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RELATOS ROTOS - IV - EL DESCONOCIDO

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    Llegó una fría mañana de otoño quebrando con su paso lento y cansado algunas de las hojas secas del camino. Las gentes lo miraban extrañadas y hacían el silencio a su paso. Entró en el bar de Natalia con gesto inexpresivo y la boca entreabierta -apenas perceptible a causa de la poblada barba- por un cansancio acumulado durante años.     -¿Qué va a tomar?     -No tengo dinero –su voz sonó hueca y rasgada, susurrante.     -Pues empezamos bien.     -Yo te pago lo que tome –dijo un anciano enjuto sin levantar la vista del vaso de vino; como si en el rojo líquido residiera el misterio de la vida aún sin resolver.     - Estás muy generoso hoy, Anselmo.     Ya has oído, forastero.     -Un bocadillo de lo que sea y un café con leche bien caliente.     -¿Queso?     -Queso está bien.     Aunque la primera impresió...

RELATOS ROTOS - III - PARA CUANDO LLEGUE EL INVIERNO

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    Estaban sentados en aquel cuarto oscuro, tétrico a pesar de la luz de estío que entraba por la ventana iluminando parte de la habitación. ¿Has acabado los deberes? Pregunta sin dejar de calcetar. No, aún no. ¿Entonces qué haces leyendo ese libro? Es el que me regaló papá. Déjame ver. Tu padre no entiende que sólo tienes diez años. Entonces, Raúl calla. Sabe que comienza el largo parlamento de su madre. Esa señora de no más de cuarenta años con el pelo entrecanado recogido en un moño, prematuramente envejecida. Ahora luce el sol ahí fuera, Raúl. Pero no será por mucho tiempo. Siempre llega el otoño, y después el invierno; y, para cuando llegue el invierno, uno debe estar preparado. Raúl escucha con resignación las lentas y sentenciosas palabras de su madre, deseando que acabe para poder volver a la lectura. Ahí llega tu padre. Pedro, pequeño pero corpulento, entra con una sonrisa y da una palmada en la espalda de Raúl. Sin darle tiempo a saludar, Clara lo increpa con...

RELATOS ROTOS - II - RITMOS PERSISTENTES

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    Los amantes están sentados en el banco del parque, la cabeza del amante en el pecho de la amada escucha los latidos del corazón. Mientras la ternura envuelve a los jóvenes enamorados, hay otros ritmos persistentes que agreden el oído en habitaciones de hospital, porque son de corazones ya gastados, ahí, en el final, cuando todo está decidido; aunque insultante la calle sigue bullendo de sueños, ilusiones e intensidad; ajenos los viandantes a los dramas gestados en cuartos asépticos. Todo está mucho más cercano de lo que imaginamos. Fluye el tiempo en el reloj de pared, sonoro tic-tac quebrador del silencio y la oscuridad de los hogares vacíos, abandonados por sus habitantes aún a su pesar, rumbo a esperanzas hospitalarias, cuando la vida ya no es tan nuestra y late en las manos de otros. Siguen habitando en su paz los amantes del parque aprovechando el sol de primavera. Ha sus oídos llega el persistente ritmo del redoble de un tambor, seco, expeditivo, dando paso a ...

RELATOS ROTOS - I -LA ANCIANA Y LOS ÁNGULOS

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    La veo encorvada sentada en la vieja silla de madera cercana a la ventana; la mirada perdida de esos ojos lánguidos y ojerosos parece viajar en el tiempo a otros lugares. Los niños que juegan en la calle la observan con extrañeza. Sus mentes tempranas no vislumbran más allá cuando ven una anciana junto a la ventana. Pero todos hemos sido jóvenes alguna vez. Ella también. En la solitaria habitación donde pasa las horas, los ángulos oscuros se han roto convirtiendo sus vértices en abismos sin final en los que giran las eternas preguntas sin respuesta. ¿Por qué existimos? ¿Quiénes somos? ¿Tiene algún sentido la vida? La toquilla sobre los hombros apenas es un leve abrigo para el frío que dan los tiempos de ausencia sobre el cuerpo gastado. Y las manos castigadas por la artritis son aberrantes cubiertas de lo que fueron los delicados dedos de juventud con los que sentía el tacto de la fresca hierba en los prados de antaño. Han pasado tantos años. Aquella anciana se fue ...

DE OTROS VERANOS

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    Son las doce del mediodía y regreso de la playa. Me gusta ir muy temprano, cuando la arena es una gran extensión sin manchas de veraneantes. Mientras conduzco, suena Hotel, dulce hotel de Joaquín Sabina, lo que me retrotrae más de un cuarto de siglo hacia atrás en el tiempo. Cazador furtivo intentando seducir el azar que me llevase hacia aquellas habitaciones tan anónimas, modestas en sus prestaciones, pero desde las que sí era posible ver romper las olas contra el malecón besando una nuca. Hoy, en mi memoria, esos cuartos siempre aparecen solitarios, antiguos en su poco mobiliario. Pero en aquellos tiempos eran radiantes porque la juventud lo iluminaba todo. No obstante, mientras el aire cálido que entra por la ventanilla del coche me envuelve en los recuerdos trayendo aromas de juventud, siento que soy afortunado por haber logrado no caer en la trampa de esos amores domésticos con muebles de skay y poder seguir albergando la llama del deseo. Los humanos tenemos la...

EL ARTE, LA SOCIEDAD Y EL YO

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    Como en un carnaval hipócrita y falaz, la sociedad se estructura cada vez más compartimentada en modelos definidos de ideologías, de grupos, de movimientos. El individuo, consciente o inconscientemente, busca su grupo. Aquel que le va a ratificar más en sus ideas preconcebidas o aquel que está más acorde con sus intereses. Así, los supuestos líderes, no tienen más que mover los hilos y, los unos y los otros y los de más allá, bailan la canción del desconcierto. Pero ¿dónde queda El Yo? Si algo me han enseñado los años, es que no todo es blanco o negro, derecho o izquierdo, grande o pequeño. Porque entre cada extremo hay un intermedio, y entre ese intermedio y cada extremo hay otros intermedios; así hasta el infinito. La gran mentira es el rebaño homogéneo  que sólo favorece los intereses de unos pocos. Hay tantas ideologías como seres humanos. ¿Por qué intentar fusionarlas? Al abrigo de ideas de consolidación, sectarias, de grupo; se va conformando una sociedad into...

EL ÚLTIMO ALIENTO (EN LA NOCHE - XI)

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    A cualquier hora, en cualquier lugar, inesperadamente, con sutileza, tal vez con brusquedad, bajo la noche sin luna, cuando el sol esté brillando, al abrigo del lecho, en el bullicio de la urbe, frente al mar de los sueños, descendiendo las cumbres del desencanto, ascendiendo por senderos mágicos; de un modo u otro, llegará. Posará su firme y huesuda mano sobre mí y, al hacerlo, todo lo vivido se disipará envuelto en la bruma del último ocaso. Quedarán mis escritos hieráticos y mudos sobre los anaqueles, solemnes los pentagramas con mi música guardarán respetuoso silencio. Y libros a medio leer esperarán en vano mi mano ansiosa sobre sus páginas. Encapuchada con su negro sayal invadirá mi yo sin compasión. El filo de su guadaña brillará amenazante disuadiendo de cualquier esperanza. Y la clepsidra que contaba mis días quedará sin el líquido elemento. Todo lo que creí mío se dispersará en otras manos, otros ojos, otros sueños; o simplemente sufrirá mi ausencia involuntari...