lunes, 7 de marzo de 2016

RELATOS ROTOS - XI - UNA NOCHE

Pintura de Julio Mariñas

  Sombra que camina entre sombras, claroscuros de una noche sin luces de neón, ni tambaleantes borrachos; apenas las farolas del Puente Viejo como lúgubre procesión estática detenida sobre el Río Pardo, son referente en la espesa niebla que gravita sobre las aguas; y la silueta esquiva discurre por estrechos callejones de paredes húmedas, acuosas, chorreantes de líquido turbio, a veces ensangrentadas; las ratas, sí, las ratas corretean la penumbra con sus costados peludos rozando esos muros; laberíntico entramado que una sombra sin rostro, sin rasgos determinados, silente transita en busca de un algo aún no esclarecido.
    En el viejo cuarto, a la tenue luz de una vela, una pluma entinta el papel elaborando frases, intentando desgranar conceptos y situaciones, buscando respuestas. La misma pluma que sirve para escribir bellas palabras, también puede firmar sentencias de muerte. Los medios creados por el ser humano poseen siempre esa ambigüedad manifiesta o encubierta; pudiéndose elevar hacia lo bello y lo sublime o enfangarse en lo execrable y mediocre. Y la pluma sigue deslizándose por el papel buscando la palabra apropiada para reflejar el alma del que escribe. Fuera, la noche es de una serenidad inquietante; como esos remansos fluviales que inopinadamente acaban desembocando en peligrosos rápidos salteados de rocas cortantes y letales.
    Hay una mujer en el balcón del cuarto piso del viejo edificio que amenaza ruina. Esta vestida con largo camisón de blanco roto transparente y sus senos generosos se vuelven turgentes cuando la húmeda bruma de la noche se posa sobre ellos; el pelo ensortijado mojado cae sobre sus hombros y pretende abrigar su rostro marcado por el dolor de alguna ausencia. Desde su mediocre atalaya, mientras posa un cigarro a medio consumir entre los carnosos y sensuales labios, cree observa una sombra humana deslizándose sutilmente entre las infinitas sombras de la ciudad dormida; al tiempo que una lágrima solitaria recorre el rostro, como acentuando para el firmamento velado su belleza olvidada.
    Siempre amanece; hasta en las más negras noches, cuando parece que los pájaros del sueño no nos abandonarán jamás, el día hace sutilmente acto de presencia en el horizonte y comienza a desplazar las sombras. La ciudad, lentamente, se va llenando de humanos que transitan de la peor manera posible, con un destino prefijado.
    En el cuarto piso que amenaza ruina, la puerta que media entre el balcón, donde una paloma distraída se posa con levedad, y el interior del cuarto, ha quedado abierta, y un rayo de luz baña el cuerpo inerte y marmóreo de una mujer sobre las sábanas, mientras una línea roja irregular ha quedado trazada descendiendo de sus muñecas, por el blanco lienzo, hasta el suelo de ajadas tablas.
    En el viejo cuarto, la luz del sol incide reveladora sobre el escritorio donde una vela apagada a medio consumir custodia los papeles desordenados que soportan el peso de un cuerpo vencido encima de ellos. Es el cadáver de alguien que ha rendido su vida en un último trazo de pluma confuso y desordenado.

     Mientras, ya ha amanecido totalmente y la ciudad es un caos de vida que globaliza, envuelve y oculta bajo su vestido de amplias telas otras realidades profundas, anónimas, individuales; nada interesantes para el falso escenario de lo civilizado. Pero volverá la noche. Siempre vuelve. Y transitará una vez más la sombra que camina entre infinitas sombras, y las ratas corretearán de nuevo los callejones tenebrosos, mientras, en algún lugar, una mujer dejará que su cuerpo sea empapado por la húmeda noche al tiempo que por su mejilla resbala una lágrima; y en un cuarto solitario, alguien escribirá sus últimas palabras sintiendo que la vida se desliza entre sus dedos.

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