jueves, 17 de marzo de 2011

LAS TARDES DE CINE

Recuerdo un tiempo donde los niños jugábamos en las calles de nuestro barrio, la mayoría de ellas aún sin asfaltar, y las horas transcurrían lentas, reposadas. De vez en cuando deteníamos nuestros juegos para dejar pasar algún coche. A los más jóvenes les puede parecer que hace muchos años de esto; pero no es así. En ese tiempo no tan lejano, en mi barrio había dos cines, uno pegado al otro. Se llamaban el Palermo y el Avenida. De este último tengo la suerte de haber podido rescatar de un rincón de su patio, gracias a la amabilidad de uno de los familiares del dueño del cine, el cabecero de la entrada de hierro forjado en el que figura “1940”. Hace muchos años que desaparecieron, al igual que otros cines de Vigo.


En esas salas, que hoy serían impensables, los suelos estaban alfombrados por cáscaras de pipas, había cigarrillos brillando en la oscuridad y era frecuente que el proyector fallara y se cortara momentáneamente la película, con el consiguiente pataleo de los espectadores. Allí se reunía toda suerte de elementos. Desde el correcto matrimonio que iba al cine con sus hijos, hasta las parejas situadas en “la fila de los mancos”. Entonces ir al cine era todo un ritual. Primero contemplabas en los paneles de entrada los carteles de las películas (eran dos en sesión continua; podías pasar la tarde en el cine repitiendo películas) y observabas los fotogramas con gran interés y detenidamente.

Acto seguido, una vez pagada tu entrada, el pasillo que llevaba a la sala también estaba decorado por carteles de filmes ante los cuales podías pasar un buen rato. El cuarto de proyección estaba abierto y se veía la máquina que pronto comenzaría a lanzar las imágenes a la gran pantalla. Entonces llegaba el momento de elegir un buen sitio y comenzar a entrar en un mundo lejano y enigmático. No existían los traílers de televisión que hoy en día ya cuentan la mitad de la película antes de que accedas a verla. Podía ser una de Vaqueros, de Tarzán, de los Marx, de Romanos, Policíaca, de Terror o de otro tipo de aventuras. Así, el niño que era, fue conociendo a los grandes de la pantalla. Buenos actores y actrices, pero con un carisma especial, aderezado sin duda (no nos vamos a engañar) por la magia de Hollywood. Tal vez ciertos valores de esas películas, vistos hoy en día por expertos analistas, resulten anacrónicos. Pero a nosotros nos hicieron soñar. Esto no sé si fue bueno o malo al correr del tiempo. Lo cierto es que llenaron de fantasía nuestra niñez y adolescencia.  Creo que eso es el cine en realidad; y todo el arte en general. Trasladarnos a la esencia de las cosas bellas. Elevarnos del mundo que nos rodea e insuflarnos el aliento de la aventura, la pasión y la épica de las grandes historias.
Hay en el fondo de mis recuerdos una Ingrid Bergman dulcemente sorprendida descubriendo a Bogart en un café de Casablanca, un Kirk Douglas como Espartaco en una cruz a la salida de Roma observando a su mujer y su hijo camino de la libertad, la expresión de un Charlton Heston encarnando a Ben-Hur que simboliza en su mirada a un Jesucristo que le ofrece agua pero no aparece en pantalla, o el mismo actor arrodillado ante los restos de La Estatua de la Libertad en una playa desierta en el Planeta de los simios. En el fondo de mis recuerdos vive la apasionada aventura de Mogambo con Ava Gardner y Grace Kelly en la selva inhóspita, la inquietante casa de Psicosis o la maravilla de un Gene Kelly cantando bajo la lluvia. Sería imposible enumerar todas esas historias que aún habitan en mí. Después “La nouvelle vague” sería un soplo de aire fresco en la juventud. En mi casa conservo la mayoría de ellas en DVD y las vuelvo a ver con frecuencia. Pero sé que la magia del cine no volverá tal y como la conocimos las generaciones anteriores al fervor televisivo. Tal vez no sea mejor ni peor. Sólo diferente. A veces es bueno tener los pies en el suelo; pero no demasiado tiempo, podemos quedar atrapados en el fango de una sociedad en exceso realista.


Es lo único que nunca conseguirán prohibirnos. Soñar con aventuras imposibles (que en ocasiones se hacen realidad) Creer que aún hay malos que tienen códigos de honor y no te van a “disparar” por la espalda ante la impunidad de una masa expectante. Me sigue gustando el cine y hay películas fabulosas, pero, cuando quiero reír de nuevo recurro a Chaplin, Keaton, los Hermanos Marx o Woody Allen; cuando quiero vivir una aventura en el Oeste, vuelvo a Centauros del desierto, Furia de Titanes o el Hombre que mato a Liberty Wallace; cuando quiero soñar con el amor, contemplo de nuevo Un hombre y una mujer, Anónimo Veneciano, Tal como éramos o Descalzos por el Parque; cuando quiero adentrarme en el misterio regreso a Hitchcock o, si por el contrario quiero acceder a las cavernas del miedo retomo la noche de Walpurgis, los Crímenes del Museo de Cera o La noche de los muertos vivientes; si quiero sentir el soplo de la libertad retomo a Truffaut o Godard; nada mejor que Kurosawa o Bergman para trasladarnos a la épica y la meditación respectivamente. 

Algo ha cambiado en el cine. No soy un experto; sólo un mero espectador que disfruta de las inmejorables salas que existen ahora. Pero algo ha cambiado. Tal vez es  que la prisa, como en todos los ámbitos de la vida, nos ha impedido seguir haciendo un cine para seguir soñando. Por eso, además del estupendo cine que aún se hace; reclamo como espectador un cine que me haga volver a soñar. Donde la irrealidad nos envuelva y aleje de lo cotidiano. Porque, a fin de cuentas, a eso vamos al cine; a sumergirnos en nuestros sueños de infancia y juventud. Ahora con los años, más que nunca. Para evocar lo vivido, en algunas ocasiones, y en otras, para vivir lo que no hemos podido vivir en la realidad. El cine puede conseguir lo que no ha conseguido ningún poder; envolver a los seres humanos en la fantasía del amor, de la aventura, de lo irreal. Aunque pueda parecer un contrasentido, creo que sólo así seremos más amantes, más libres, más soñadores. Recuerdo un tiempo de Sesión Continua. El cine me ha enseñado mucho. Hay cosas que probablemente jamás hubiese llegado a realizar si la gran pantalla no me hubiese inspirado con su eterna cadena de sueños. A pesar del profundo cambio social y tecnológico, Deborah Kerr y Burt Lancaster aún se siguen besando bañados por las olas  en De aquí a la eternidad; Jean-Pierre Léaud ha quedado para siempre en la playa que no lleva a ninguna parte. ¿Y los Besos robados? ¿Qué ha sido de los Besos robados?

"Homenaje al final de la película de John Ford "Centauros del desierto".

 FOTOS DE JULIO MARIÑAS

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