martes, 1 de julio de 2014

RELATOS ROTOS - II - RITMOS PERSISTENTES

    Los amantes están sentados en el banco del parque, la cabeza del amante en el pecho de la amada escucha los latidos del corazón. Mientras la ternura envuelve a los jóvenes enamorados, hay otros ritmos persistentes que agreden el oído en habitaciones de hospital, porque son de corazones ya gastados, ahí, en el final, cuando todo está decidido; aunque insultante la calle sigue bullendo de sueños, ilusiones e intensidad; ajenos los viandantes a los dramas gestados en cuartos asépticos. Todo está mucho más cercano de lo que imaginamos. Fluye el tiempo en el reloj de pared, sonoro tic-tac quebrador del silencio y la oscuridad de los hogares vacíos, abandonados por sus habitantes aún a su pesar, rumbo a esperanzas hospitalarias, cuando la vida ya no es tan nuestra y late en las manos de otros. Siguen habitando en su paz los amantes del parque aprovechando el sol de primavera. Ha sus oídos llega el persistente ritmo del redoble de un tambor, seco, expeditivo, dando paso a la marcha fúnebre que ambienta la procesión, negras vestimentas detrás del féretro. Ya todo se ha consumado. Los pájaros insultantes cantan en las ramas de los árboles que alivian con su sombra el discurrir de los asistentes al paso del ataúd. Los amantes abandonan el parque y se dirigen al malecón cercano. Bate el mar con suavidad en las pétreas escaleras vestidas de algas, verde tupido, rítmica espuma con aromas de libertad. Los golpes acompasados de unos remos distraen a los jóvenes de sus besos. Ahora es el tiempo. Pero un día ese mar será gris, llegarán las tormentas. No muy lejos, las palas de los enterradores cierran la tapa del nicho con mecánica indiferencia. Una historia termina. El cielo ha comenzado a oscurecerse con unas nubes amenazantes. La lluvia apenas esbozada es suficiente para que una gota rítmica y persistente comience a caer sobre un libro abierto olvidado por algún asistente al sepelio, o por algún amante despechado, o por el mismo destino, para que sus hojas acaben empapándose del triste paso de los días cautivos por los ritmos incesantes de la vida. De la vida, y la muerte.        


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