sábado, 26 de abril de 2014

ENTRE LA LUZ Y LA SOMBRA DE LOS DÍAS - CAPITULO I - HAMBRE

    Sobre las blancas sábanas hay un cuerpo desnudo; mujer que yace ausente después de haber amado. Aún la recuerdo así, con las sinuosas formas de juventud y sueños. Nadie osaba llamar entonces y profanar la magia de los días en que el tiempo suspendido de nuestras vidas jugaba al azar con los relojes sin dueño. Teníamos tanta hambre que la noche se abría como un negro fruto solitario y siempre amanecíamos ausentes del mundo y los demás. Así nos convertimos en lobos desterrados del vulgar fluir de la rutina, recorriendo los densos bosques donde habita todo aquello negado al raciocinio. Algunos de aquellos cuerpos hambrientos yacen en tumbas olvidadas, otros muchos se han ajado ante el cruel fluir de las horas marchitas, y sólo unos pocos siguen intentando mantener la dignidad ante el implacable fluir de primaveras. Miro hacia atrás y veo los fantasmas del pasado flotar sobre las brumas de los malecones donde, en más de una ocasión, soltamos las amarras que nos ataban a la tierra firme de las convenciones y lo establecido. Porque teníamos hambre, por saber más y más, por desentrañar el misterio de la vida y de los sueños. A veces, en la quietud del cuarto, cuando la noche se inclina sobre el lecho, siento de nuevo aquella inigualable sensación, el impulso salvaje de correr sin parar, atravesando de nuevo aquellas sendas recónditas, reductos de sedientos labios en busca de ternura y misterio. Pero la vida tiene la mala costumbre de no dejar más rastro que aquel que hace huella en el recuerdo y en los cuerpos. Como una sinfonía apenas esbozada, salpica de breves melodías la existencia, de imperceptibles armonías, de timbres dulces o hirientes; para después ir apagando su misterio. Así, la tragedia toma forma en la existencia ya cumplida; cuando todo envejece; todo menos el hambre, que no se extingue.

FOTO DE JULIO MARIÑAS

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