jueves, 5 de junio de 2014

EL ARTE, LA SOCIEDAD Y EL YO

    Como en un carnaval hipócrita y falaz, la sociedad se estructura cada vez más compartimentada en modelos definidos de ideologías, de grupos, de movimientos. El individuo, consciente o inconscientemente, busca su grupo. Aquel que le va a ratificar más en sus ideas preconcebidas o aquel que está más acorde con sus intereses. Así, los supuestos líderes, no tienen más que mover los hilos y, los unos y los otros y los de más allá, bailan la canción del desconcierto. Pero ¿dónde queda El Yo? Si algo me han enseñado los años, es que no todo es blanco o negro, derecho o izquierdo, grande o pequeño. Porque entre cada extremo hay un intermedio, y entre ese intermedio y cada extremo hay otros intermedios; así hasta el infinito. La gran mentira es el rebaño homogéneo  que sólo favorece los intereses de unos pocos. Hay tantas ideologías como seres humanos. ¿Por qué intentar fusionarlas? Al abrigo de ideas de consolidación, sectarias, de grupo; se va conformando una sociedad intolerante; cuando cada sector cree poseer la verdad por encima de los intereses de quien no piensa como ellos; incluso en ocasiones a lo largo de la historia de la humanidad, por encima de la vida de quien no piensa como ellos. Si existe la más remota solución, esa reside en una sobredosis de cultura. Pero no una cultura academicista; una cultura vivencial, filosófica. Al individuo no hay que enseñarle datos o normas; hay que enseñarle a pensar. Un pensamiento desde su punto de vista y otro desde la proyección de su punto de vista en los demás. Una gran mayoría de la sociedad se ha convertido en una gran masa de seres que, sea cual sea su edad, parecen haberse quedado en una pubertad mental; como aquella edad en la que buscaban un grupo o pandilla para reafirmarse en su rebeldía y encontrar protección. La realidad es que, eso está muy bien a los quince años. Pero, cuando los mayores adoptan esa actitud, dan muestras de una patética debilidad mental. Y mientras los medios nutren su programación dando protagonismo a los políticos, los detesten o los amen, y de ese modo encumbrándolos y convirtiéndolos en lo único importante;  ya nadie habla de los poetas, los compositores, los pintores, los escritores. Es posible escuchar la frase de un dirigente político cuarenta veces repetida en pocos días; pero es imposible escuchar los versos o las frases de un genial poeta o escritor. ¿Está sucediendo o es una pesadilla? Me parece bien que hablen ustedes de como los políticos ahogan la cultura. Pero, si quieren hacer algo, empiecen por programar en sus televisiones conciertos, debates literarios, documentales de historia y arte, etc. ¿Quién ahoga la cultura? ¿No seremos todos? “Aquel que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. La cultura se ahoga si los ciudadanos no tienen acceso a ella. Y, lo queramos o no, la televisión sigue siendo el medio más influyente para llevar al ciudadano la cultura. Al abrigo de “Todo es política”, se nos ha llenado el plasma con la cara de siempre los mismo. Los que nos gobiernan, los que nos gobernaron y los que nos gobernarán. Además de la cara de todos los difundidores de opinión de diverso signo que se han convertido en los grandes abanderados de las diferentes corrientes. Sería conveniente empezar a poner la cara y los cuadros de Picasso o Dalí, la música de Verdi o Mozart, las trayectorias literarias de Valle-Inclán o Cortazar, etc. Sin olvidar a los posibles genios actuales. Entonces si podríamos empezar a quejarnos del daño, que es real, causado a la cultura. Porque, ahora, la cultura en la televisión se reduce a un porcentaje ínfimo; y en muchas cadenas inexistente. La historia de la humanidad no sólo es la historia de los conflictos bélicos, que también, es la historia de los grandes genios que son los verdaderos artífices de la diferencia entre un simple homínido y ellos. Sólo un conocimiento amplio del ser humano puede darnos una perspectiva propia. Y, con ella, la capacidad de dilucidar lo que queremos o no. El ser humano vive afincado en un miedo irracional e inconsciente a todo