jueves, 10 de septiembre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XI



    Si bien, la Señora Asunción no tiene la enigmática silueta de un Caronte, resulta una extraña compañía en este recorrido matinal, cuando las últimas casas de la ciudad salpicadas en un paraje cada vez más hostil nos van introduciendo en el yermo que conduce a la aislada casona de las afueras. La anciana no disimula su nerviosismo. Sin embargo, tiene ese algo que atesoran los viejos humanos que son sabedores de su inminente final. Es una especie de relativización de cualquier acontecimiento por extraño o impactante que sea. Su actitud acerca estas reliquias vivientes a un punto desconocido para la inmensa mayoría de los mortales; un lugar que parece estar suspendido entre la vida y la muerte, pleno de una sabiduría que sólo puede dar lo vivido.
    -Siento haberle despertado.
    -No se preocupe.
    -Cuando yo era niña, este paseo era mucho más agradable. Ahora es un páramo sin apenas vida; pero entonces era un bosque lleno de hayas y pinos. La casa a la que nos dirigimos estaba rodeada por esos árboles. No se puede imaginar cuanta vida había en sus ramas. Las ardillas descendían los verticales tronos nerviosas. ¡Cómo me gustaban las ardillas! En primavera, en lo alto de uno de esos árboles, tuvimos la suerte de que anidaran muy cerca de nuestra casa una pareja de azores. ¿Ha visto alguna vez volar a un azor?
    -Pues no.
    -Me gustaban mucho con su iris anaranjado y esas bandas negras que atravesaban su plumaje. Hasta que una mañana toda la admiración que profesaba a las bellas rapaces se desvaneció en breves segundos, cuando pude ver a un azor descender con maestría y clavar sus garras en una de las pobres ardillas. ¡Ni se imagina que trauma! Me parecía imposible que un bichito tan agradable como la ardilla acabase su vida en las garras del azor.
    Escuchando a la Señora Asunción, pienso en esa niñez perdida, en que tal vez sea justo en el instante que el hombre toma conciencia de su mortalidad, cuando se pierde la inocencia. Mi medio siglo de vida no es suficiente para haber contemplado un bosque en este lugar. Pero puedo imaginármelo. Mi abuelo hablaba de ello con frecuencia en esas historias que contaba al calor de la lumbre con voz profunda y pausada. “En el invierno más crudo que recuerdo, la nieve llegó a extender su manto hasta el borde mismo de los acantilados. Ni el viento marino pudo evitar que la nieve se posase incluso hasta en la ensenada. Asomarse a la ventana y ver las barcas varadas en un mar blanco, las altas copas de los pinares y hayedos con sus ramas engalanadas con el níveo elemento; es algo que jamás se olvida. Entonces era un adolescente. Por la noche nos reuníamos al calor del fuego mientras el viento soplaba con tanta intensidad que llegaba a mover la recia puerta de madera de la casa; y su gutural sonido se mezclaba con el aullido de los lobos que hambrientos bajaban de los montes cercanos hasta las viviendas en busca de algo de comida. Cuando, después de largos días, el tiempo fue suavizando, salí con mi padre y mi hermano de caza. Aún el grosor del manto blanco era considerable. En las cercanías del inicio del bosque, un espléndido ejemplar de jabalí hozaba en la nieve buscando algo de sustento. Mi padre lo abatió con un tiro certero. Sin necesidad de perros. Era la primera vez que salía de caza y sentí un profundo dolor al ver aquel soberbio animal rodando inerte algunos metros por la pendiente mientras su sangre iba salpicando la blancura de la nieve en una escena cruel y dolorosa. Pero yo sabía que aquella pieza era carne para muchos días, que mi padre y mi hermano mayor lo hacían por una necesidad perentoria de alimento; en una época donde años tan duros como aquel dejaban a lo que era entonces un pueblo, incomunicado y sin suministros. Es bosque, querido nieto, nos dio la vida. Gracias a él sobrevivimos. El mismo bosque que tu generación ha destruido y convertido en un erial”.
    Mi abuelo murió una mañana de primavera en la misma casa donde nació y donde nacieron sus antepasados. Cuando entré en su habitación, su cuerpo yacía inerte en la mecedora junto a la ventana iluminado por un tímido rayo de sol vespertino mientras los gorriones seguían picoteando las migas de pan que puntualmente él les echaba todas las mañana. Yo era un niño de ocho años y, lo que más me sorprendió no fue ver a mi abuelo yaciendo como dormido; sino la indiferencia de los gorriones ante el final de una vida.

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