jueves, 11 de agosto de 2011

LA FELICIDAD. ETÉREO SÍMBOLO DE INSTANTES

En la noche silenciosa pregunto a mis recuerdos el significado de la felicidad. Observo los libros silentes reposando sus cubiertas en los anaqueles que apenas alcanzo a ver en la penumbra del salón. No hay nada más cierto que esta soledad que me habita en la noche calurosa de espeso ambiente estival. Si alguna vez fue real la felicidad, probablemente habitó tan solo unos breves instantes en las ínfimas cosas apenas valoradas y archivadas en el abrigo tosco de la memoria. Un cielo de cálidos rojos y anaranjados se dibujaba en el horizonte. Las nubes iban acomodando sus formas mientras el sol moría en las azules aguas. Ningún pintor jamás pudo lograr tan bello lienzo. Y aquellos tonos que se abrazaban ante nuestros ojos, contenían toda la calidez de la sangre que fluía por nuestras venas. Derramaban sus destellos en las espumosas aguas que acogían los cuerpos en el último estertor del día. Si era felicidad, hizo honor a su fama de plenitud y gozo. La arena ensombrecía ante el crepúsculo de todos los dioses que custodiaban nuestra pasión. Tal vez pudiese parecer que se ha diluido; pero sigue latiendo aquel ocaso. Permanece en las suspendidas horas de las tierras donde el olvido no puede entrar con su lanza de fuego. Eterno se mece en la espuma que golpea las costa agreste, la playa de arenas finas y salpicada por las vacías caracolas que entonan para siempre la historia de insaciables amantes, condenados por Cronos a sufrir en sus carnes su violento látigo de adiós y sueños rotos. Un manto de rojos y anaranjados colores se posa sutilmente sobre mi cuerpo en la noche serena, impregnando con la esencia del ayer cada poro, cada ínfimo rincón de la carne lacerada por los días en que expuso su torso en la proa de naves que desafiaban a los vientos del Norte. Un manto cuya calidez invade la vigilia y los sentidos. Hasta mí llega el rumor de ríos con aguas cristalinas y sonoras. Los troncos centenarios se inclinaban respetuosos al paso de su cauce y en las verdes ramas cantaban las eternas aves que siempre obsequian con sus trinos a los amantes dulces y entregados. Fluye el río y con dulzura golpea mi cuerpo envolviéndolo con sus prístinas aguas. Y en la noche serena, envuelto por el manto de crepúsculos dorados y caudales de ríos soñadores, siento que ha existido la felicidad; que existe aún en esta noche cálida de agosto. Porque nada muere mientras habite el recuerdo y el aire de este ahora.

Foto Julio Mariñas

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