jueves, 10 de noviembre de 2011

SOBRE LA NATURALEZA DEL HOMBRE (Anotaciones para un ensayo filosófico) II

Foto de Julio Mariñas

  
    Dos elementos vitales, funciones básicas que el ser humano necesita para vivir y para la perpetuación de la especie son la alimentación y el sexo. De los dos ha hecho el hombre arte.
    La cocina es una suerte de magia que desde los primeros pasos de la civilización ha ido evolucionando hasta convertirse, en algunos casos, en una especie de “mentira aceptada”. Lo cierto es que el arte culinario proporciona momentos de goce y ha convertido el proceso natural de alimentación en una suerte de rito. El hombre se convierte en sedentario y disfruta del placer de los alimentos transformados. Esto le ha reportado buenos momentos al calor del hogar pero, a la vez, ha afectado directamente a su modo de vida natural. La carencia de actividad física influye en el organismo y provoca en el ánimo del individuo estrés
y ansiedad; patologías que, por otra parte, tal vez los animales tenga, pero como recurso ante un peligro, frente a otra amenaza natural.  Cuando el hombre deja de ser errante y se torna sedentario adquiere con el tiempo un sentido de propiedad y territorialidad de la que antes carecía. Acumula en su territorio pertenencias y defiende el lugar como si fuese a ser eterno; pierde en parte ese sentido de periodicidad que poseía anteriormente. “Lo mío” y “Lo tuyo” se hace patente. Descubre el fuego, domina a las bestias, pero no se ocupa de la bestia que nace en su interior. Él mismo se reprime a través de los tiempos.


La Muerte Bella - Autor Julio Mariñas




    
    El fuego cocinador de alimentos se torna sagrado. Ya nada será igual. El alimento establece un “Clasismo”. El pobre tiene, con suerte, un mendrugo de pan que llevarse a la boca, algún vegetal; el rico tiene la sabrosa carne, el pez exquisito. Largo y extenso sería disertar sobre ello, pero lo cierto es que la cocina diferencia a los humanos del resto de los animales. La aspiración a poder acceder a cierto tipo de alimentos y no conseguirlo es otro de los desencadenantes de un estado de frustración. Comer ya no es algo que pueda llevarse a cabo cazando al ciervo o pescando el salmón; ahora hay que pagar por un producto que antes conseguíamos a través de un gasto energético que era la caza. Trabajar para poder pagar el sustento, junto con la necesidad de un techo donde vivir, condiciona la actividad vital del hombre. Surge el tiempo de ocio, al no tener la necesidad constante de procurarse el alimento; pero, por otro lado, el trabajar para poder comer se convierte en una suerte de maldición. El ocio es lo bueno, el trabajo no es deseado. Esta diferenciación, salvo en casos concretos donde el individuo trabaja en algo que le gusta, crea una nueva sensación de tensión entre la búsqueda del placer y la necesidad de trabajar para comer. Necesidad que se acrecienta más, teniendo en cuenta que las horas de trabajo son muchas más que las de ocio.



Autor Julio Mariñas




    En lo que respecta al sexo, los niveles de creatividad y de elaboración han llegado a una gran sofisticación. La diferencia entre el hombre y el resto de los animales estriba básicamente en que el ser humano ha deslindado la actividad sexual de la actividad de procreación. Así, la hembra humana ejerce con total libertad su actividad, fuera de los periodos de ovulación. Esta escisión tan notoria con el resto de los seres vivos, propicia a todo un entramado de juegos de seducción constantes. El macho animal no acude a la hembra sólo cuando está en condiciones para concebir, sino que procura el acercamiento siempre, al igual que ella. El sexo condiciona entonces todas las relaciones de los seres humanos, hasta el punto de que las tendencias sexuales, el tipo de relaciones, se abren en un abanico complejo y difícil de descifrar hasta para el propio responsable de esta evolución, el hombre. Las señales se mezclan y distorsionan en una compleja red que invade los sueños y el subconsciente. Cierto es que los últimos estudios hablan de la actividad sexual de los monos bonobos resaltando su sexualidad fuera de estos periodos ovulatorios; no obstante, su complicidad es mínima comparada con la llevada acabo entre humanos.


Pintura de Julio Mariñas



    Así las cosas, las diferentes estructuras sociales y el nacimiento de religiones que establecen una serie de normas morales que determinan lo correcto y lo incorrecto en el marco de la sexualidad, propician una suerte de diferentes grados de represión que afectan directamente a los diversos comportamientos sexuales de los individuos. Lo que está bien o mal adquiere diversos matices que llevan al hombre a una represión consciente o inconsciente de su comportamiento sexual. La sexualidad que amplió los horizontes del humano, dándole una libertad de creación en dicha actividad, es condicionada con el consiguiente trastorno psicológico que afecta al comportamiento.
    De nuevo nos hallamos ante el hombre actual alterado por su propia evolución.

  • Alimentación elaborada – Necesidad de trabajo constante – Búsqueda del ocio
  • Sexualidad compleja – Necesidades sofisticadas y variadas de realización – Búsqueda del placer condicionado por el entorno social.

Dibujo de Julio Mariñas




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