viernes, 18 de noviembre de 2011

SOBRE LA NATURALEZA DEL HOMBRE (Anotaciones para un ensayo filosófico) IV

Camino de Santiago 1993



    Una vez analizados otros puntos, pasamos a intentar reflexionar sobre la base de todas las angustias del hombre actual; angustias que han ido creciendo a lo largo de la historia de la humanidad a la par que crecía su ego. 
    No sabemos en que momento el homo tuvo conciencia sobre su finitud, pero si que en ese preciso instante comenzaron todas sus angustias. Lo que si podemos deducir es que, a partir de ese momento, queriendo eludir lo evidente, fue conformando el sentido de trascendencia que en la actualidad ha llevado a las más altas cotas de fanatismo.
     El sentido de propiedad sobre objetos, personas, tierras, y el consiguiente temor a la pérdida de todo lo conquerido en la vida han llevado al hombre a esa angustia existencial ante el irreversible momento de la muerte y desaparición total.

  • Acumulación de bienes materiales y afectos -  Evidencia de desaparición de lo poseído al morir -  Angustia existencial – Creación del sentido de trascendencia





    Hubo un tiempo en que los hombres vivían con los dioses. Los griegos instauraron en Monte Olimpo como morada permanente de unos dioses que poseían cualidades extraordinarias para beneficio propio y, en ocasiones, también de los demás mortales; pero también eran poseedores de todos los defectos y los vicios humanos. Los griegos antiguos, tal vez con una actitud muy propia del ser humano en todos los lugares y épocas, atribuyeron a esos dioses la culpa de todas aquellas desgracias que la naturaleza o el simple transcurrir del tiempo hacía asomar a sus vidas. Así, cuando el mar rugía embravecido asolando las costas y haciendo zozobrar las embarcaciones, era Poseidón  el desencadenante de tales acontecimientos; cuando las cosechas eran pobres, es que la diosa Ceres no había sido convenientemente idolatrada; y así sucesivamente. Los romanos copiaron casi a pies juntillas una mitología que venía como anillo al dedo para seguir manteniendo al hombre bajo el yugo implacable de una gran familia de dioses que controlaban sus vidas hasta extremos impensables. Así hicieron de Hermes – Mercurio, de Zeus – Apolo, de Afrodita – Venus, y un largo etcétera.

El viejo del bosque - Pintura de Julio Mariñas


   
    ¿Cuándo apareció la religión, el misticismo en la vida de hombre?
    Los primeros atisbos quizás tengamos que buscarlos en la oscuridad de las primeras cuevas prehistóricas, en esas representaciones pictóricas que nos hablan de los animales que rodeaban al homo en sus inicios; probablemente un atisbo de la ambición que ya entonces tenía el hombre por dominar la naturaleza. Otra de las primeras muestras nos remite a las figuras de hembras con grandes ubres y vientre prominente, símbolo inequívoco de la preocupación del hombre por la fertilidad que conlleva la perpetuación de la especie. Inventó el hombre una suerte de ficción que aplacara su angustia ante su sentimiento de mortalidad. Cuando la vida le sonreía, daba gracias a los dioses; cuando la vida lo golpeaba, sentía que lo habían abandonado. Miles de años después, un hombre gritaba en el último aliento: “¡Padre, padre! ¿Por qué me has abandonado?” Cristo acepta su destino, pero, al mismo tiempo, siente la soledad del último instante, cuando sabemos que ya no existe pasado ni futuro, cuando todo se detiene a nuestro alrededor y la palabra soledad nos rodea con su abrazo frío y rotundo. Los Lares romanos eran atendidos convenientemente en las casas. Después llegó la separación que, al correr de los siglos, se fue haciendo más evidente, y los dioses quedaron “relegados” a lugares muy concretos, templos donde los fieles iban a orar y pedir una vida feliz. Ya pasó aquel tiempo de la antigüedad donde los hombres vivían con los dioses. Esa escisión provocó la aparición de intermediarios, muchos proclamados con posterioridad santos, para servir de puente entre los dioses y los hombres. Así comenzó la larga lucha entre los que invitaban al hombre a una vida de “rectitud” cumpliendo una serie de normas que lo llevarían a una vida mejor después de la muerte; y los que pugnaban por vivir la vida que tenían, antes de ser pasto de los gusanos. El poder político y el poder religioso, que en muchas ocasiones de la historia han viajado juntos y en otras se han fusionado, han sido los desencadenantes de un sistema organizativo que, queriendo o sin querer; o, mejor dicho, primero sin querer y después queriendo, han convertido la vida de los hombres en un continuo sin vivir. Si eres malo, alguien que no ves te castigará; si eres malo, “Papa Estado” te castigará.





   
    Y mientras, el concepto del bien y del mal se diluye y oscila como una peonza. Para el poderoso existe una patente de corso con la que tiene vía libre para ejercer todo su arsenal de perversiones y acumular riquezas que necesitaría diez vidas para gastar. Para el débil, robar un mendrugo de pan puede suponer una grave falta que le lleve a perder su mano o a una sanción carcelaria que es el prólogo de una vida de despropósitos que afectará a su entorno gravemente. Llegamos aquí al punto clave del entramado social actual. El dinero es la palabra clave que envuelve la vida del ser humano. Dinero es poder. Poder es conseguir todo aquello que se desea. Las dos funciones básicas que conlleva la perpetuación de la especie: el alimento y el sexo están al alcance del hombre con toda su variedad y sofisticación, si este posee dinero. El grave error es que, al contrario de la religión que, en sociedades supuestamente civilizadas, no es impuesta a todo el colectivo; el dinero, elemento palpable pero, al pasar de ciertas cantidades, mucho más abstracto que cualquier dios dominador, es impuesto a todos sin distinción. Hay una norma social no escrita, que no se recoge en ninguna constitución, ni en ninguna tabla de leyes o mandamientos; esa norma es “tienes que tener dinero para poder sobrevivir” “tienes que tener dinero para ser socialmente reconocido” “tienes que tener dinero para ser alguien”. Es curioso pensar que si nuestro homo sapiens cavernario hubiese encontrado un montón de billetes, probablemente los utilizase para alimentar el fuego de su hoguera. Esto nos demuestra, meditando en esa imagen, que el verdadero valor del dinero es ese, ninguno.


