viernes, 29 de marzo de 2013

CONVERSACIONES CON SENIA (VI) La noche y los sueños


-Vuelve la noche, Julio.
   -Si, regresa otra vez.
    -Yo amo la noche. ¿Y tú?
    -Lo ha sido casi todo para mí. Es un reino de silencio. Vacío que he podido llenar con sonidos y palabras como las que ahora escribo.
    -No te veo escribir.
    -Es cierto. Estoy hablando contigo.
    -¿La noche ha sido para ti un elemento de inspiración?
    -No en si misma. Ha sido y es un lugar en el que parece imposible que nadie pueda quebrantar la soledad buscada. Tú de eso sabes mucho, Senia. Aquí sola siempre, al atardecer, junto al río. A veces me pregunto cómo serás a la luz del día.
    -¿Y tú? ¿Cómo eres a la luz del día?
    -Mejor que no te lo explique.
    -¿Por qué?
    -Las sombras de la noche siempre favorecen los rostros quebrados por los años.
    -Venga, hombre. Lo dices para que salga de mi boca algún cumplido. Cualquiera diría que eres un anciano.
    -No, no lo soy. Ni pongo demasiado empeño en llegar a esa etapa. Pero, gracias a la noche, y debido a mi hábito de arrancar horas al sueño, durmiendo una media de tres o cuatro horas diarias, siendo generoso en el cálculo, tengo que añadir un buen puñado de años más a los reales.
    -¿No te gusta dormir, Julio?
    -Dormir siempre me ha parecido un ensayo de la muerte; y a mi la muerte, aunque no me preocupa en exceso, tampoco me resulta excesivamente atractiva.
   -Pero, cuando duermes, puedes soñar.
    -Prefiero soñar despierto, Senia. Así sueño lo que me da la gana, y no lo que impone el subconsciente.
    -Yo siempre he tenido sueños dulces.
    -A veces también me ha pasado. Pero en un porcentaje muy pequeño. La mayoría de mis sueños han sido terribles pesadillas.
    -Tienes un subconsciente tétrico y turbulento.
    -No lo sé. Tendría que visitar a Freud y a Jung. Pero creo que eso ya no va a ser posible.
    -Sutil ironía. Entonces, cuando llegue la hora de morir vas a estar muy mal preparado.  Porque, si el sueño es un ensayo como tú dices, has ensayado muy poco.
    -Si, muy poco. ¿No  te animas a contarme uno de esos sueños dulces que tienes, Senia?
    -¿Y tú, una de tus pesadillas?
    -Mejor no.
    -¿Qué te pasa, Julio? Por un momento tu cara se ha ensombrecido.
    -Al final  somos todos tan iguales. Con nuestros miedos, nuestras alegrías, nuestras frustraciones, nuestras esperanza.
    -Si. Eso ya es sabido.
    -Entonces ¿por qué hemos establecido tantas diferencias? ¿Por qué ese abismo entre unos y otros?
    -Duerme más, Julio. Dormir también es olvidar, no pensar, evadirse, hibernar la incertidumbre.
    -¿Cómo encontrar la palabra precisa, Senia? ¿Cómo encontrar la melodía exacta?
    -¿Para qué?
    -Para que todo cambie. Para mover al mundo y a los humanos de su cerrazón, su vanidad, su soberbia.
    -Siento desilusionarte, Julio; pero no creo que exista esa palabra, ni esa melodía. Nadie puede cambiar siglos de crueldad hacia lo indefensos, hacia los vulnerables.
    -¿Por qué el arte? Es tan ambiguo todo. La misma mano que escribe bellas palabras, puede matar. La misma voz que canta hermosas melodías, puede herir y cambiar el destino de millones de seres humanos.
    -No tienes un buen día, Julio.
    -Existen los días buenos cuando vives en un mundo que no te gusta, cuando en tu recuerdo habitan las miradas de niños hambrientos y desvalidos; las miradas de ancianos perdidas ante la caída de todo lo que construyeron su sueños de juventud.
    -La primavera está aquí una vez más. Tú pareces no haber salido aún del invierno.
    -Hay gentes, Senia, que no saben lo que es la primavera; y nunca lo sabrán.
    -Tienes que dormir, Julio. Eso es. Apóyate en mi hombro. Así. Descansa.

FOTO DE JULIO MARIÑAS

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