lunes, 28 de marzo de 2011

EL MANTO DE LA MUERTE



Escrito con motivo de la marea negra que asoló las costas gallegas  y
Publicado en Cartas al director de Faro de Vigo el  17 de diciembre del 2002


    El siglo XXI  ha llegado, con gran júbilo y despliegue de medios, el homo sapiens lo ha recibido, orgulloso de su condición de dueño absoluto del planeta; no sé muy bien si recreándose en su ignorancia o regocijándose en su inconsciencia; pero lo cierto que la alegría experimentada por una inmensa mayoría ha sido sincera.
    Por desgracia, la esplendorosa civilización que nos hemos dado, brilla por fuera  deslumbrando cada día más a sus creadores; seres que no saben, o no quieren saber que su gran ídolo resplandeciente tiene el vientre podrido, negro como el más oscuro túnel infernal. Es por ello qué, de vez en cuando vomita sobre nuestras cabezas parte de esos desechos que el mismo hombre almacena en el vientre que lo acoge.
 Todos tienen tan llena la boca de palabras, que apenas es posible entender lo que quieren decir. Cifras, proyectos, previsiones. Medicina preventiva, en algunos casos con resultados satisfactorios; en muchos, una manera de morir mejor, más lentamente, sabiendo la fecha aproximada, y en el frío hospital en vez del cálido hogar. Seguridad para todos; cámaras en las calles, en los puestos de trabajo, controles de carretera, cacheos en los aeropuertos; en algunos casos se consiguen coger al delincuente; en muchos, el ciudadano siente que es culpable mientras no se demuestre lo contrario. Pensiones y sueños de futuro. ¿Alguien puede demostrar que mi futuro existe? Las palas levantan nuestros parques, y con ellos, la tierra que pisamos cuando éramos niños. En su lugar colocan fría piedra. Tiran el árbol centenario bajo el cual se enamoraron varias generaciones, para poner en su lugar unos cuantos hierros que dicen: son puntos de encuentro.
    O el mundo se ha vuelto loco, o hace tiempo que yo he perdido el juicio. De todos modos, en el supuesto de que lleguemos a reconocer nuestros desvaríos, jamás entonarían el mea culpa; seguramente achacarían su locura al polvo cósmico procedente de algún cuerpo celeste.
Toda esta reflexión viene a cuento por el terrible suceso al que estoy asistiendo atónito durante los últimos días. La muerte vestida tan solo con su capa negra, llevaba mucho tiempo asomando entre las nubes, entre las olas, mostrando esa cínica sonrisa. Y al final a soltado esa túnica letal en el otoño del océano Atlántico, llenando de negrura las costas de Galicia. El pecho se oprime y no puedo por menos que llorar amargamente al ver el manto negro de la parca adherirse a las arenas, a las rocas, a las aguas de estas costas que tanto he caminado; el mar batiendo en Muxía, la lluvia golpeando los cristales del restaurante en Malpica, la puesta de sol en Finisterre, la espuma besando las rocas de castro Baroña en Porto de Son, el viento acariciando las dunas de Corrubedo; sería interminable enumerar los bellos lugares que tanto dieron a mi inspiración.

¿Tendré que explicarle algún día a mi sobrina que el mar en Galicia fue azul, verde, gris, de mil colores maravillosos, y todas esas cosas como si fueran un sueño del pasado? El ser humano hace tiempo que ha comenzado a cansarse de matar a sus semejantes, y ahora parece querer aniquilar la raíz, el germen donde late la esencia de la vida. ¿Qué más nos queda por ver? Cargado sobre nuestros hombros, llevamos un luto involuntario; pesa más que la más dura de las cadenas; nos obliga a contemplar la destrucción de la belleza natural, de la madre nutricia que nos ha permitido llegar hasta aquí, de todo lo hermoso que nos rodea. Dentro de mil años ¿Qué motivo tendrá la poesía, la pintura, la música, para poder surgir de  la mano del artista? ¿Quién llorará aquello tan mágico que hace mucho existió y se llamaba tierra?

Pintura y fotografías del autor.

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