martes, 29 de abril de 2014

ENTRE LA LUZ Y LA SOMBRA DE LOS DÍAS - CAPÍTULO V - LAS HORAS QUIETAS

    Tic, tac, tic, tac. El péndulo inflexible oscila protegido por la caja del reloj de pie. “Hace tiempo que debería haberme desecho de ese artefacto”. Piensa en la oscuridad del cuarto, aún vestido sobre la cama sin deshacer. La nocturnidad siempre ha sido cobijo de la reflexión. Una caverna dio a Platón muchas de las claves de su filosofía. ¿Es la oscuridad el hábitat natural del hombre pensante? Probablemente fue al abrigo de las cuevas donde el homo primitivo, alrededor del fuego, comenzó a hacer volar la imaginación y reflexionar sobre lo divino y lo humano. Manchas negras y ocres en perdidos rincones de olvidadas grutas; uros y otros animales plasmados por nuestros ancestros para exorcizar sus fantasmas, para propiciar la caza. Pensamiento en el futuro. Inicio de la conformación de un pensamiento dependiente del porvenir, tendente al olvido del presente, nostálgico del pasado. Siempre ha dormido muy poco. Sus pensamientos se debaten implacables entre la razón más pura y los sentimientos más profundos. Siente haber vivido dos vidas, la habitual y una nocturna, interior, personal e intransferible, tal vez con grandes dosis de egoísmo, o no. Todo es susceptible de interpretación. Pero ¿quién puede determinar el límite entre lo normal y lo patológico? Envejecimiento, oxidación celular irreversible. La mente permanece joven, pero el cuerpo se deteriora sin remisión. Necesidad de antagónicos. Sin la finitud no existiría su concepto antagónico. “La eternidad es el consuelo de los hombres” Piensa y siente el frío del vacío que impone la soledad. Un día todo acabó. En otros tiempos, parecía que la felicidad no tenía fin. Engañándose a sí mismo, construyó los sueños más dispares. Nunca está el hombre más cerca de esa eternidad como cuando liba el néctar de la pasión. Pero ahora ella ya no está. Intenta recordar en qué momento la perdió. Los recuerdos se confunden. A fuerza de pensar, evoca cosas que probablemente nunca fueron del modo en que se presentan en sus pensamientos, y ha olvidado o desfigurado a fuerza de rememorarlas, otras muchas que pasaron. El pensamiento es indomable. Al final, el dolor es personal e intransferible. Nadie puede ayudarnos ante nuestros dramas personales. Él lo sabe. Lo supo desde muy joven. Sólo le queda el consuelo de haber vivido. “No todos pueden decirlo”. Piensa mientras intenta que el sueño le venza. El sueño y él siempre han sido enemigos. Las personas amigas del sueño siempre le han parecido unos afortunados. Para ser amigo del sueño, hay que ser enemigo de la vigilia. Entiende el sueño como ensayo diario que los hombres hacen a fin de prepararse para el sueño eterno. Siempre ha considerado que no necesita ensayar. Prefiere entrar en el mundo de los muertos lo más puro posible en cuanto a su experiencia de yacer en el lecho. “Menos mal que mi sobrina me ha secado” “No me apetece volver al hospital” La última vez, fue cuando se intentó suicidar. Pero de eso hace mucho. Lo recuerda con nitidez. Estaba casi desvanecido en la bañera de aguas rojas al entrar la asistenta que venía una vez por semana para hacer limpieza general. Sólo tuvo tiempo a decir: “Me equivoque de día”. Después, habitó la nada durante un lapsus temporal indeterminado. No sabe cuánto. No ha querido saberlo. ¿Para qué? “¿Qué importa el tiempo que pasemos en la inconsciencia?” “Sólo los momentos de vigor son importantes”.  Un perro ladra en la noche. En el silencio de la calle, su ladrido cobra cierta relevancia. Es como un escueto y ahogado llanto. El llanto de los que ya no pueden hablar. Él hombre, tendido en el lecho, sigue pensando en la oscuridad hasta que el sueño le vence.

FOTO DE JULIO MARIÑAS

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