miércoles, 23 de septiembre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XVII - REFLEXIONES EN COMPAÑÍA DE CUATRO CADÁVERES AMIGOS




 REFLEXIONES EN COMPAÑÍA DE CUATRO CADÁVERES AMIGOS
III – EL DOCTOR
DE LA MUERTE Y DE LA TRASCENDENCIA
    Tantas veces ha visto la muerte; apagarse el último hálito de vida en los quebrados cuerpos, diluirse en un postrer suspiro llevado por un invisible velo sentenciador; así, Doctor, que podemos esperar de la vida y sus vértices inconclusos, del esférico canto existencial que apenas dura unas jornadas. Como un sueño trazado en el terroso manto de la vida, así nuestra existencia fluye indómita, delirante, arrebatadora; y a veces esa línea oscilante atraviesa frondosos bosques, valles donde brotan manantiales que alimentan arroyos cristalinos, lagos de prístinas aguas; en otras ocasiones, el discurrir vital se ve inmerso en tenebrosas ciénagas, procelosos océanos donde habitan abisales formas evocadoras de atávicos terrores, o en noches de una quietud extrema e insultante sin luna ni ulular de búhos en las ramas; porque, Doctor, la existencia reducida a una compleja y sentenciadora analítica, qué puede desvelar de la esencia profunda sustentadora de las emociones y los sueños; apenas matemáticas conclusiones sin mayor relevancia; tarde o temprano todos recorremos el valle pedregoso salpicado de esqueletos arbóreos donde un sinfín de cadáveres de aves que nunca más emprenderán el vuelo, yacen silentes y hediondos, con sus alas quebradas por el destino aciago que a todos escolta desde una lejanía mucho más cercana de lo que el mortal imagina; a la cual, no obstante, prevenido en su intelecto, hace frente con mitos de trascendencia; mientras, a toda aurora deviene un ocaso, a todo crepúsculo deviene un alba; así, en un ciclo de ritmos encendidos por pinturas que la vida traza en el horizonte, se ha escrito y se sigue escribiendo la historia de los seres humanos, una historia ínfima en el incesante fluir del universo y sus misterios. Usted sabe muy bien, Doctor, que inexorablemente, ese mismo oxígeno que nos da la vida, conduce a nuestro organismo a un irreversible proceso de oxidación celular, en una irónica pirueta de la naturaleza para que el ciclo continúen su incesante fluir de vida y muerte; sólo el homo pensante, al abrigo de sus sinapsis neuronales, genera un mundo paralelo de trascendencia en el que mece su vida, intentado en vano permanecer eternamente en una infancia perdida, en un nostálgico paraíso vivido en los albores de una supuesta pureza primigenia; y así, el humano civilizado disimula la rotundidad de la muerte en asépticos hospitales, en pulcros tanatorios confortables y dulces para maquillar el rostro cruel del vacío insondable al que todo aquel que nace, por el hecho de vivir, está abocado sin remedio; porque la vida es una película que nunca tiene final feliz, un poema siempre inconcluso, una música con su último acorde disonante suspendido y sin resolución, una pintura sobre lienzo desgarrado cuyas tonalidades van cediendo su esplendor al paso inexorable del tiempo; porque no somos más que un ínfimo destello en el misterio de un universo inabarcable. 

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