sábado, 26 de abril de 2014

ENTRE LA LUZ Y SOMBRA DE LOS DÍAS - CAPITULO III - BEN WEBSTER

     Camina las calles húmedas, densas en su sobriedad. Su paso, ralentizado por la pesadumbre de la evidencia, desacompasado, apenas sostiene su cuerpo encorvado. Busca el pequeño bar. Aquel donde solían pasar las veladas el grupo de amigos. Allí la vio por primera vez. Sonaba el saxo tenor de Ben Webster, aterciopelado, moribundo, profundo, envolvente, dulce, embriagador, candente, experimentado, solitario; el humo de los cigarros se entrelazaba y ascendía hacia el techo del pequeño local. Fuera, los gatos hurgaban en las basuras y algún mendigo tambaleaba su pena por los oscuros callejones del barrio antiguo. Y Webster era la melodía hecha pasión y desencanto. Pero entonces él era un joven apenas sin espejos; tan solo aquellos que hablaban de otros paraísos y sensaciones. Ella tomaba algo en la marmórea barra. Con un sutil movimiento de muñeca llevó el vaso a los delicados y perfilados labios para beber. Así la vio por primera vez, mientras el saxo tenor de Ben daba al aire melodías de ensueño. Bella imagen que se da sólo una vez en la vida, como si la perfección romántica de verdad existiera; música de jazz, atmósfera nocturna y belleza animal femenina; todo en uno, envidia de cualquier genial director cinematográfico. La vida a veces, sólo a veces, supera a la más hermosa historia que la imaginación pueda crear. Pero la fugacidad es hermana de sangre de la existencia, y ahora, él camina ausente por las solitarias calles en busca de aquel viejo local. Mientras la lluvia se adueña más de la ciudad, por fin consigue llegar al estrecho callejón. En el umbral del angosto sendero urbano, aún hay gatos hurgando en la basura que se asustan al ver la delgada silueta de hombre y huyen profanando el silencio con ruido de metálicas tapas recostadas en el adoquinado suelo. Un mendigo despierta de su etílico sueño y lo mira contrariado. Saca de su roído abrigo un pequeño transistor y mueve el dial ansioso. Suena Ben Webster nuevamente, como entonces, sólo que mucho más lejano. El perseguidor de sueños alza la vista del mendigo y observa la fachada del viejo local ruinosa e hiriente. Nunca está tan cerca el hombre de la muerte, como cuando intenta regresar al pasado de antiguos esplendores. Una mueca siniestra parece lanzar la desvencijada puerta. Frasea Ben Webster en el aire húmedo y tedioso de la tarde. Empuja la puerta y ante él se abren los restos del local; tapiz de polvo sobre las sillas, las mesas; la marmórea barra ya no brilla, semeja un sepulcro olvidado. Se recrimina a sí mismo el haber buscado la lobreguez del desencanto, la hiriente imagen de la evidente huella del tiempo sobre los días. El saxo tenor de Webster resuena en su mente y parece invadir con su calma profunda todo el local. Hay lágrimas que nos debemos a nosotros mismos. Sólo así podemos, de algún modo, sobrellevar la angustia de la ausencia que se agarra a nuestro pecho desgarrando el infinito aroma de lo amado. Camina hacia atrás, como temiendo dar la espalda a tanta historia. Entonces la evoca mirando con sus ojos almendra de reojo hacia él y esbozando una leve sonrisa. Era el principio de todo. Después la vida sería como aquella melodía que arropó su primer encuentro, ese decir del saxo de Ben Webster, siempre sereno desembocando en el aliento, impulsando cada nota de su melodía con el nudo de las penas que habitaban en su garganta. Cuando sale del local, el mendigo lo ignora y los gatos han vuelto a hurgar en la basura, ausentes a su dolor y a todo lo que late en el callejón olvidado. Sigue lloviendo sobre la ciudad. Tiene las ropas empapadas. La metrópolis bulle estruendosa, sus luces y el trasiego de gentes y vehículos son un insulto a su soledad, a la esencia más pura del hombre. Ignorado en su condición de haber vivido, cabizbajo siente la cruel condena de saber que los fantasmas de los tiempos felices jamás dejan de vagar por los rincones del alma. Así, la vida sigue en su insulsa farsa de vanidad y soberbia, mientras él calla su pena en la lluviosa tarde de un otoño ya vencido.



FOTO JULIO MARIÑAS

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