aquello que escapa a las doctrinas impuestas por las diferentes corrientes de opinión. Pero hay algo más. No todo es blanco y negro. La vida está llena de matices que convierten al ser humano en un complejo laberinto. Querer reducir todo en grupos estancos, no hace más que alentar el desprecio, la intolerancia y el odio a lo diferente. Al tiempo que provoca en el propio individuo la frustración de no sentirse único. Cuando es todo lo contrario. Esto cobra máxima fuerza y dramatismo en las relaciones sentimentales, que la ignorancia e inmadurez en muchos casos hace que acaben siendo una situación de querer imponer al otro nuestras convicciones y costumbres. Cuando es todo lo contrario. Soy único. Por eso tengo la capacidad de saber con claridad que te amo. Eres única. Por eso tengo la capacidad de amarte como eres. Todo lo demás vuelve a ser, al igual que en el caso de las relaciones sociales, una lucha fruto de la ignorancia en vez de una pasión fruto de las diferentes identidades de los amantes. Nos han engañado, nos siguen engañando. Sólo el conocimiento de nosotros mismos nos puede dar la libertad. Por eso, ¿qué estamos legando a nuestros niños y jóvenes cuando la televisión es en muchos casos una pira donde se prepara la hoguera para ajusticiar con la palabra a unos y a otros? El panorama actual no dista en exceso del de hace cientos de años, cuando en la Edad Media el reo recorría las empedradas calles mientras era vejado y agredido por la plebe, para después ser quemado en la plaza pública para regocijo de una masa enardecida ansiosa de sangre. Sólo que ahora se hace con mucha más sutileza, con hipócrita elegancia. Antes era “Mando yo y viviréis arrodillados”. Ahora es “Mandamos nosotros y vosotros sois muy libres mientras hagáis, digáis y penséis como el sistema instaurado a nivel global sugiere y dicta”. De todo esto, por lo que a mí me toca, lo más sangrante y patético es la silente condena al ostracismo que sufrimos los que nos dedicamos al arte como forma de vida. Es cierto que la quema de libros ya no se practica. No es necesaria. Con hacer que la banalidad y lo superfluo triunfe por encima de lo profundo y hermoso, ya es suficiente. Porque la escritura y la música que invita a pensar no interesa a todos aquellos que siguen queriendo ver en los pueblos, masas de gentes ignorantes y adoctrinadas. Pero no es cierto. Hasta en las personas con menos recursos, late un afán por saber, por querer encontrarse a sí mismos. Mientras todo un sistema siga alentando a los grandes embaucadores con su constante publicidad, seguiremos generando seres sin criterio, movidos tan solo por el desprecio hacia los otros que no comulgan con sus ideas. Los que tenemos cierta edad y poco que perder, ya no nos dejamos subyugar con los cantos de sirena. Pero las generaciones venideras, encargadas de continuar sosteniendo esta sociedad ficticia ¿qué referencias tendrán para sus acciones? Cuando observo al niño que fui, cuando recuerdo al joven que vivió en mí, cada vez siento más serenidad y orgullo, porque, en memoria de ellos, no me he dejado sobornar por la mentira de un mundo ensoberbecido y mediocre. Mi experiencia me ha llevado a creer siempre en el individuo como ente único; jamás en el individuo social. Este último, siempre acaba envuelto en un afán de protagonismo patético y agresivo, que le lleva a crear sociedades como la actual. Menos mal que nos queda el arte. No sólo el creado por el hombre, también el de la naturaleza, que no cuesta dinero ni está grabado con impuestos. Contemplar las estrellas y el mar mientras sentimos lo diminutos e insignificantes que somos a pesar de nuestros penosos afanes de grandeza, es una cura de humildad. Todo pasará, y al final quedará la esencia de lo que aportamos a un mundo que podía ser bello, si la vanidad humana no lo emponzoñase cada día con su veneno de altivez y soberbia. Pasaran las épocas. Pero los versos del poeta seguirán cantando para la eternidad sobre las cenizas de sus imperios. Porque sólo aquello que eleva al hombre a las esferas permanece para siempre en el corazón de todas las almas y los sueños.

