. Lo importante es que fuimos felices, y eso, es imposible que nos lo puedan arrebatar. Por eso, por cada lágrima que derramemos por todo lo que tuvimos y perdimos, tenemos una sonrisa porque lo hemos vivido. Mientras otros han coleccionado dinero, otros coleccionamos sueños. No se gastan, no sirven para comprar nada, no se pueden tocar con las yemas de los dedos. Pero son la única cosa a la que jamás podrán poner un número de identificación, ni encerrar en un esquema social de restricciones y reglas que coarten su existencia. Nunca he dejado de caminar por esos lugares que mi infancia y juventud sintió y vivió. Es la única tierra que puede dar descanso al poeta. Donde habitan los sueños que nos hicieron libres para siempre.

Foto Julio Mariñas

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