miércoles, 15 de enero de 2014

LOS GRANDES HERMANOS - (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XXIII)

    En otras épocas era fácil contagiarse de la rabia. Afortunadamente, los avances científicos y las vacunas consiguieron acabar con ella en el llamado primer mundo. El problema es que las enfermedades que atacan al cuerpo tienen una forma de manifestarse generalmente más plausible; pero las que atañen a la mente son mucho más difusas, difíciles de percibir. Hay una rabia que surge del dolor que provoca la injusticia. La opresión sobre los pueblos ha sido la nota dominante en todas las culturas a lo largo de la historia de la humanidad. Con sangre se han levantado los grandes imperios. Es maravillosa la historia vista con la perspectiva del tiempo. El problema es cuando la historia es aún presente y se sufre en las propias carnes como está ocurriendo en el momento actual. La degradación de todo un entramado social de bienestar con el único fin de que un selecto núcleo de elegidos se enriquezcan cada vez más, acumulando fortunas que no podrán gastar ni en diez vidas, se ha convertido en un engranaje que avanza inexorable hacia el caos más absoluto; sin que parezca que nada ni nadie pueda o quiera ponerle freno. Así la rabia se instala en el ser humano oprimido, generando cada vez más desasosiego y tensión. Un mundo de cifras, que sólo entienden aquellos que las manejan a su antojo, va sangrando lenta y paulatinamente a las clases que un día fueron medias, y hoy caminan hacia el umbral de la pobreza. Georges Orwell creo en su novela 1984 un mundo que daba pavor. Cuando la leí hace algunas décadas, jamás pensé que la sociedad escrita por Orwell acabase siendo incluso inocente en comparación con la realidad que hoy vivimos. El gran problema es que no es un Gran Hermano el que nos rige; son muchos Grandes Hermanos. Se ve que eran familia numerosa.


FOTO DE JULIO MARIÑAS

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