Pintura de Julio Mariñas



   
    No podemos negar que la complejidad a la que ha llegado la sociedad actual sería inviable sin un sistema monetario y todo una infraestructura económica. Pero, la reflexión es ¿de qué nos ha servido? Inmediatamente nos viene a la mente el concepto “Sociedad del bienestar”. Aquí habría que determinar si es válido un sistema que engloba a todos los ciudadanos cortándolos por un mismo patrón, sin pensar o no queriendo pensar, que somos seres diferentes y, lo que para un individuo es bienestar, para otros es malestar. Entrando en el terreno de los conceptos, llegamos al término felicidad, muy emparentado con la “Sociedad de bienestar” que antes mencionamos. A través de una estudiada campaña nos dicen: “sé feliz”, y para ello nos dan unas claves tan simples como ridículas; el mejor coche, la mejor casa, la mejor televisión, y un largo etcétera. Entonces, el homo se va alejando de los principios naturales y básicos que sustentan su asistencia. El noventa y nueve por ciento de todo lo que la sociedad nos ofrece como panacea para ser felices no ayuda en absoluto a esos dos grandes logros del hombre con los que ha conseguido hacer arte: la comida y el sexo. Si, estos dos elementos están siempre emparejados con los ofrecimientos varios que se muestran ante nuestros ojos. Pero lo cierto es que todas esas cosas que la sociedad del siglo XXI nos ofrece, hacen que sexo y comida sean cada vez más triviales y prime un bienestar artificial, como es el conducir un vehiculo o ver la televisión. Ya que ha sido mencionada, este último aparato merece una reflexión. Invento fabuloso para poder contemplar el mundo desde nuestra “caverna”, pero peligroso en extremo si no sabemos discernir la realidad de la ficción. La televisión es un artefacto que tiende a pensar por nosotros, y eso tiene graves consecuencias en la vida de muchos humanos. Las artes visuales han sido la gran revolución del siglo XX. El cine ha dado vida a los hombres del pasado; algunos de ficción, otros reales; y nos ha trasladado a un futuro hipotético. El pensamiento del hombre plasmado en imágenes ha sido un sueño hecho realidad. Por primera vez, el hombre “cree” dominar el tiempo; lo graba y perpetúa hechos ya pasados. ¿Puede haber magia mayor? El inconveniente surge cuando se crea un vínculo de dependencia entre el artefacto televisivo y el individuo. Podríamos decir que cumpliría dos funciones: la de informar y la de divertir. En el primer caso debemos siempre ser filtros que analicen la información que nos llega y recibirla con un elevado grado de escepticismo. En el segundo, evitar crear una dependencia de esa diversión que puede absorber nuestras vidas y alejarnos de las más elementales necesidades. El elemento estático de la televisión y el elemento móvil del coche, ha llevado al hombre hasta los más altos grados de sedentarismo. Nos hallamos aquí ante el mayor problema a nivel físico del hombre sapiens actual. La no necesidad de buscar el alimento, la tecnificación del trabajo, han llevado a unos grados de inactividad impensables en el pasado. En el sumun del delirio, el hombre inventa toda una serie de prácticas deportivas para llevarlas a cabo en recintos cerrados y así mejorar el estado físico que su vida sedentaria ocasiona. Surge un culto al cuerpo y un modelo de masculinidad y feminidad que se convierten en la aspiración de numerosos jóvenes. Lo cierto es que, pese a todos los esfuerzos, la genética tiene siempre la última palabra. Muchos, ante la imposibilidad de obtener determinados resultados, recurren al consumo de sustancias que potencian la consecución de todas esas metas. Se instaura el ejercicio físico como panacea para lograr una imagen y no por una razón de salud. Esto lleva parejo el deseo de no envejecer, lo alienta el consumo de productos para detener el proceso natural e inevitable de oxidación. Así, la imagen crea un comercio a nivel mundial y triunfa lo material sobre lo “espiritual”. El esfuerzo para alcanzar estos objetivos va creando una continua frustración en el ser humano. Su vida ya no es suya y él no sabe quien es.
  • Primeras manifestaciones artísticas-místicas:
        1- Pinturas rupestres
        
        2- Ídolos de fertilidad

  • Los hombres viven con los dioses – Defectos y virtudes humanos (Grecia-Roma)
  • De los lares romanos a los templos:
      1–Quedan los dioses relegados a sitios concretos
     
       2-Surgen los intermediarios (Santos)

  • Poder político y religioso:
1-El bien y el mal se mezclan – El rico tiene patente de corso

2-Hombre controlado – El pobre es castigado por sus faltas

Conclusión: Dinero = Poder – “Sociedad de bienestar”

  • “Sociedad de bienestar” (Búsqueda de la felicidad)
1-Televisión + Coche = Sedentarismo

Medidas: Ejercicio reglado en interiores, imposición de la belleza, lucha contra el envejecimiento.

Conclusión: Frustración constante.


Finisterre

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