miércoles, 2 de julio de 2014

RELATOS ROTOS - III - PARA CUANDO LLEGUE EL INVIERNO

    Estaban sentados en aquel cuarto oscuro, tétrico a pesar de la luz de estío que entraba por la ventana iluminando parte de la habitación. ¿Has acabado los deberes? Pregunta sin dejar de calcetar. No, aún no. ¿Entonces qué haces leyendo ese libro? Es el que me regaló papá. Déjame ver. Tu padre no entiende que sólo tienes diez años. Entonces, Raúl calla. Sabe que comienza el largo parlamento de su madre. Esa señora de no más de cuarenta años con el pelo entrecanado recogido en un moño, prematuramente envejecida. Ahora luce el sol ahí fuera, Raúl. Pero no será por mucho tiempo. Siempre llega el otoño, y después el invierno; y, para cuando llegue el invierno, uno debe estar preparado. Raúl escucha con resignación las lentas y sentenciosas palabras de su madre, deseando que acabe para poder volver a la lectura. Ahí llega tu padre. Pedro, pequeño pero corpulento, entra con una sonrisa y da una palmada en la espalda de Raúl. Sin darle tiempo a saludar, Clara lo increpa con irónica suavidad. El niño no ha acabado los deberes y ya está leyendo ese libro que le regalaste. Bueno, Clara, hay mucho verano… Menos de lo que parece. Dejas tu silla y nos acercamos a la playa. Ni lo sueñes. Tengo que acabar este jersey antes de que llegue el invierno. Tu madre siempre igual. Así que ya has empezado a leer el libro que te regalé. ¿Qué tal? Sólo llevo veinte páginas. Me gusta, porque es bonito pensar en un lugar donde nunca llega el invierno y siempre hace buen tiempo. ¿Puede existir un lugar así? ¡Cómo va a existir un lugar así, hijo! En vez de leer fantasías deberías procurar estudiar lo que te mandan en el colegio. Será mejor que vayas con tus tíos a la playa. Está claro que tu madre no está de humor para salir. Vale, adiós. Raúl besa a sus padres y se va camino de la casa de sus primos que está a pocos metros de la suya. Cuando el niño abandona la habitación, el ambiente se hace más denso todavía. Pedro, de pie a escasos metros de Clara, cruza su mirada con la de ella. Siempre llega el invierno, Pedro. Tú más que nadie deberías de saberlo. No sé por qué le metes al niño ilusiones baldías en la cabeza. Tal vez porque yo aún creo que es posible vivir en una eterna primavera. Responde Pedro sin demasiada convicción. Siempre has sido un soñador. Mírate. ¿Qué eres? Un poeta fracasado. Lo que más me duele, Clara, es haber fracasado con esta relación que un día fue hermosa. ¿Fue hermosa? No lo recuerdo, querido esposo. Nosotros ya no tenemos solución. Tú ya no tienes remedio. Pero no conviertas a nuestro hijo en un iluso soñador como su padre. Pedro deja la habitación cabizbajo, aunque se detiene en el umbral de la puerta ante las últimas palabras de Clara. ¿Lo recuerdas, Pedro? La mirada de la mujer es dura y cruel. ¿Qué tengo que recordar? Que siempre hay que estar preparado para cuando llegue el invierno.


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