martes, 8 de septiembre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - X




    Es un estruendo ensordecedor lo que me está despertando. Enciendo la luz e intento observar la hora que marca el reloj de la mesilla. Poco a poco, mis ojos aún velados por el sueño consiguen descifrar la posición de las agujas del reloj. Descubro que apenas he dormido tres horas, por eso estoy tan cansado. También me percato de que, ese estruendo que estalla en mis oídos como una gran tormenta, son los golpes que la dueña de la pensión está dando en la puerta de la habitación para intentar despertarme. “¡Está aquí la Señora Asunción!” “¡Dice que es urgente!” Frotándome la cabeza, tambaleante, indeciso; me dirijo a la puerta. La dueña de la pensión, oronda, con el pelo recogido en un moño que tiene trazas de llevar más tiempo del deseable sin lavar; la Señora Asunción, pulcra, diminuta, delgada, cadavérica. Francamente, forman un dúo espantoso para dedicarse a despertar a alguien que, como yo, no ha dormido las horas preceptivas.
    -La Señora Asunción está muy nerviosa.
    -Verá; es por sus amigos… la casa que les he dejado…
    -¿Qué sucede?
    -No lo sé. Esta mañana, como siempre, he ido a primera hora, y no he podido abrir la puerta.
    -Se habrá equivocado de llave.
    -Lo dudo. ¿Cree usted que tengo más llaves con estas dimensiones? –la Señora Asunción muestra la llave agarrada entre los dedos pulgar e índice suspendiéndola delante de mi cara. Observo que tiene las manos grandes y fuertes para su diminuto tamaño.
    -¿Y qué quiere que haga? Llame a un cerrajero.
   -Verá, la cuestión es que he mirado por una de las contras que estaba entreabierta y creo que sus amigos estaban aún alrededor de la mesa del salón.
     -¿Entonces?
    -Llamé; pero no me abrieron.
    -¿Y qué quiere que haga? Yo los dejé ayer al atardecer.
    -Volví a mirar por la ventana. Allí seguían, quietos, sin moverse. No podía distinguirlos muy bien; pero juraría que estaban demasiado quietos.
    -¿Demasiado quietos? Señora Asunción, estoy sin dormir…
    -Por favor, antes de llamar a la policía, me gustaría arreglar esto civilizadamente sin escándalos. Si lo de sus amigos es que han bebido demasiado y se han burlado de mí, no me importa. Lo único que quiero es que dejen la casa. El trato era “Sólo al atardecer y hasta las doce de la noche como máximo”. Siempre lo han cumplido hasta hoy. Yo no quiero problemas.
    -Está bien. La acompañaré.
    Mientras me dirijo tambaleante hacia el caserón de las afueras siguiendo la estela de la Señora Asunción, noto la brisa del amanecer en mi cara como un halo de fino cuchillo que me hace estremecer. Observo vagamente entre la neblina matinal el lugar donde estaba la casa familiar al otro lado de la ensenada. Antes era un promontorio lleno de vegetación a pie de mar salpicado por algunas casas que, como la mía, eran habitadas por familias nativas de la zona. Un buen día, hace más de una década, tiraron las viviendas por no sé qué problema con la ley de costas. Pasado un lustro, parece ser que la misma ley de costas que había tirado las centenarias casas, no impidió que se edificasen en la zona varias líneas de chalets para gentes de amplio poder adquisitivo. Ahora, la ensenada donde reposaban las barcas de los pescadores, es un muelle deportivo. Mis padres fueron muriendo lentamente de rabia y pena a partes iguales; y, como ellos, otros muchos que vieron como toda una vida de esfuerzo llevada a cabo por varias generaciones quedaba destruida en poco tiempo. Muertos mis padres; no pude soportar la idea de seguir viviendo en aquel edificio donde pasaron los últimos años de su existencia confinados en un entorno ajeno a todo lo que habían conocido y amado. Por eso, sigo pensando que, de no irme de la ciudad, lo mejor que he podido hacer es vivir en una pensión desde donde, a pesar de no ver ningún atisbo de aquello con lo que crecí, al menos puedo seguir imaginándomelo y aliviar en alguna media el dolor que supone la injustica de una sociedad decadente que cree caminar hacia el progreso, y tan solo camina hacia su propia destrucción.
    Nunca pensé que con sus años, la Señora Asunción estuviese en tan buena forma. Lleva un paso considerable y está muy nerviosa. 

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