FOTO DE JULIO MARIÑAS

4 comentarios:

  1. efectivamente Julio coincido contigo, el individuo ha perdido su yo en aras de una colectividad amorfa sin sentido, de igual manera la cultura la hemos sumergido en las aguas del olvido vanagloriando en su lugar un culto a la frívola existencia cotidiana donde la política, la economía y la belleza superflua son el pan nuestro de cada dia

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  2. Julio Mariñas pregunta: " Hay tantas ideologías como seres humanos. ¿Por qué intentar fusionarlas?"
    Porque el conocimiento implica necesariamente clasificación, si no pudiéramos clasificar y agrupar, entonces un burro y una burra serían lo mismo cuando la diferencia es muy grande.
    Si no pudiéramos clasificar y agrupar, entonces el yo y el otro serían lo mismo, haciendo que uno de los dos salga sobrando.

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    1. Considero que es la individualidad la que dota al individuo de una perspectiva propia e intransferible. Lejos de la fusión, es el desapego a esas ideologías a favor de esa propia individualidad lo que considero que hará variadas, abiertas y tolerantes dichas ideologías.
      En lo que respecta a la taxonomía, sin bien es cierto que es posible considerarlo primordial para contextualizar y ubicar los diferentes aspectos físicos y psicológicos que atañen al conocimiento; es un método que puede conducir también al equívoco estableciendo el pensamiento exacto en un área determinada atendiendo a las circunstancias que atañen sólo a nuestra perspectiva o perspectivas del grupo que realice dicha clasificación.
      En el ejemplo aportado al comentario en cuanto a los dos géneros de una misma especie animal, si bien es cierta dicha diferenciación; tampoco es menos cierto que dentro de esa clasificación inicial cabría situar, sino a cada extremo de lo mencionado, si en diversas vertientes, el híbrido ejemplar que da lugar a la mula (resultado de la yegua y el burro) o también burdégano (híbrido resultante de caballo y burra) De ahí que esa gran diferencia entre un burro y una burra, taxonómicamente hablando, comenzaría a no ser tanta, o por el contrario a afirmarse como muy grande, ante las variantes intermedias o bifurcativas que se establecen con estos cruces. Ante la objeción que dichos cruces pudiesen ser no naturales o manipulados por el homo sapiens, cabe decir que, si bien eso puede ser un hecho, tampoco debemos descartar como hecho posible los mencionados cruces en estado natural por fruto del azar más caprichoso.
      Para finalizar, como en todo proceso intelectual, toda clasificación tiende a desarrollarse y adquirir diversos tintes y enlaces que hacen del saber un área rica y variada. Sirva de ejemplo concreto los profundos cambios que ha sufrido y sufre el estudio llevado a cabo por los paleoantropólogos con relación a la evolución humana, nuestros orígenes y las diversas ramas generadas por el género homo, que ha ido descartando o añadiendo antecesores del homo sapiens a medida que los diversos estudios de campo y laboratorio han ido disponiendo de más medios y han tenido a su alcance nuevos descubrimientos fósiles.
      No obstante, considero que el yo y el otro como concepto preestablecido en las diferentes corrientes filosóficas a lo largo de la historia tiene, como todo, un abanico muy amplio de consideraciones. Dicho lo cual, siempre el ser humano, como en el caso de estas líneas que escribo, siempre es juez y parte del mundo en el que vive y al cual analiza; así, mi opinión o cualquier otra acaba convirtiéndose en algo relativo y no del todo veraz; al estar emitida desde un punto de vista concreto, ese yo que es indisoluble de mi intelecto.
      La igualdad absoluta no debería implicar el descarte de una de las partes, sino dar lugar a una nueva parte diferente en el que dos esencias iguales se unirían para potenciar una nueva esencia. Aunque considero que, el no ser clasificable no implica necesariamente igualdad.
      Dicho todo esto en contestación a la pregunta, considero que lo expuesto por mí en la parte del artículo que puede dar lugar a estas reflexiones, no sugiere una fusión ni rechaza los diversos conceptos clasificatorios. Simplemente intenta la reflexión de por qué la sociedad tiende al estancamiento petrificando conceptos establecidos, excluyendo todo aquello que considera no se ciñe a las premisas esenciales del pensamiento de un grupo o corriente determinado.
      Pienso, finalmente, que en la variedad y el eclecticismo está la riqueza del ser humano. Y, a nuestro pesar o no, somos todos muy diferentes y a la vez muy iguales en una eterna contradicción que es esencia profunda en el ser humano y, con probabilidad, la base de un mundo poliédrico y en continuo movimiento.

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