sábado, 14 de junio de 2014

DE OTROS VERANOS

    Son las doce del mediodía y regreso de la playa. Me gusta ir muy temprano, cuando la arena es una gran extensión sin manchas de veraneantes. Mientras conduzco, suena Hotel, dulce hotel de Joaquín Sabina, lo que me retrotrae más de un cuarto de siglo hacia atrás en el tiempo. Cazador furtivo intentando seducir el azar que me llevase hacia aquellas habitaciones tan anónimas, modestas en sus prestaciones, pero desde las que sí era posible ver romper las olas contra el malecón besando una nuca. Hoy, en mi memoria, esos cuartos siempre aparecen solitarios, antiguos en su poco mobiliario. Pero en aquellos tiempos eran radiantes porque la juventud lo iluminaba todo. No obstante, mientras el aire cálido que entra por la ventanilla del coche me envuelve en los recuerdos trayendo aromas de juventud, siento que soy afortunado por haber logrado no caer en la trampa de esos amores domésticos con muebles de skay y poder seguir albergando la llama del deseo. Los humanos tenemos la insana costumbre de convertirnos en un espejismo de todo aquello que la juventud nos brindó o, en el peor de los casos, pretender seguir siendo aquellos jóvenes intrépidos y sólo logrando una caricatura de los tiempos de esplendor. ¿Dónde habita el ser humano? Tal vez en un hogar consolidado y rutinario. Acaso en un tiempo pasado que intenta recuperar de forma ridícula y bochornosa. Probablemente los humanos habitamos en todos aquellos lugares donde hemos ido dejando trozos de corazón. Conduzco lentamente y una sensación de bienestar me hace volar a otros tiempos. Siento que he vivido, que cada instante que ahora disfruto está formado por cada instante de aquellas vivencias. Saboreo el paseo en coche de regreso a casa ajeno al tráfico, al mundo triste por banalidades, al mundo indiferente ante dramas humanos. Pero nada importa en esta mañana de sábado cálida y amable. Sólo que aún estoy, que sobreviví a las pasiones arrebatadoras, a las noches en vela anhelando amores imposibles, a los amores consumados de se extinguieron. Y ahora, con la tranquilidad que da haber vivido, recuerdo todo aquello con una leve sonrisa de satisfacción y de serenidad. Puedo hacerlo porque aún me sigue quemando esa llama cada vez que te veo. Y la vida es para mí en esta mañana de junio, una habitación serena que siempre, siempre, mira la inmensidad de un mar aún repleto de sueños.

FOTO DE JULIO MARIÑAS

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