martes, 1 de marzo de 2016

RELATOS ROTOS - X - EL MARINERO



    
    Surcado, zaherido, perfilado por profundas, contundentes y rotundas arrugas, el rostro moreno del marinero recibe el aroma del viento del Norte en su piel; sentado en la roca con la pipa entre los labios. Lejos han quedado las travesías por mares inciertos. Un cormorán moñudo se precipita en picado sumergiendo su cuerpo bajo las aguas en una escena de libertad mágica de la naturaleza. La tranquilidad de lo vivido es una pensión que no requiere cotización ni esclavitud al trabajo, sencillamente se va labrando al discurrir de los días asiendo la vida con intensidad, agotando las horas de vigor y  sueños. El marinero calla porque es dueño de silencios que son los ropajes que envuelven la experiencia. En la arena de la cala cercana, unos niños juegan bulliciosos rompiendo la placidez del entorno. El marinero semeja una estatua sobre las rocas. Así, hierático, va pasando la jornada hasta que el sol del atardecer enrojece el horizonte para dar paso a una noche de plenilunio. La pequeña cala ya está desierta y, en la noche silenciosa, sólo un leve acariciar de espuma en la orilla rompe sutilmente el silencio. El marinero gira la cabeza y observa un bulto que las olas del mar han ido abandonando con su vaivén en la playa. Entonces decide dejar la roca donde ha pasado su jornada y baja a la arena dirigiéndose a lo que, pronto advierte, parece un cuerpo regurgitado por las aguas. Su paso inicial firme, se torna renqueante y dubitativo; el contacto de las botas con la arena húmeda añade un sonido nuevo a la noche de luna. Está junto al cadáver que, boca abajo, aún es movido levemente por las aguas. Entonces se agacha y lo gira con cierta facilidad, lo gira y observa en él su propio rostro de muerte putrefacto, de ojos abiertos proyectados a la nada que lo miran sin ver; y el marinero siente con horror la vacuidad de la existencia, el abismo insondable del destino golpeando su interior más profundo en un burla muda de dolor implacable. 


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