lunes, 7 de marzo de 2016

LO QUE QUEDA DE LA VIDA (MEMENTO MORI)



    Yo no estaré. El mundo que conocí, ese que fue sólo mío, se desvanecerá en la bruma de una laguna oscura y tenebrosa. La vida es una broma banal que, apenas esbozada, se diluye en un firmamento sin estrellas. ¿No veis los muertos? con esa quietud tan fría y desencantada. Cualquiera diría que un día han sentido y han tenido sueños e ilusiones. El consuelo del hombre es pensar que no olvida a sus muertos, que sigue cuidándolos y brindándoles honores. Pero es una deformación cruel de la realidad. Los humanos recuerdan sólo a los vivos; es decir, recuerdan a esos que ahora son muertos y antes estaban vivos. Nadie, salvo casos tenidos por excentricidades, rinde adoración al cadáver putrefacto, el mondo esqueleto o las cenizas, como tales. Por eso, el hombre teme a la muerte; porque los muertos quedan solos y olvidados. Nadie quiere ver la imagen de lo que amo en unas cuencas vacías; sobre todo porque esa negrura circular les muestra que un día también serán eso. Lo que queda de la vida es nada. Y, ese concepto, imposible de explicar certeramente con el lenguaje humano, es una losa de angustia para los vivos. Sobre las tumbas pasan las noches más apacibles y las más tormentosas, los días más soleados y los más grises; la luna vierte su reflejo de luz sobre las losas y el sol calienta los pétreos monumentos. El tiempo es un concepto que se entierra con cada último hálito de los humanos. Se rompieron las reglas en el Jardín del Final y, como una vaga ilusión, los que aún viven intentan en vano ser dueños de sus existencias sentenciadas. Un día ya no estaré. Entonces también quizá alguien me recuerde como soy en este instante en que derramo palabras en el papel. Y, sin embargo, ya no seré más que los restos del naufragio que, en esta travesía llamada vida, a todos llega con certeza inexorable.


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