martes, 24 de septiembre de 2013

EL NIÑO QUE SOÑABA CON SER POETA (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - VIII)

    Soñaba con ser poeta. El niño pensaba que la pasión y el amor eran veneración, sufrimiento, locura por la persona amada. Y Bécquer, seguido de toda su “cuadrilla” de escritores, pintores y demás artistas románticos, hicieron que su infancia, cuando estaba en soledad, se convirtiese en un hermoso cuento gótico. Así, el niño se hizo adolescente y, Baudelaire, seguido de otra “cuadrilla” diferente, lo fueron convirtiendo en una suerte de doctor Jekyll y mister Hyde, que fue intentando conservar en cada aventura de la vida su alma romántica, a la vez que iba siendo arrastrado por  la propia existencia  a  las historias más carnales. Desde pequeño escuchaba decir “Soñar no cuesta dinero”. Tal vez por eso se dedicó a soñar y se olvidó del dinero. Craso error. Y viene a cuento la expresión, ya que fue la ambición de este gobernante romano, que formó triunvirato junto con Pompeyo y Julio César, quien dio origen a dicha frase. Pese a ser el menos conocido del famoso trío, parece ser que era un hombre muy rico. Aunque no se conformó con la parte de Siria que le tocó, y cruzar el Éufrates a la conquista de Partia (actual Irán) fue su perdición. Se cuenta que fue obligado a beber oro líquido. Prefiero no extrapolar la ambición de Craso a la actualidad y seguir con el tema inicial, para no dar ideas, que me he desviado un poco. Estábamos en eso de que soñar no cuesta dinero. Pero parece ser que realizar los sueños sí. Eso es lo que el niño que soñaba con ser un poeta atormentado no escuchó, o no quiso escuchar. Que todo es posible. Además, también pudo comprobar, a medida que iba creciendo, que eso del artista atormentado por las pasiones y la vida al borde del abismo queda muy bien en las novelas, pero en la vida real es lo peor que le puede suceder a un creador o a cualquiera. Porque el artista necesita tranquilidad y aislamiento a la hora de realizar su labor. En su juventud, el niño que soñaba con ser poeta, comprobó que la noche era el mejor manto con el que se puede arropar quien se dedica a crear. Y la noche fue su patria. Cuando la juventud abandonó al niño que soñaba con ser poeta, la madurez se fue instalando pausadamente sobre todo lo vivido. Entonces, sentado frente a su escritorio, rodeado de sus poesías, sus novelas, sus músicas; se sintió satisfecho y feliz, porque ya podía controlar al lobo que habitaba en su interior. Podía soñar cuando fuese necesario; pero también ver la realidad con perspectiva y sin temor. Hoy, el niño que soñaba con ser poeta, tiene como riqueza montones de páginas escritas, de pentagramas llenos de música. Y, mientras la humanidad se empeña en mirar el mundo a través de montañas de dinero; él sabe que el dinero impide ver más allá de la última adquisición material. Por eso, con muchos sueños ya realizados y otros por realizar; el niño que soñaba con ser poeta sabe que posee la mayor riqueza que un ser humano pueda atesorar. Tiene la belleza de lo eterno arraigada en su interior. De modo que, todo lo banal, mezquino y repugnante que gira a su alrededor; no es más que una mancha en unas lentes que quieren imponernos para que veamos el mundo a través de ellas. Pero él jamás utilizará ese prisma enrevesado y cruel que se ha instaurado en la sociedad. Él seguirá siendo amigo de la noche y soñando con el día en que los poetas sean los verdaderos protagonistas, y la gente sueñe más, viva más, sienta más. Porque hubo un tiempo en que las metas eran la conquista de la persona amada o  deseada, el llegar a las cumbres donde se puede ver latir la naturaleza más salvaje, aprender y aprehender la verdadera esencia de todo lo que nos rodea. Hubo un tiempo, no muy lejano, en que los sueños no tenían marca, ni color político, ni siquiera clase social. Fue cuando el niño que soñaba con ser poeta era pequeño. Bueno, pensándolo bien, tal vez sólo fue un sueño de inocente niño enamorado. 

FOTO DE JULIO MARIÑAS

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